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Imagenes Sensuales de Pasion de Gavilanes

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Imagenes Sensuales de Pasion de Gavilanes

Lucía se acomodó en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas y una copa de vino tinto en la mano. La noche en Guadalajara estaba cargada de humedad, el aire olía a tierra mojada después de la lluvia vespertina. Marco, su novio desde hace dos años, trajinaba con la laptop en las rodillas, buscando algo en internet. Neta, wey, pensó ella, siempre con sus telenovelas antiguas. Pero esta vez era diferente. "Mira, carnala, encontré unas imágenes de pasión de gavilanes", dijo él con esa voz ronca que siempre le erizaba la piel. Eran capturas de las escenas más calientes de Pasión de Gavilanes, esas donde los hermanos Reyes se comían a besos a las hermanas Elizondo bajo la luz de la luna, cuerpos entrelazados en un rancho polvoriento.

Lucía se acercó, curiosa. La pantalla iluminaba el rostro de Marco, destacando sus ojos cafés intensos y esa barba de tres días que le picaba delicioso cuando la besaba. Las imágenes eran fuego puro: una mujer con el vestido rasgado, el pecho expuesto, un hombre devorándole el cuello con hambre de lobo. El sonido de la telenovela de fondo, bajito, llenaba la habitación con gemidos ahogados y música de ranchera apasionada. "¿Ves esto? Pura pasión de gavilanes, como halcones cazando", murmuró Marco, su mano rozando accidentalmente el muslo de ella. Lucía sintió un cosquilleo subirle por la pierna, directo al centro de su panocha. Hacía semanas que no se echaban un buen polvo, entre el trabajo y el estrés. Esa noche, algo en el aire prometía cambio.

¿Por qué carajos me pongo así con unas simples imágenes? se preguntó Lucía, mientras su corazón latía más rápido. Esas miradas, esos cuerpos sudados... me recuerdan lo que extraño de Marco.

Marco pausó el video y giró la laptop hacia ella. "Chécate esta, mami. La Óscar y la Jimena, pero neta, imagínate nosotros". Su dedo índice trazó la curva del seno en la pantalla, y Lucía tragó saliva. El olor de su colonia, mezclado con el vino y el leve aroma a tabaco de su ropa, la envolvió. Se inclinó más, su blusa holgada dejando ver el encaje negro de su brasier. "Estás loca si crees que no te veo", rio él bajito, su aliento cálido en su oreja. Ella no respondió con palabras; en cambio, deslizó su mano por el pecho de Marco, sintiendo los músculos firmes bajo la playera. La tensión creció como una tormenta, lenta pero inevitable.

Apagaron la luz principal, dejando solo el brillo azulado de la pantalla. Marco la jaló hacia su regazo, y Lucía se sentó a horcajadas, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su entrepierna a través de los jeans. "Estas imágenes de pasión de gavilanes me tienen bien puesto", confesó él, besándole el cuello con labios suaves al principio, luego mordisqueando. Ella arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta. El sonido de la lluvia repiqueteando en la ventana se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Sus manos exploraron: las de él subiendo por sus caderas, apretando la carne suave; las de ella enredándose en su cabello, tirando suave para guiarlo a su boca.

El beso fue profundo, lenguas danzando como en esas escenas rancheras, sabor a vino y deseo salado. Lucía se frotó contra él, el roce enviando chispas por su espina. Qué chingón se siente esto, pensó, mientras desabrochaba su playera, exponiendo el torso moreno y velludo. Sus uñas rasguñaron ligero, dejando marcas rojas que lo hicieron gruñir. "Eres una diosa, Lucía. Como esas gavilanas volando alto". Bajó la cabeza, lamiendo un pezón por encima de la blusa, el tejido húmedo adhiriéndose a su piel. Ella jadeó, el placer punzante irradiando hasta su clítoris hinchado.

Se levantaron tambaleantes, besos interrumpiendo cada paso hacia el cuarto. La ropa cayó en el pasillo: jeans, blusa, calcetines. Entraron desnudos, la piel de gallina por el aire fresco contrastando con el calor que emanaba de sus cuerpos. Marco la tumbó en la cama king size, las sábanas frescas oliendo a lavanda. Se arrodilló entre sus piernas, besando el interior de sus muslos, inhalando su aroma almizclado de excitación. "Hueles a miel, wey", murmuró, su lengua trazando un camino lento hacia su centro. Lucía se mordió el labio, las manos aferradas a las sábanas. Cuando su boca tocó su panocha, húmeda y palpitante, gritó suave: "¡Sí, pendejo, así!".

La lengua de Marco era mágica, círculos en el clítoris, succionando suave, luego chupando el néctar que brotaba de ella. El sonido húmedo de su boca, mezclado con sus gemidos roncos, llenaba la habitación. Lucía levantó las caderas, follando su cara instintivamente.

No aguanto más, me voy a venir como loca, pensó, el orgasmo construyéndose como una ola.
Él metió dos dedos, curvándolos contra su punto G, bombeando rítmico. Ella explotó, el placer cegador, jugos empapando su barbilla, cuerpo temblando en espasmos. "¡Marco, cabrón!", aulló, lágrimas de éxtasis en los ojos.

Pero no pararon. Lucía lo volteó, ansiosa por devolverle. Su verga erguida, venosa, goteando precum. La tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, y la lamió desde la base hasta la punta, sabor salado y masculino. "Qué rica tu verga, amor", ronroneó, metiéndosela hasta la garganta, saliva chorreando. Marco maldijo en voz baja, "Chingada madre, qué buena mamada", sus caderas empujando suave. Ella jugaba, succionando la cabeza, masajeando las bolas pesadas. Lo llevó al borde, luego paró, sonriendo pícara. "No tan rápido, gavilán mío".

Se posicionó encima, guiando su polla gruesa a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. "¡Ay, qué llena me sientes!", gimió ella, comenzando a cabalgar. Sus pechos rebotaban, él los atrapó, pellizcando pezones duros. El slap de piel contra piel, sudor perlando sus cuerpos, olor a sexo crudo impregnando el aire. Marco la volteó a cuatro patas, embistiéndola desde atrás, profundo y fuerte. "Toma, mi pasión de gavilanes", gruñó, una mano en su cadera, la otra en su clítoris. Lucía empujaba hacia él, perdida en el ritmo primal.

La intensidad creció: él la penetraba más rápido, bolas golpeando su culo redondo. Ella sentía cada vena, cada throbb, su coño apretándolo como vicio. Esas imágenes nos prendieron como mecha, reflexionó fugazmente, mientras otro orgasmo la partía en dos, paredes contrayéndose alrededor de él. Marco rugió, hinchándose, y se corrió dentro, chorros calientes llenándola, goteando por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa y sonrisas bobaliconas.

En el afterglow, se acurrucaron bajo las sábanas revueltas. La lluvia amainaba afuera, dejando un silencio pacífico roto solo por sus respiraciones calmadas. Marco besó su frente, oliendo su cabello húmedo. "Esas imágenes de pasión de gavilanes fueron el detonante perfecto, ¿verdad?". Lucía rio suave, trazando círculos en su pecho. "Neta, wey. Nos faltaba ese fuego ranchero. Pero la próxima, roleamos como los Reyes". Él la apretó más, promesa en sus ojos. Esa noche, no solo habían follado; habían reavivado su llama, dejando un calor que duraría días. El recuerdo de esas imágenes sensuales quedó grabado, como un secreto ardiente entre gavilanes en vuelo.

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