Pasion Capitulo 12 Fuego en las Venas
La noche en la terraza de aquel penthouse en Polanco era un remolino de luces neón y risas ahogadas en mezcal. Ana se recargaba en la barandilla, el viento juguetón le revoloteaba el vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo moreno. Olía a jazmín del jardín vertical y a humo de cigarros caros. Hacía calor, pero no tanto como el que le subía por el pecho cada vez que volteaba y lo veía a él: Javier, con su camisa negra desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, esa sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos.
Órale, güey, ¿por qué carajos me pones así nomás con mirarte? pensó Ana, mientras tomaba un sorbo de su copa. Habían coincidido en fiestas antes, pero esta vez era diferente. Javier se acercó, su colonia amaderada invadiendo su espacio personal como una caricia invisible.
—Mamacita, ¿ya te cansaste de fingir que no me ves? —dijo él con esa voz ronca, típica de los chilangos que saben conquistar.
Ana rió, el sonido burbujeante mezclándose con la música de cumbia rebajada que sonaba de fondo. —Pendejo, si te ignoro es pa' que sufras un poquito. ¿Qué onda contigo, Javier? ¿Vienes a romperme el corazón otra vez?
Él se paró pegadito, su mano rozando apenas la de ella en la barandilla. El toque fue eléctrico, como si sus pieles gritaran por más. —Nah, esta noche vengo por pasión, Ana. Capítulo nuevo, ¿no? Como en esas novelas que tanto te gustan.
Ella sintió un cosquilleo en el vientre. La tensión inicial era palpable, ese tira y afloja que los había mantenido orbitando uno al otro por meses. Bajaron a la pista improvisada, bailando pegados, sus caderas chocando al ritmo. El sudor perlaba su frente, y el aroma salado de sus cuerpos se mezclaba con el dulzor del tequila en sus alientos.
Acto primero de su noche: el flirteo que enciende la mecha.
La música retumbaba en sus pechos, y Javier la tomó de la cintura, atrayéndola más cerca. Ana podía sentir la dureza de su erección presionando contra su muslo, un secreto compartido que la hacía mojarse ahí mismo, entre las piernas.
¡Neta, carnal, si no me besas ya me voy a volver loca!Su mente gritaba mientras sus labios rozaban el lóbulo de su oreja, exhalando caliente.
—Vamos a algún lado más privado —murmuró él, y ella asintió, el deseo latiéndole en las sienes.
Subieron al elevador del penthouse, solos por fin. Javier la acorraló contra la pared metálica, fría contra su espalda ardiente. Sus bocas se encontraron en un beso feroz, lenguas enredándose como serpientes hambrientas. Saboreaba a mezcal y a hombre, a promesas rotas y nuevas. Sus manos exploraban: él amasando sus nalgas firmes bajo el vestido, ella clavando uñas en su nuca, tirando de su cabello oscuro.
El ding del elevador los separó un segundo, riendo como chavos traviesos. Entraron a la suite que Javier había reservado, un oasis de lujo con vista a la ciudad iluminada. Cortinas de seda, cama king size con sábanas de hilo egipcio que invitaban al pecado. Él prendió unas velas aromáticas —olor a vainilla y ámbar— y puso música suave, boleros rancheros que hablaban de amores intensos.
Ana se sentó en el borde de la cama, el corazón galopando. Esto es pasion capitulo 12 de mi vida, el que no puedo parar, pensó, recordando las aventuras pasadas que la habían marcado, pero ninguna como esta promesa de éxtasis. Javier se arrodilló frente a ella, besando sus rodillas expuestas, subiendo lento por los muslos. El roce de sus labios era fuego líquido, haciendo que su piel se erizara.
—Déjame adorarte, reina —susurró, levantando el vestido. No llevaba calzones, una decisión premeditada que ahora la hacía sentir poderosa. Él jadeó al verla depilada, reluciente de anticipación. Su lengua trazó caminos húmedos por sus pliegues, saboreando su néctar salado y dulce. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido reverberando en la habitación. ¡Ay, Diosito, qué chingón!
El medio acto escalaba: sus lenguas danzaban, pero ahora era ella quien lo devoraba. Lo empujó a la cama, desabotonando su camisa con dientes, lamiendo el sudor salado de su abdomen marcado. Bajó el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de presemen. Javier gruñó, sus caderas alzándose involuntarias.
—Chula, me vas a matar así —dijo entre dientes, pero ella sonrió maliciosa, montándolo a horcajadas. Se frotaron mutuamente, su clítoris hinchado rozando su longitud dura, lubricados por sus jugos compartidos. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y embriagador. Besos profundos, mordidas en cuellos, uñas arañando espaldas. La tensión psicológica se rompía en oleadas: Lo quiero dentro, ya, neta que exploto.
Javier la volteó con gentileza dominante, colocándola de rodillas en la cama. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, el relleno completo enviando chispas por su espina. Él embestía rítmico, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando su trasero redondo. Ella empujaba hacia atrás, cabalgando la ola, sus pechos bamboleándose libres ahora que el vestido era un trapo arrugado en el suelo.
El clímax se acercaba como tormenta: sudados, jadeantes, sincronizados. Javier aceleró, una mano en su cadera, la otra pellizcando su pezón endurecido. Ana sintió la presión crecer en su bajo vientre, un nudo apretándose.
Pasion capitulo 12, el que me hace temblar hasta el alma, pensó fugaz, mientras el orgasmo la barría como un maremoto. Convulsiones placenteras, chorros calientes mojando las sábanas, su voz rompiéndose en alaridos guturales.
Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con chorros espesos y calientes que la hicieron estremecer de nuevo. Colapsaron juntos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro: pieles pegajosas, besos suaves en hombros, risas compartidas.
—Eres fuego puro, Ana —murmuró Javier, acariciando su cabello revuelto.
Ella se acurrucó contra su pecho, escuchando el latido fuerte que se aquietaba. Olía a ellos, a pasión consumada. Este capítulo cierra perfecto, pero sé que habrá más, reflexionó, mientras la ciudad brillaba afuera, testigo muda de su éxtasis. La noche terminaba en paz, con promesas susurradas y un deseo latente que ya planeaba el siguiente encuentro.