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Pasión de Gavilanes Capítulo 11 Fuego en las Venas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 11 Fuego en las Venas

La noche en la hacienda ardía como el sol del mediodía en Sinaloa. Gabriela se recostaba en su cama de sábanas de algodón crudo, el aire cargado de jazmín y tierra húmeda después de la lluvia vespertina. El ventilador giraba perezoso sobre su cabeza, moviendo apenas el calor pegajoso que se adhería a su piel morena. Tenía veintiocho años, curvas generosas que el vestido ligero de lino apenas contenía, y un fuego interno que no la dejaba dormir. En la tele del rincón, parpadeaba el final de Pasión de Gavilanes capítulo 11, esa telenovela que tanto le gustaba por sus amores prohibidos y pasiones desbocadas. Los hermanos Reyes, con sus miradas de halcón, le recordaban a Javier, su amante secreto, el capataz de la finca vecina.

«Ay, Javier, si supieras cómo me pones con solo pensarte», murmuró para sí, mientras su mano bajaba distraída por su vientre plano, rozando el borde de las bragas de encaje.
El sonido de la novela se mezclaba con el canto de los grillos afuera, y el olor a su propio arousal empezaba a perfumar la habitación, dulce y almizclado como miel de maguey.

De pronto, un golpe suave en la ventana la sacó de su trance. Era él. Javier, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, cubierto de vello oscuro y sudor que brillaba bajo la luna. Saltó el alféizar como un gato montés, sus botas dejando huellas de tierra en el piso de baldosa. «Nena, no pude aguantar más. Esa novela tuya me tiene loco», dijo con voz ronca, sus ojos cafés devorándola entera. Gabriela se incorporó, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. Se acercó gateando sobre la cama, el roce de las sábanas contra sus muslos enviando chispas por su espina.

Acto primero: la chispa. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, saboreando el tequila que él había bebido antes, mezclado con sal de su piel. Javier la tumbó suavemente, sus manos callosas explorando sus pechos llenos, pellizcando los pezones oscuros hasta endurecerlos como piedras de obsidiana. Qué rico se siente esto, pensó ella, arqueando la espalda. El aire se llenó de sus jadeos, el crujido de la cama vieja marcando el ritmo. Olía a hombre, a tierra fértil, a deseo puro mexicano.

Pero no era solo físico. Gabriela luchaba consigo misma.

«Es el capataz del rancho rival, pendejo. Si mi papá se entera, nos corre a patadas. Pero carajo, lo necesito como al aire».
Javier lo sabía. Susurraba en su oído, con acento norteño grueso: «Güey, tú eres mi pasión de gavilanes, capítulo once de mi vida. No me sueltes». Ella rio bajito, mordiéndole el lóbulo de la oreja, probando su sabor salado.

El medio acto subía la apuesta. Javier deslizó el vestido por sus hombros, exponiendo su cuerpo desnudo al aire nocturno. Sus dedos trazaron caminos de fuego desde el cuello hasta el monte de Venus, donde la encontró empapada, resbaladiza como néctar de pitaya. «Estás chingona de mojada, mi reina», gruñó, mientras ella le desabrochaba el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante como un corazón salvaje. Lo tomó en la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel aterciopelada, el calor que irradiaba. Lo masturbó lento, oyendo sus gemidos guturales, pinche delicia.

Se voltearon, ella encima, cabalgando sus dedos que entraban y salían con maestría, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, sus nalgas rebotando contra su abdomen. Gabriela olía su aroma, mezcla de sudor y loción barata de pino, que la volvía loca. Internamente, la tensión crecía:

«No pares, cabrón, dame más. Quiero que me rompas entera»
. Él obedecía, chupando sus tetas, lamiendo los pezones con lengua experta, mientras ella se mecía, el clímax acercándose como tormenta en el desierto.

Pero esperaron. Javier la volteó boca abajo, besando su espalda, lamiendo el sudor que perlaba su nuca. Sus manos amasaron sus nalgas redondas, separándolas para besar el centro de su placer. Gabriela gritó ahogado en la almohada, el placer punzante como chile fresco. «¡Ay, Javier, qué rico tu hocico ahí!» Él rio, vibrando contra ella: «Para ti, todo, mi gavilana». La lengua danzaba, saboreando su esencia salada-dulce, mientras ella se retorcía, uñas clavadas en las sábanas.

La intensidad psicológica ardía. Recordaban su primer encuentro, en la fiesta de las fiestas patronales, bailando cumbias pegados, sus cuerpos prometiendo lo que ahora cumplían. Esto es nuestro capítulo once, pensó ella, el de la pasión desatada. Javier se posicionó detrás, frotando su miembro contra su entrada húmeda, teasing infinito. Ella empujaba hacia atrás, suplicando con la cadera: «Métemela ya, no seas mamón».

Acto final: la liberación. Entró de un solo golpe suave, llenándola por completo, estirándola deliciosamente. Gabriela sintió cada centímetro, las pulsaciones sincronizándose con su pulso acelerado. El ritmo empezó lento, profundos embistes que la hacían jadear, el sonido de carne chocando como aplausos en un palenque. Sudor goteaba de su frente al hueco de su espalda, lubricando más. Olía a sexo crudo, a tierra mojada por lluvia de pasión.

Él la volteó de nuevo, misionero íntimo, mirándose a los ojos. «Te amo, Gabriela, como a mi vida», jadeó, mientras ella envolvía sus piernas en su cintura, clavándole talones. Los movimientos se aceleraron, frenéticos, la cama golpeando la pared. Sus pechos rebotaban, pezones rozando su pecho velludo, chispas de placer. Interno monólogo de ella:

«Es mío, todo mío. Que venga el mundo, pero esto no para»
.

El clímax la golpeó primero, olas de éxtasis contrayendo su interior alrededor de él, gritando su nombre al techo. Javier la siguió, gruñendo como toro, derramándose caliente dentro, pulsos interminables. Colapsaron juntos, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El silencio post-orgasmo roto solo por grillos y su risa compartida.

En el afterglow, yacían enredados, dedos trazando perezas en la piel ajena. Gabriela besó su hombro, probando sal y paz. «Eso fue mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 11, ¿verdad?», susurró. Él sonrió, atrayéndola más: «Nuestra historia es la mejor, mi amor. Mañana, capítulo doce». El jazmín entraba por la ventana, mezclándose con su olor compartido, prometiendo más noches de fuego en las venas. Durmieron así, unidos, en la hacienda que guardaba sus secretos.

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