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Pasion de Gavilanes Capitulo 60 Fuego Prohibido

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Pasion de Gavilanes Capitulo 60 Fuego Prohibido

La noche en la hacienda de los Elizondo estaba cargada de ese calor pegajoso que solo se siente en las tierras calientes de Jalisco. Ana se recostaba en el sofá de cuero viejo pero lujoso del salón principal, con las piernas cruzadas sobre las almohadas bordadas a mano. El aire olía a jazmín del jardín y a la cena de mole que habían compartido horas antes, un aroma picante que aún flotaba en el ambiente. Frente a ella, la televisión grande proyectaba las imágenes vibrantes de Pasión de Gavilanes capítulo 60, esa escena donde los hermanos Reyes desataban su furia y su deseo en medio de la venganza.

Ana sentía un cosquilleo en la piel cada vez que los personajes se miraban con esa intensidad animal. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, que se pegaba un poco a sus curvas por el sudor suave de la noche. Su esposo, Javier, estaba a su lado, su cuerpo fuerte y moreno rozando el de ella. Javier era ranchero de pura cepa, con manos callosas de domar caballos y ojos negros que prometían tormentas. Habían estado casados cinco años, pero esa noche algo en el aire los hacía sentir como extraños excitados por primera vez.

Mira nomás cómo se miran, wey —murmuró Ana, su voz ronca por el calor—. Esos Reyes no se aguantan, ¿verdad?

Javier giró la cabeza, su aliento cálido contra el cuello de ella. Olía a tequila reposado y a tabaco puro. Neta, carnala, me dan ganas de hacer lo mismo, respondió él, su mano grande posándose en el muslo de Ana, justo donde el vestido subía un poco. Ella no se movió, solo sintió el pulso acelerarse, el corazón latiéndole en el pecho como tambor de mariachi.

En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos que arrancaban ropa, gemidos que llenaban el cuarto. Ana tragó saliva, imaginando esas bocas en su piel. Javier apretó un poco más, sus dedos ásperos rozando la suavidad interna del muslo.

¿Por qué carajos esta novela me pone tan caliente justo hoy?
pensó ella, mientras el olor a su propia excitación empezaba a mezclarse con el jazmín.

El episodio avanzaba, los amantes enredados en sábanas revueltas, sus cuerpos chocando con un ritmo que hacía eco en el silencio de la hacienda. Javier se inclinó, sus labios rozando la oreja de Ana. ¿Quieres que seamos como ellos, mi reina? susurró, su voz grave como trueno lejano. Ana giró el rostro, sus ojos verdes encontrando los de él, llenos de fuego. Asintió despacio, sintiendo el calor subir desde el vientre.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Javier apagó la tele con el control, dejando el salón en penumbras solo iluminado por la luna que entraba por las ventanas altas. Se levantó, fuerte y dominante, y la cargó en brazos como si fuera pluma. Ana rio bajito, un sonido juguetón y nervioso, mientras sus pechos se apretaban contra el pecho velludo de él. Olía a hombre, a sudor limpio y deseo puro. La llevó escaleras arriba, hacia su recámara amplia con cama king size y sábanas de hilo egipcio que habían comprado en Guadalajara.

En el pasillo, el eco de sus pasos sobre las losas de barro resonaba. Ana sentía la erección de Javier presionando contra su cadera, dura y prometedora. Chingón, pensó ella, mordiéndose el labio. La dejó en la cama con gentileza, pero sus ojos eran lobos hambrientos. Se quitó la camisa guayabera, revelando el torso musculoso marcado por el sol, pectorales firmes y un vientre plano con vello negro que bajaba hacia la cintura del pantalón.

Ana se incorporó de rodillas, atraída como imán. Sus manos temblorosas desabrocharon el cinturón de él, el sonido metálico del cierre acelerando su pulso. Javier gruñó, un sonido gutural que vibró en el aire. Despacio, mi amor, que quiero saborearte, dijo él, pero su voz traicionaba la urgencia. Ella bajó el pantalón, liberando la verga gruesa y venosa, palpitante al aire fresco de la noche. Olía a masculinidad intensa, salada. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor vivo, la piel suave sobre la dureza de acero.

Se inclinó, su lengua rozando la punta, saboreando la gota perlada de pre-semen, salada y ligeramente dulce. Javier jadeó, sus dedos enredándose en el cabello largo y negro de ella. Qué rico, Ana, chúpamela así. Ella obedeció, succionando con hambre, el sonido húmedo llenando la habitación. Su boca se llenaba de él, la garganta acomodándose al grosor, mientras sus propias bragas se humedecían más. El sabor era adictivo, mezclado con su saliva.

Pero Javier no era de los que se dejan dominar. La levantó con facilidad, volteándola boca abajo sobre la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Le subió el vestido hasta la cintura, exponiendo el culazo redondo y firme, cubierto solo por encaje negro. Eres un pinche sueño, mujer, murmuró, su aliento caliente en las nalgas. Deslizó las bragas hacia abajo, lento, torturante. Ana arqueó la espalda, sintiendo el aire fresco en su panocha empapada, hinchada de necesidad.

Sus dedos exploraron primero, gruesos y hábiles, abriendo los labios húmedos, rozando el clítoris endurecido. Ana gimió alto, el sonido rebotando en las vigas de madera. ¡Ay, Javier, no pares, cabrón! Él introdujo dos dedos, curvándolos dentro, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El jugo chorreaba, lubricando todo. Olía a sexo puro, almizclado y embriagador. Javier lamía ahora, su lengua plana lamiendo desde el ano hasta el clítoris, saboreando cada gota. Ana temblaba, las piernas abriéndose más, el placer construyéndose como ola gigante.

Esto es mejor que cualquier capítulo de esa novela, neta
, pensó ella, mientras el orgasmo pequeño la sacudía, contracciones dulces que la dejaban jadeante. Javier se posicionó detrás, la verga presionando la entrada resbaladiza. ¿Me quieres adentro, mi vida? preguntó, siempre caballero incluso en la lujuria. Sí, métemela toda, amor, suplicó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un solo golpe suave pero firme, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento perfecto, la fricción deliciosa contra las paredes internas. Javier empezó a bombear, lento al principio, cada embestida profunda haciendo slap contra su piel. El sonido era obsceno, húmedo, mezclado con gemidos y el crujir de la cama. Sudaban, sus cuerpos pegajosos uniéndose, el olor a sexo intensificándose.

Aceleró, sus caderas chocando con fuerza, bolas golpeando el clítoris. Ana se masturbaba ahora, dedos rápidos en el botón sensible. ¡Más duro, pendejo, dame todo! exigía, empoderada en su placer. Javier obedecía, gruñendo como bestia, sus manos apretando las caderas de ella, dejando marcas rojas. El ritmo era frenético, piel contra piel, pulsos latiendo al unísono.

El clímax llegó como explosión. Ana se corrió primero, un grito largo y gutural, su concha contrayéndose alrededor de la verga, ordeñándola. Javier la siguió segundos después, vaciándose dentro con rugidos, chorros calientes inundándola. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en sábanas empapadas.

El afterglow era dulce, como tequila con miel. Javier la besó en la nuca, suave ahora, sus manos acariciando los pechos aún sensibles. Te amo, mi gavilana, susurró, recordando la novela. Ana sonrió, girando para besarlo, saboreando el sudor salado en sus labios. Yo más, mi rey. Esa Pasión de Gavilanes capítulo 60 nos prendió el fuego, ¿eh?

Se quedaron así, envueltos en el aroma de sus cuerpos unidos, la luna testigo de su pasión renovada. La hacienda dormía, pero en su recámara, el deseo había encontrado su hogar eterno, listo para arder de nuevo al caer la noche.

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