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El Espíritu de la Pasión Desatada

6755 palabras

El Espíritu de la Pasión Desatada

La noche en Oaxaca estaba viva, con el aroma del mole y el chocolate caliente flotando en el aire de la plaza. Las luces de los faroles parpadeaban como estrellas traviesas, y el sonido de las marimbas se mezclaba con risas y copas chocando. Yo, Ana, había llegado sola desde la Ciudad de México, buscando un respiro de la rutina que me ahogaba. Neta, necesitaba sentir algo más que el tráfico y el estrés, pensé mientras sorbía mi mezcal ahumado, el líquido quemándome la garganta con un dulzor picante.

Ahí lo vi. Javier, con su camisa guayabera abierta lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Sus ojos negros me atraparon como un imán, y cuando sonrió, mostrando dientes perfectos, sentí un cosquilleo en el estómago. Órale, ¿qué onda con este wey? Me acerqué al puesto de artesanías donde él regateaba por un alebrije, y nuestras manos se rozaron al tomar el mismo objeto. Su piel era cálida, áspera por el trabajo, y un escalofrío me recorrió la espina.

"¿Te late este espíritu de la pasión?", dijo él, señalando la figura tallada de un jaguar con ojos rojos. Su voz grave vibró en mi pecho. Reí, nerviosa, y respondí: "Neta, parece que está listo pa'l desmadre". Charlamos de todo: de la Guelaguetza, de tacos de tasajo, de cómo la vida en el sur te prende el alma. Cada palabra suya olía a tierra mojada y aventura. El mezcal fluía, y pronto bailábamos al ritmo de un son huasteco, su mano en mi cintura firme pero gentil, guiándome con una promesa muda.

La tensión crecía como la niebla del atardecer. Sentía su aliento en mi oreja, caliente y con sabor a hierbas, mientras sus dedos trazaban círculos en mi espalda baja.

¿Y si me dejo llevar? Hace meses que no siento esto, este fuego que me quema por dentro.
Le propuse ir a mi hotel, cerca de la alcaldía. "Vamos, carnal, que la noche es joven", murmuró él, y sus ojos brillaron con ese espíritu de la pasión que ya nos envolvía a los dos.

En la habitación, la luz tenue de la lámpara de papel iluminaba las paredes de adobe. Cerré la puerta y nos miramos, el silencio cargado de electricidad. Javier se acercó despacio, su colonia de madera y cítricos invadiendo mis sentidos. Me besó el cuello primero, labios suaves rozando mi piel sensible, enviando ondas de placer hasta mis muslos. Chingao, qué rico se siente. Respondí besándolo en la boca, saboreando el mezcal en su lengua, dura y juguetona, explorando la mía con hambre contenida.

Sus manos bajaron por mis hombros, desabotonando mi blusa huipil con deliberada lentitud. El aire fresco besó mis pechos expuestos, endureciendo mis pezones al instante. "Eres preciosa, morra", gruñó, y succionó uno con su boca caliente, la lengua girando en círculos que me hicieron arquear la espalda. Gemí bajito, el sonido reverberando en la habitación como un eco prohibido. Mis dedos se enredaron en su cabello negro, tirando suave para acercarlo más. Olía a sudor limpio y deseo puro.

Lo empujé hacia la cama king size, con sábanas de algodón crujiente. Me quité la falda, quedando en tanga de encaje negro, y él se desvistió rápido, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo en el campo: abdominales marcados, verga erecta y gruesa palpitando contra su vientre. ¡Puta madre, qué pedazo de hombre! Me arrodillé frente a él, rozando mis labios por su longitud, sintiendo el calor pulsante bajo mi lengua. Lamí la punta, salada y almizclada, y él jadeó, "Ay, wey, me vas a volver loco". Lo chupé profundo, mi boca llena de él, el sonido húmedo de succión mezclándose con sus gemidos roncos.

Pero quería más. Lo tumbé y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su verga dura. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado enviando chispas por todo mi cuerpo. "Te quiero adentro, Javier", susurré, y él asintió, manos en mis caderas guiándome. Deslicé su verga en mí centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso me arrancó un grito ahogado. Estaba tan llena, tan completa. Comencé a moverme, lento al principio, sintiendo cada vena suya rozando mis paredes internas, húmedas y calientes.

El ritmo aceleró. Nuestros cuerpos chocaban con palmadas sudorosas, el olor a sexo impregnando el aire: almizcle, sudor, mi jugo resbalando por sus bolas. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano en círculos tentadores, aumentando el fuego.

Esto es el espíritu de la pasión, puro y salvaje, despertando cada nervio de mi ser.
Me inclinó hacia atrás, besando mi vientre, lamiendo el sudor salado mientras yo cabalgaba más fuerte. Mis pechos rebotaban, pezones rozando su pecho velludo, fricción exquisita.

Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome con fuerza controlada. Cada penetración profunda tocaba ese punto dentro de mí, haciendo que mis piernas temblaran. "¡Más duro, pendejo!", le pedí entre jadeos, y él obedeció, su verga hinchándose más. El sonido de nuestra piel era obsceno, chapoteante, acompañado de mis gemidos agudos y sus gruñidos guturales. Sudor goteaba de su frente a mi boca, lo lamí con avidez, salado y adictivo.

La tensión crecía como una tormenta. Sentí el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en mi bajo vientre. "Me vengo, Javier... ¡no pares!" Él aceleró, su mano bajando a frotar mi clítoris hinchado. Explosé en olas de placer, mi concha contrayéndose alrededor de él, leche caliente brotando de mí. Gritó mi nombre, su verga palpitando mientras se vaciaba dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar.

Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y resbaladiza. Su corazón latía contra mi pecho como un tambor, y el mío respondía al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. El espíritu de la pasión nos había poseído, y qué chido se sentía ser libre al fin.

Nos quedamos así horas, hablando en susurros de sueños y antojos. Me contó de su vida en las sierras, de cosechas y fiestas patronales. Yo le hablé de mi escape de la ciudad gris. Al amanecer, con el canto de los gallos filtrándose por la ventana, nos vestimos con sonrisas cómplices. "Vuelve cuando quieras, Ana. Este espíritu no se apaga fácil", dijo él, besándome la frente.

Salí a la calle empedrada, el sol calentando mi piel aún sensible, recordando cada toque, cada olor. Oaxaca ya no era solo un viaje; era el despertar de algo eterno en mí. Caminé con paso ligero, sabiendo que el espíritu de la pasión me acompañaría siempre, listo para encenderse de nuevo.

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