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Diario de una Pasion Beso

6932 palabras

Diario de una Pasion Beso

Querido diario de una pasion beso, hoy todo cambió con un simple roce de labios que se volvió fuego puro. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en el corazón de la Condesa, donde las calles bullen de vida y los cafés huelen a café de olla recién molido. Este fin de semana conocí a Diego en La Puerta Verde, ese lugar chido con mesas al aire libre y mariachis tocando de fondo. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luz de las velas, y una sonrisa pícara que me hizo mojada de solo verlo.

Estábamos en la terraza, el aire tibio de la noche rozando mi piel desnuda bajo el vestido rojo ceñido. Pedí un mezcal con sal y limón, y él se acercó con dos vasos en la mano. “¿Te invito uno, preciosa? Neta que tus labios me llaman desde que entraste”, dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Reí, sintiendo el cosquilleo en el estómago. Hablamos de todo: de los tacos al pastor que comimos después, del tráfico infernal de Insurgentes, de cómo la ciudad nos volvía locos pero nos unía. Sus manos grandes rozaban las mías accidentalmente, y cada toque era como una chispa eléctrica que subía por mis brazos hasta mis pezones endurecidos.

¿Por qué este wey me pone así? Su olor a colonia fresca mezclada con sudor masculino me tiene mareada. Quiero que me bese ya, que me devore entera.

La tensión crecía con cada sorbo. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa, y el calor de su pierna contra la mía me hacía apretar los muslos. Cuando el mariachi cantó Rancho en el Cielo, él se inclinó y sus labios rozaron mi oreja: “Ven, bailemos”. En la pista improvisada, su cuerpo pegado al mío, sintiendo su verga dura presionando mi vientre. Bailamos lento, mis tetas aplastadas contra su pecho, su aliento caliente en mi cuello oliendo a mezcal. Entonces pasó: el primer beso. Sus labios suaves pero firmes capturaron los míos, lengua invadiendo mi boca con hambre. Sabía a limón y deseo, chupando mi lengua como si fuera el último sorbo de vida. Gemí bajito, mis manos enredadas en su pelo negro azabache, mientras el mundo se desvanecía en ese diario de una pasion beso que acababa de nacer.

El beso duró eternidades, sus manos bajando por mi espalda hasta apretar mi culo con fuerza posesiva pero tierna. “Ana, neta que me vuelves loco. Vamos a mi depa, está cerca”, murmuró contra mi boca. Asentí, empapada, el corazón latiendo como tamborazo zacatecano. Tomamos un Uber, besándonos en el asiento trasero, sus dedos colándose bajo mi falda rozando mis bragas húmedas. El chofer carraspeó, pero nos reímos como pendejos enamorados.

Acto dos: la escalada. Su departamento en Polanco era un oasis moderno: ventanales con vista a los reflectores del Ángel, cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con furia. Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando rastros húmedos que ardían. “Eres tan rica, nena. Quiero comerte entera”, gruñó mientras me quitaba el vestido de un tirón. Quedé en lencería negra, tetas al aire palpitando, pezones duros como piedras.

Me cargó a la cama como si no pesara nada, su fuerza masculina me ponía a mil. Se quitó la camisa, revelando un torso tatuado con un águila real chida, músculos definidos por horas en el gym. Olía a sudor limpio y excitación, ese aroma almizclado que hace que las mujeres nos volvamos ferales. Me besó los pechos, lengua girando alrededor de un pezón mientras pellizcaba el otro. “¡Ay, Diego, qué chido! No pares”, jadeé, arqueando la espalda. Sus manos expertas bajaron mis bragas, dedos hurgando mi coño empapado, frotando el clítoris con círculos perfectos. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis jugos chorreando por sus dedos.

Esto es puro fuego. Cada roce es un incendio en mi piel, mi clítoris hinchado rogando por más. ¿Cómo un beso se convirtió en esto? Mi diario de una pasion beso se escribe con sudor y placer.

Lo volteé, queriendo devorarlo yo. Bajé su pantalón, su verga saltó libre: gruesa, venosa, goteando precum que lamí con gusto salado. “Mmm, qué verga tan rica, carnal”, dije metiéndomela hasta la garganta, chupando con hambre mientras él gemía “¡Puta madre, Ana, eres una diosa!”. Sus caderas se movían, follando mi boca suave pero profundo, manos en mi cabeza guiándome. El sabor de su piel, el olor de su pubis recortado, todo me volvía loca. Lo masturbé lento, lengua en las bolas, sintiendo su pulso acelerado bajo mi tacto.

La intensidad subía como volcán. Me puso a cuatro patas, nalgueándome suave: “¿Quieres que te coja, preciosa?” “¡Sí, métemela ya, pendejo caliente!”, supliqué. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Su verga llenándome, rozando mi punto G con cada embestida. El slap-slap de piel contra piel, mis tetas balanceándose, sus bolas golpeando mi clítoris. Olía a sexo puro, sudor mezclado con nuestros jugos. Me jalaba el pelo, besándome la espalda, susurrando guarradas: “Tu coño es el paraíso, tan apretado y mojado para mí”. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo como yegua salvaje, el placer acumulándose en espiral.

Cambié de posición, montándolo yo. Sus manos en mis caderas, yo rebotando fuerte, clítoris frotándose en su pubis. Veía su cara de éxtasis, ojos clavados en mis tetas saltando. “¡Me vengo, Diego! ¡No pares!” grité, el orgasmo explotando como pirotecnia en el Zócalo. Olas de placer me sacudían, coño contrayéndose alrededor de su verga, jugos salpicando. Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Colapsamos, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, nos besamos lento, lenguas perezosas saboreando el clímax. Su cabeza en mis tetas, dedos trazando patrones en mi piel sudada. El cuarto olía a sexo y sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera como banda sonora. “Esto fue el mejor diario de una pasion beso de mi vida, Ana. Quédate”, murmuró. Sonreí, sintiendo su verga semi-dura contra mi muslo.

Querido diario, un beso prendió esta pasión que no se apaga. Mañana más, neta que este wey es mío. Corazón y coño latiendo al unísono.

Nos dormimos enredados, el amanecer filtrándose por las cortinas pintando oro en su piel. Despertamos con besos mañaneros, su lengua explorando de nuevo, prometiendo rondas infinitas. La vida en México es así: impredecible, ardiente, llena de pasiones que nacen de un roce. Este diario de una pasion beso apenas empieza, y ya quiero la secuela.

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