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Actores de Pasión y Poder

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Actores de Pasión y Poder

El reflector del foro en Televisa San Ángel me cegaba como un sol en pleno mediodía, pero nada comparado con la mirada de Diego, mi coprotagonista en Pasión y Poder. Yo, Ana López, actriz de treinta años con curvas que volvían locos a los productores, sentía el calor subiendo por mi piel morena mientras grabábamos la escena del beso. "¡Acción!", gritó el director, y Diego me tomó de la cintura con esas manos fuertes, callosas de tanto gimnasio. Su aliento olía a menta y a algo más salvaje, como tierra mojada después de la lluvia en el DF.

Nos acercamos, labios rozándose apenas, y el set entero se quedó en silencio. Sentí su pecho ancho presionando contra mis tetas, el roce de su camisa de seda contra mi blusa escotada. Qué chingón se siente esto, pensé, mientras mi cuerpo traicionaba al guion. No era solo actuación; había fuego real entre nosotros, actores de pasión y poder que se devoraban en cada toma. "¡Corte!", y nos separamos, pero sus ojos cafés seguían clavados en mí, prometiendo más.

Después de wrap, el foro se vació como mercado un domingo al mediodía. Me quedé recogiendo mi chamarra, el sudor pegándome el pelo a la nuca, cuando Diego apareció en la puerta de mi camerino. "Ana, ¿neta que no sientes lo mismo que yo en esas escenas?", dijo con esa voz grave, como trueno lejano. Vestía jeans ajustados que marcaban su paquete generoso y una playera negra que dejaba ver sus brazos tatuados. Olía a colonia cara, Creed Aventus, mezclada con su sudor masculino.

Me recargué en el tocador, cruzando las piernas para que mi falda corta subiera un poco. "Diego, eres un pendejo si crees que soy de piedra. Cada vez que me besas, siento que me vas a partir en dos". Reí, pero mi corazón latía como tambor en fiesta de pueblo. Él se acercó, cerrando la puerta con un clic que sonó como promesa. "Entonces déjame mostrarte lo que un actor de pasión y poder puede hacer fuera del guion". Sus dedos rozaron mi mejilla, bajando por el cuello, enviando chispas por mi espina.

El aire del camerino se espesó, cargado de nuestro deseo. Diego me levantó en brazos como si no pesara nada, sentándome en el tocador. Sus labios capturaron los míos, un beso hambriento, lengua explorando mi boca con sabor a café y lujuria. Gemí bajito, órale, qué rico sabe este cabrón, mientras mis manos se enredaban en su pelo negro, tirando suave para que gruñera contra mi piel. Bajó por mi cuello, mordisqueando, dejando huella húmeda que olía a mi perfume de vainilla.

"Te quiero desde el primer día de casting, Ana", murmuró, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos de anticipación. Mis pechos saltaron libres, pezones duros como piedras bajo su mirada. Los tomó en sus manos grandes, masajeando, pellizcando justo lo necesario para que arqueara la espalda.

Sí, así, chulo, hazme tuya
, pensé, mientras el espejo reflejaba mi cara de puta en celo. Él chupó un pezón, lengua girando, succionando con fuerza que me hacía mojar las panties de encaje.

Le quité la playera, revelando su torso esculpido, abdominales marcados como chocolate de Oaxaca. Pasé las uñas por su piel salada, sintiendo los músculos contraerse. "Quítate todo, Diego, no seas menso", le ordené, y él obedeció, bajándose los jeans. Su verga saltó erecta, gruesa, venosa, goteando precúm que brillaba bajo la luz tenue. La tomé en mi mano, piel suave sobre hierro, masturbándolo lento mientras él jadeaba. "Mamacita, me vas a matar", ronroneó, dedos hundiéndose en mis muslos.

Me bajó la falda y las panties de un tirón, exponiendo mi coño depilado, labios hinchados y húmedos. El olor a sexo llenó el cuarto, almizcle dulce que nos volvía locos. Metió dos dedos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. "Estás chorreando, Ana, pura pasión y poder", dijo, mientras yo me retorcía, jugos corriendo por su mano. Gemí fuerte, no pares, pendejo, dame más, mis caderas moviéndose al ritmo de su follada digital.

La tensión crecía como tormenta en Xochimilco. Lo empujé al sofá viejo del camerino, montándome a horcajadas. Su verga rozó mi entrada, caliente, palpitante. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, el estirón delicioso quemándome por dentro. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, piel chocando con palmadas húmedas que resonaban como aplausos en el foro.

Sus manos en mis nalgas, guiándome, apretando carne suave. Sudábamos juntos, cuerpos brillantes, olor a sexo crudo mezclándose con el cuero del sofá. "Más rápido, Ana, fóllame como en la telenovela pero de a de veras", gruñó, y aceleré, coño apretándolo, paredes contrayéndose alrededor de su tronco. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo oreja mientras sus caderas subían, embistiéndome profundo. Sentía cada vena, cada pulso, el roce en mi clítoris hinchado.

El clímax se acercaba, como final de episodio explosivo. Cambiamos: él me puso en cuatro sobre el sofá, verga resbalando adentro de nuevo. Palmadas en mis nalgas, rojas ahora, el ardor sumándose al placer. "¡Sí, Diego, dame duro!", supliqué, voz ronca. Me follaba como animal, bolas golpeando mi clítoris, jugos chorreando por mis muslos. Su mano bajó, frotando mi botón en círculos, y exploté. ¡Me vengo, Virgen santa! Olas de éxtasis me sacudieron, coño ordeñándolo, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Él no paró, prolongando mi orgasmo con embestidas salvajes. "Me vengo, Ana, te lleno", rugió, y sentí su verga hincharse, chorros calientes inundándome, semen espeso mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, cuerpos temblando, respiraciones entrecortadas. Su peso sobre mí era gloria, piel pegajosa, corazón latiendo contra mi espalda.

Nos quedamos así un rato, el camerino en penumbras, solo el zumbido del aire acondicionado rompiendo el silencio. Diego se salió despacio, semen goteando de mi coño satisfecho, y me volteó para besarme tierno. "Eres increíble, actriz de mis sueños", susurró, limpiándome con su playera. Yo sonreí, piernas flojas, cuerpo zumbando de afterglow.

Esto no fue solo un polvo, fue poder puro, pasión que no se apaga
.

Nos vestimos entre risas, planeando la próxima toma... y lo que vendría después. Salimos del foro tomados de la mano, la noche mexicana envolviéndonos con su brisa tibia. Mañana, actores de pasión y poder otra vez, pero ahora con secreto compartido. El deseo no había terminado; solo empezaba el verdadero guion.

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