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Fin Ardiente de la Telenovela Abismo de Pasión

7366 palabras

Fin Ardiente de la Telenovela Abismo de Pasión

Estás sentada en el sofá de tu departamento en la colonia Roma, con las luces bajas y el aire cargado de ese olor a palomitas recién hechas que Marco preparó hace rato. La televisión brilla con la intensidad del fin de la telenovela Abismo de Pasión, esa que han visto juntos todas las noches durante meses. Los personajes principales, Damia y Augusto, se miran con ojos llameantes en la pantalla, sus cuerpos tensos por un deseo reprimido que al fin estalla en un beso que parece eterno. Tú sientes un cosquilleo en la piel, como si el calor de la escena se colara por tus poros.

Marco está a tu lado, su muslo fuerte rozando el tuyo, su mano descansando casualmente sobre tu rodilla. Lleva una playera ajustada que marca sus pectorales y unos jeans que no dejan mucho a la imaginación. ¡Mira nomás cómo se avientan! murmura él con esa voz grave que te eriza los vellos de la nuca. Tú asientes, mordiéndote el labio inferior, porque el roce de sus dedos en tu piel desnuda, apenas cubierta por un shortcito de algodón, ya te está encendiendo por dentro.

¿Por qué carajos esta telenovela siempre me pone así de caliente? Es como si el abismo de pasión de esos dos se metiera en mis venas.

La música dramática sube de volumen, violines y tambores que laten como un corazón acelerado. Damia arrastra a Augusto hacia la cama en la pantalla, sus manos temblorosas desabotonando camisas con urgencia. Tú giras la cabeza hacia Marco, y él ya te está mirando, sus ojos oscuros brillando con esa picardía mexicana que tanto te gusta. ¿Y si nosotros también le damos fin a nuestra propia telenovela? dice él, su aliento cálido rozando tu oreja.

Acto uno termina con el beso final en la tele, créditos rodando, pero el tuyo apenas comienza. Tus labios se encuentran en un choque suave al principio, saboreando el salado de las palomitas en su lengua. Sus manos suben por tus muslos, firmes y callosas de tanto trabajar en la construcción, masajeando con esa presión que sabes que te va a volver loca. Tú respondes arqueando la espalda, tus pechos presionándose contra su torso duro. El sonido de la tele se apaga cuando él busca el control con una mano y lo silencia de un jalón.

El calor sube como en pleno verano veraniego en el DF. Ahora en el medio del sofá, sus besos se vuelven hambrientos, lenguas danzando con un ritmo que imita el de vuestros corazones galopantes. Tú deslizas tus dedos por su cabello negro y revuelto, tirando un poco para oírlo gemir bajito contra tu boca. Eres una mamacita que me trae al borde del abismo susurra él, su voz ronca como grava. Sus dedos juguetean con el borde de tu blusita, rozando la curva de tus senos, y tú sientes tus pezones endurecerse al instante, pidiendo atención.

Lo empujas suavemente hacia atrás, montándote a horcajadas sobre él. El bulto en sus jeans es inconfundible, duro y palpitante contra tu entrepierna. Sí, así, cabrón piensas mientras frotas tu cadera contra la suya, sintiendo la fricción que hace que tu panocha se moje más. El aroma de su colonia mezclada con sudor masculino llena tus pulmones, embriagador como tequila añejo. Él agarra tus nalgas con ambas manos, amasándolas con fuerza, y tú sueltas un jadeo que reverbera en la habitación silenciosa.

Esto es mejor que cualquier telenovela, aquí no hay guion, solo puro instinto animal.

La tensión crece mientras él te quita la blusa por la cabeza, exponiendo tus tetas al aire fresco. Sus labios bajan por tu cuello, lamiendo la sal de tu piel, mordisqueando el hueco de tu clavícula hasta que tiemblas. Tú desabrochas su playera, arañando levemente su pecho velludo, saboreando el gusto metálico de su piel cuando lo besas ahí. ¡Órale, qué rica estás! gruñe él, chupando un pezón con avidez, su lengua girando en círculos que envían descargas eléctricas directo a tu clítoris hinchado.

Se levantan del sofá enredados, tropezando un poco hacia el pasillo, riendo entre besos. El piso de madera cruje bajo sus pies descalzos, y el olor a velas de vainilla que encendiste antes impregna el aire. En la recámara, la cama king size los espera con sábanas de algodón egipcio revueltas. Marco te tumba con gentileza pero firmeza, sus ojos devorándote mientras se quita los jeans. Su verga salta libre, gruesa y venosa, apuntando hacia ti como un arma cargada. Tú te lames los labios, el pulso latiéndote en las sienes.

Él se arrodilla entre tus piernas, besando el interior de tus muslos, inhalando profundo. Hueles a miel y pecado, nena dice antes de separar tus labios mayores con los dedos, exponiendo tu humedad reluciente. Su lengua toca tu botón primero, suave como una pluma, y tú arqueas las caderas gimiendo fuerte. El sonido de tus jugos siendo lamidos es obsceno y delicioso. Él chupa con hambre, metiendo dos dedos gruesos dentro de ti, curvándolos para rozar ese punto que te hace ver estrellas. Tus uñas se clavan en su cabeza, tirando de su pelo mientras el orgasmo se acerca como una ola inevitable.

¡No pares, pendejo, estoy a punto de explotar!

Pero él se detiene justo antes, subiendo para besarte y que pruebes tu propio sabor dulce y salado en su boca. Ahora te voy a coger como mereces promete, posicionando la cabeza de su verga en tu entrada. Entras juntas en el clímax de esta noche: él empuja lento al principio, estirándote deliciosamente, pulgada a pulgada hasta que sus bolas chocan contra tu culo. Tú envuelves tus piernas alrededor de su cintura, clavando los talones para que vaya más hondo. El ritmo se acelera, piel contra piel en palmadas rítmicas, sudor perlando sus cuerpos.

¡Más fuerte, Marco, rómpeme! gritas, y él obedece, embistiéndote con fuerza animal, su verga golpeando tu cervix en ángulos perfectos. El olor a sexo crudo llena la habitación, mezclado con el perfume de vuestros fluidos. Tus tetas rebotan con cada thrust, y él las agarra, pellizcando pezones mientras gruñe tu nombre. La tensión psicológica estalla: recuerdos de noches pasadas, celos tontos resueltos en besos, el amor profundo que crece con cada penetración.

El orgasmo te golpea primero, un tsunami que te hace convulsionar, paredes internas apretando su polla como un vicio. ¡Sí, apriétame así, chingada! ruge él, y con tres embestidas más se corre dentro de ti, chorros calientes inundando tu interior. Caen juntos, exhaustos, su peso sobre ti reconfortante. El silencio solo roto por respiraciones entrecortadas y el lejano rumor de la ciudad.

En el afterglow, él se desliza a tu lado, atrayéndote a su pecho húmedo. Tus dedos trazan patrones perezosos en su abdomen, sintiendo los latidos calmarse. El fin de la telenovela Abismo de Pasión fue chido, pero esto... esto es nuestro abismo eterno murmura él, besando tu frente. Tú sonríes, el cuerpo lánguido y satisfecho, sabiendo que esta pasión no tiene créditos finales.

Se quedan así, enredados bajo las sábanas, el aroma de sus cuerpos unidos persistiendo como promesa de más noches así. El mundo afuera puede esperar; aquí, en este nido de placer, han encontrado su propio final feliz, ardiente y sin fin.

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