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Secretos de una Pasion Reparto Prohibido

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Secretos de una Pasion Reparto Prohibido

En los pasillos iluminados del foro de Televisa en San Ángel, el aire olía a café recién molido y a ese perfume caro que usaba todo el reparto de Secretos de una Pasion. Yo, Carla, acababa de entrar al elenco como la antagonista sexy, la que roba al galán de la protagonista. Mi corazón latía fuerte cada vez que veía a Diego, el protagonista, con su sonrisa de pendejo encantador y esos ojos cafés que me atravesaban como si ya supiera todos mis secretos.

El primer día de ensayos, nos tocaron las escenas de la pasión prohibida. Órale, qué chido, pensé, mientras el director gritaba "¡Acción!". Diego me tomó de la cintura, su mano grande y cálida presionando mi piel a través de la blusa de seda. Sentí su aliento en mi cuello, oliendo a menta y a algo más, algo masculino que me erizaba la piel. "Te deseo tanto", decía su personaje, pero sus ojos me decían que no era solo actuación. Mi cuerpo respondió sin permiso, un calor subiendo desde mi vientre, mis pezones endureciéndose contra el encaje del brasier.

¿Y si esto no es fingido? ¿Y si él también siente esta electricidad que me hace mojarme con solo rozarme?

Al corte, nos quedamos cerca, riéndonos de un diálogo torpe. "Eres una chingona actuando, Carla", me dijo, su voz ronca como si acabara de despertar. "Tú tampoco estás tan pendejo, Diego", le contesté coqueta, mordiéndome el labio. El resto del reparto bromeaba alrededor, pero entre nosotros ya había un secreto latiendo.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. En el set, cada beso ensayado duraba un segundo de más. Sus labios suaves y firmes contra los míos, su lengua rozando apenas la mía, saboreando a chicle de fresa que masticaba para concentrarse. Tocábamos, nos mirábamos en los ojos durante las pausas, y el deseo crecía como una ola en la costa de Acapulco. Una noche, después de grabar una escena caliente donde mi personaje lo seduce en una hacienda, me invitó a su camerino. "Ven, platiquemos del guion", dijo, pero su mirada era puro fuego.

Adentro, el espacio era chiquito, olía a su colonia terrosa y a sudor fresco de tanto ensayo. Cerró la puerta, y de pronto sus manos estaban en mi rostro, besándome de verdad. No como en la novela. Su boca devoraba la mía, lengua explorando, saboreando mi gloss de vainilla. Gemí bajito, sintiendo su erección dura contra mi muslo. "Carla, neta que me traes loco desde el primer día", murmuró contra mi piel, bajando besos por mi cuello. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza, y yo arqueé la espalda, presionándome contra él.

"Diego, aquí nos pueden cachar", susurré, pero mis dedos ya desabotonaban su camisa, sintiendo el calor de su pecho musculoso, el vello suave que me raspaba las yemas. Olía a hombre, a deseo crudo. Me levantó sobre el escritorio, abriéndome las piernas con gentileza. "Quiero probarte", dijo, y bajé mis panties de encaje negro, empapados ya. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo lento, chupando con maestría. El placer era eléctrico, mis muslos temblando, el sonido húmedo de su boca mezclándose con mis jadeos ahogados. ¡Qué rico, cabrón, no pares!

Pero nos detuvimos, riendo nerviosos. "No aquí, mi amor. Vamos a mi depa después de la fiesta del reparto". La promesa colgaba en el aire como humo de cigarro.

La fiesta en Polanco era puro lujo: luces tenues, música de banda con toques electrónicos, tequilas Don Julio fluyendo. El reparto de Secretos de una Pasion bailaba, reía, pero yo solo lo veía a él, bailando con una morra del staff. Celos punzantes me subieron por la garganta, pero cuando me acerqué, me tomó de la mano y salimos sin decir adiós. En su coche, un BMW negro, el camino a su penthouse en Reforma fue un infierno de besos y caricias. Su mano en mi entrepierna, frotando sobre la falda, mis uñas clavándose en su cuello.

Llegamos jadeantes. El elevador olía a limpio y a nosotros, sudor y excitación. Apenas entramos al depa, con vista al Ángel de la Independencia brillando afuera, nos desnudamos con furia. Su cuerpo era perfecto: abdomen marcado, verga gruesa y venosa palpitando para mí. Lo empujé al sofá de piel suave, montándome a horcajadas. "Eres mía esta noche", le dije, guiándolo dentro de mí. Estaba tan mojada que entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, el estiramiento delicioso, su calor pulsando adentro.

Sentirlo tan profundo, tan duro, moviéndose conmigo... esto es mejor que cualquier escena de la novela.

Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, sus manos en mis tetas, pellizcando pezones rosados. El sonido de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor almizclado de sexo llenando la habitación. Aceleré, mis caderas girando, él gimiendo "¡Qué chingona eres, Carla! ¡Me vas a matar!". Sudor perlando su frente, salado cuando lo lamí. Me volteó, poniéndome a cuatro, embistiéndome desde atrás. Sus bolas chocando contra mi clítoris, sus dedos en mi pelo, jalando suave. El orgasmo me vino como tsunami, gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él, leche caliente saliendo de mí.

Él se corrió segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentía deslizarse dentro. Colapsamos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro. "Esto es nuestro secreto, ¿verdad? Fuera del reparto de Secretos de una Pasion", murmuró. Reí bajito, oliendo su cabello húmedo. "Sí, pero hagámoslo muchas veces más".

Despertamos enredados en sábanas de algodón egipcio, el sol filtrándose por las cortinas, oliendo a café que él preparó. Desayunamos nude en la terraza, sus dedos rozando mi muslo, promesas en la mirada. En el set después, cada mirada compartida era un recordatorio ardiente, un secreto que nos unía más que cualquier guion. La pasión no era solo de la novela; era nuestra, real, palpitante. Y mientras el director gritaba acción, sabíamos que lo mejor pasaba en los cortes.

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