Belinda Pasión de Gavilanes
La Hacienda Gavilanes se extendía como un sueño bajo el sol ardiente de Sinaloa, con sus campos verdes de caña ondeando al viento y el aroma dulce de las flores de pitaya flotando en el aire. Belinda acababa de llegar de la ciudad, con su piel morena brillando por el sudor del viaje y su falda ligera pegándose a sus curvas generosas. Heredera de medio pelo, pero con un fuego en los ojos que no pasaba desapercibido. ¿Qué carajos hago aquí? se preguntaba mientras bajaba del camión, oliendo a tierra húmeda y a algo más primitivo, como el deseo que empezaba a revolverle las tripas.
Diego la esperaba en la entrada principal, un vaquero alto y fornido, con sombrero echado hacia atrás y una camisa ajustada que marcaba sus pectorales duros como rocas. Sus ojos negros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su blusa blanca, donde un par de gotas de sudor resbalaban lentas como promesas. "Bienvenida, señorita Belinda", dijo con voz grave, extendiendo una mano callosa. Ella la tomó, sintiendo el calor áspero de su palma contra la suavidad de la suya, y un escalofrío le subió por la espina.
Este pendejo me va a volver loca, neta, pensó ella, soltando su mano a regañadientes. La hacienda bullía de vida: caballos relinchando en los corrales, el cloqueo de gallinas y el lejano tañido de una guitarra. Diego la guió por los pasillos de adobe fresco, donde el olor a madera vieja y jazmín impregnaba todo. "Aquí manda la pasión de Gavilanes", le explicó, con una sonrisa pícara. "Y tú, Belinda, pareces hecha para encenderla".
La tensión creció esa primera noche durante la cena bajo las estrellas. La mesa larga rebosaba de tacos de carne asada jugosa, guacamole cremoso y pulque fresco que picaba en la lengua. Belinda se sentó frente a Diego, sus rodillas rozándose bajo el mantel de hule. Cada vez que él reía, una carcajada profunda que vibraba en su pecho, ella sentía un tirón en el bajo vientre. Sus labios gruesos, su barba incipiente... ay, wey, qué rico se ve. Hablaban de la tierra, de los sueños de expandir la hacienda, pero sus miradas decían otra cosa: hambre pura, animal.
Al día siguiente, el sol pegaba como plomo mientras cabalgaban por los senderos. Belinda montaba una yegua blanca, su cuerpo balanceándose al trote, el viento azotando su cabello negro largo. Diego cabalgaba a su lado, su aroma a cuero y sudor masculino invadiendo sus sentidos. "¡Agarra las riendas fuerte, chula!", gritó él cuando la yegua se encabritó un poco. Ella se rio, el corazón latiéndole a mil, y de pronto su mano se posó en el muslo de él para estabilizarse. La carne dura bajo los jeans gastados la quemó. Él no se apartó; al contrario, cubrió su mano con la suya, apretando suave.
Esto es el principio del fin, Belinda. Pero qué chingón fin.
La noche de la fiesta patronal fue el detonante. Luces de faroles colgaban de los árboles, mariachis tocaban corridos bravos y el tequila corría como río. Belinda bailaba un zapateado con las criadas, su vestido rojo floreado girando, dejando ver sus piernas torneadas y el brillo de sudor en su clavícula. Diego la vio desde el porche, con una cerveza en la mano, y no aguantó más. Se acercó, la tomó de la cintura con manos firmes pero gentiles. "Baila conmigo, Belinda, pasión de Gavilanes", murmuró al oído, su aliento caliente oliendo a tequila y menta.
El cuerpo de ella se pegó al suyo al ritmo de la música, pechos contra pecho, caderas rozando en un vaivén hipnótico. Sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura y palpitante, y un gemido se le escapó. "Diego...", susurró, clavando las uñas en su espalda. Él la besó ahí mismo, en medio de la pista improvisada, un beso salvaje con lenguas enredadas, saboreando el salado de su piel y el dulzor del mezcal en su boca. La gente silbaba y aplaudía, pero ellos no veían nada más.
Lo quiero ya, carnal. No aguanto más esta comezón. Diego la llevó de la mano por el jardín oscuro, entre buganvillas que pinchaban suave la piel. Llegaron a su cuarto en el ala de los peones, una habitación sencilla con cama king de madera y sábanas frescas. La puerta se cerró con un clic, y el mundo se redujo a ellos dos. Él la arrinconó contra la pared, besándola con furia mientras sus manos exploraban. Bajó el vestido de un tirón, exponiendo sus tetas firmes, pezones oscuros ya erectos como botones de fuego. Los chupó con hambre, lamiendo y mordisqueando, haciendo que ella arqueara la espalda y gimiera alto: "¡Sí, así, pinche delicioso!".
Belinda le quitó la camisa, deleitándose en el tacto de su torso velludo, músculos tensos bajo sus dedos. Bajó los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó libre apuntando al techo. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado y el líquido preseminal untándose en su palma. "Estás chingón de grande, wey", ronroneó ella, arrodillándose. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado, chupando las bolas pesadas mientras él gruñía y le enredaba los dedos en el pelo.
Pero quería más. Se levantó, se quitó la tanga empapada, oliendo a su propia excitación dulce y agria. "Cógeme, Diego. Hazme tuya". Él la tumbó en la cama, abriéndole las piernas con reverencia. Su concha depilada brillaba húmeda, labios hinchados invitando. Él sopló suave, haciendo que ella se retorciera, y luego hundió la lengua, lamiendo el clítoris hinchado, metiendo dos dedos gruesos que la llenaban perfecto. Belinda jadeaba, el sonido de su chupeteo obsceno mezclándose con sus "¡Ay, cabrón, no pares!". El orgasmo la pilló de sorpresa, un estallido que la hizo convulsionar, chorros de jugo mojando su barbilla.
No esperaron. Diego se puso un condón –siempre responsable, el cabrón– y se hundió en ella de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. "Estás tan apretada, tan caliente", gruñó él, embistiéndola profundo. Ella clavó las uñas en sus nalgas, urgiéndolo más rápido, el slap-slap de carne contra carne resonando en la habitación. Sudor goteaba de sus cuerpos, mezclándose; el olor a sexo crudo llenaba el aire. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como en su yegua, tetas rebotando, controlando el ritmo hasta que él la volteó a perrito, azotando suave sus nalgas mientras la penetraba duro.
El clímax llegó juntos. Belinda gritó su nombre, su concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban su verga. Diego se vació con un rugido, temblando encima de ella. Se derrumbaron, jadeantes, piel pegajosa y corazones martilleando al unísono. Él la abrazó por detrás, besándole el cuello, mientras el viento nocturno entraba por la ventana trayendo olor a tierra mojada.
En la quietud del afterglow, Belinda sonrió en la oscuridad.
Belinda, pasión de Gavilanes. Así me quedo para siempre. Diego le susurró al oído: "Esto apenas empieza, mi reina". Y ella supo que era verdad: la hacienda, el hombre, el fuego que ardía en su sangre. Gavilanes ya no era solo tierra; era su paraíso carnal.