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Abismo de Pasión Augusto Se Entera de la Verdad

7201 palabras

Abismo de Pasión Augusto Se Entera de la Verdad

Augusto caminaba por las calles empedradas de Coyoacán, el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja cálido que le recordaba el fuego que ardía en su pecho cada vez que pensaba en ella. Sofia, su mamacita prohibida, la mujer que lo había volteado de cabeza desde el primer beso robado en una fiesta en Polanco. Llevaban meses en ese baile de deseo loco, de noches sudorosas y gemidos ahogados en hoteles de paso. Pero últimamente, algo andaba chueco. La había visto susurrando al teléfono, con esa sonrisa pícara que lo volvía pendejo de celos.

El aire olía a jazmín y a tacos de canasta de la tiendita de la esquina, pero Augusto no tenía hambre de comida. Su mente bullía con imágenes: ¿quién era el cabrón que la hacía reír así? Entró al departamento que compartían en secreto, un nido de lujo con vistas al parque, cortinas de seda que filtraban la luz como caricias. Sofia estaba en la cocina, moviendo las caderas al ritmo de un corrido romántico en la radio, su falda ajustada marcando las curvas que él conocía de memoria.

Órale, amor, llegaste temprano —dijo ella, girándose con ojos brillantes, el aroma de su perfume de vainilla envolviéndolo como un abrazo.

Augusto la miró fijo, el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano.

¿Y si es neta? ¿Y si me está viendo la cara de pendejo?
Se acercó, tomándola de la cintura, sintiendo la tibieza de su piel a través de la tela fina.

—Sofi, neta, ¿qué traes entre manos? Te oí anoche al teléfono. "No le digas nada a Augusto todavía". ¿Qué pedo?

Ella se mordió el labio, esa boca carnosa que lo había chupado hasta dejarlo temblando. Sus manos subieron por su pecho, rozando los botones de su camisa.

—Es una sorpresa, guapo. Pero si tanto te pica, ven, te enseño.

La tensión era un nudo en el estómago de Augusto, un calor que subía desde sus huevos hasta su verga, que ya se ponía dura solo de olerla. La siguió al cuarto, donde la cama king size los esperaba con sábanas de algodón egipcio revueltas de la noche anterior. Sofia sacó un cajón del buró, revelando un álbum de fotos y una carta sellada.

Acto uno del drama: el abismo empezaba a abrirse. Augusto sentía el pulso en las sienes, el sudor perlando su frente mientras hojeaba las fotos. Eran de ellos dos, pero también de ella sola, posando en lencería roja, en playas de Cancún, en baños de espuma. La carta era de su mejor amiga, Lupe, contándole cómo Sofia había planeado todo: un viaje sorpresa a Puerto Vallarta, solo para revivir su pasión, para atarlo a ella con cadenas de placer.

Pero había más. Una nota garabateada: "Abismo de pasión, Augusto se entera de la verdad: te amo tanto que duele, y quiero que me folles como nunca". El mundo de Augusto dio un vuelco. No era traición, era devoción pura, un fuego que lo consumía.

Mamacita, ¿esto es pa' mí? —murmuró, la voz ronca, tirando el álbum y jalándola contra él.

El beso fue salvaje, lenguas enredadas con sabor a menta y desesperación. Sus manos exploraban, apretando nalgas firmes, sintiendo el calor húmedo entre sus piernas a través de las bragas de encaje.

En el medio del acto, la escalada fue como una tormenta en el desierto sonorense: lenta al principio, luego furiosa. Sofia lo empujó a la cama, desabotonando su camisa con dientes, lamiendo el sudor salado de su pecho velludo. Augusto gemía,

Carajo, esta mujer me va a matar de placer
, mientras ella bajaba el zipper de sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, que saltó como resorte.

—Mírala, chulo, toda pa' ti —susurró Sofia, arrodillándose, el pelo negro cayéndole como cascada sobre los hombros.

El sonido de su boca chupándolo era obsceno, slurp slurp húmedo, succionando la cabeza hinchada, lamiendo las bolas pesadas. Augusto enterró los dedos en su melena, oliendo su shampoo de coco mezclado con el almizcle de su excitación. Ella lo miró con ojos de víbora, garganta profunda hasta que las lágrimas brillaron en sus pestañas.

Pero no era solo físico; las emociones bullían. Augusto recordaba sus primeras citas, el roce accidental en un antro de la Condesa, cómo ella lo había seducido con miradas y rozones. Ahora, sabiendo la verdad, el deseo era un volcán. La levantó, quitándole la falda de un tirón, exponiendo su coño depilado, labios hinchados brillando de jugos.

Entra en mí, Augusto, hazme tuya —suplicó ella, abriendo las piernas en la cama, el aroma almizclado llenando la habitación.

Él se hundió lento, centímetro a centímetro, sintiendo las paredes calientes apretándolo como guante de terciopelo. ¡Puta madre, qué delicia! Gemidos sincronizados, piel contra piel chapoteando, el colchón crujiendo bajo sus embestidas. Sofia clavaba uñas en su espalda, dejando surcos rojos, mientras él le mamaba los pezones duros como piedras, sabor a sal y vainilla.

La tensión subía, interna y externa. Augusto luchaba contra el clímax, queriendo prolongar el abismo. La volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo, perfecto, dándole nalgadas que resonaban como palmadas en una fiesta. ¡Plaf! ¡Plaf! Ella gritaba "¡Más, cabrón, rómpeme!", empujando hacia atrás, el sudor goteando de sus frentes, mezclándose en riachuelos por sus espaldas.

Internamente, Augusto reflexionaba:

Esta es mi verdad, mi abismo de pasión. No hay nadie más, solo nosotros, follando como animales en celo
. Cambiaron posiciones, ella encima, cabalgándolo como jinete en rodeo charro, tetas rebotando, coño tragándoselo entero. El sonido de sus pelvis chocando era hipnótico, clap clap clap, olía a sexo puro, a feromonas mexicanas.

La intensidad psicológica peak: Sofia confesó entre jadeos —"Te oí sospechando, pendejo, por eso la sorpresa. Te quiero pa' mí sola, en este abismo"—. Augusto la abrazó fuerte, rodando para missionero profundo, piernas enredadas, besos mordidas, hasta que el orgasmo los alcanzó como tsunami.

En el final, el alivio fue glorioso. Augusto se corrió primero, chorros calientes llenándola, gruñendo como león, sintiendo sus contracciones ordeñándolo. Sofia explotó segundos después, chillando "¡Sí, mi amor, ahhh!", cuerpo convulsionando, jugos mezclados chorreando por sus muslos. Se quedaron pegados, pulsos latiendo al unísono, el aire pesado con olor a semen y sudor.

Después, en el afterglow, yacían enredados, la brisa de la ventana trayendo aromas de jardín. Augusto besó su frente, oliendo su pelo.

Neta, Sofi, Augusto se entera de la verdad: eres mi todo.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho. "Y tú el mío, en este abismo de pasión". El conflicto resuelto, solo quedaba la promesa de más noches así, en su mundo de placer consensual, empoderados por el deseo mutuo. La radio seguía sonando bajito, un ranchero que hablaba de amores eternos, mientras ellos planeaban el viaje, listos para hundirse de nuevo.

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