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Pasión Capítulo 51 Entrega Inolvidable

6520 palabras

Pasión Capítulo 51 Entrega Inolvidable

La noche en Polanco estaba viva con el bullicio de la ciudad que nunca duerme. Las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, y el aroma a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro de las parejas que paseaban por las calles empedradas. Yo, Ana, me sentía como una reina esperando a su rey. Habían pasado semanas desde la última vez que Marco y yo nos vimos, con sus viajes de trabajo que lo llevaban de Monterrey a Guadalajara. Pero esta noche era nuestra. Mi corazón latía fuerte bajo el vestido rojo ceñido que acentuaba mis curvas, el mismo que él me regaló en nuestro aniversario.

Lo vi llegar desde la terraza del restaurante, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. "¡Órale, mi reina! ¿Lista para quemar la noche?" dijo mientras me abrazaba, su cuerpo firme presionando contra el mío. Su colonia, un olor a madera y especias mexicanas, me envolvió como un abrazo invisible. Sentí su aliento cálido en mi cuello, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Nos sentamos a la mesa, pedimos enchiladas suizas y un tequila reposado. Hablamos de todo y nada: de su último cierre de negocios, de mis clases de salsa en la colonia Roma, pero bajo la charla, ardía la tensión. Sus ojos café me devoraban, bajando por mi escote cada vez que reía.

Pienso en cómo empezó todo esto, hace años en una fiesta en Coyoacán. Éramos unos desconocidos, pero esa chispa... neta, fue como si el universo nos hubiera empujado uno contra el otro. Y ahora, cada encuentro es un capítulo más en nuestra pasión infinita.

La cena fue un preludio perfecto. Sus pies rozaban los míos bajo la mesa, subiendo despacio por mi pantorrilla. Me traes loca, wey, pensé, mordiéndome el labio. Pagó la cuenta con prisa, y salimos tomados de la mano hacia su hotel en Reforma. El viento nocturno jugaba con mi cabello, y el sonido de los cláxones lejanos se mezclaba con nuestra risa nerviosa. En el elevador, no pudimos esperar. Sus labios capturaron los míos en un beso hambriento, su lengua explorando mi boca con sabor a tequila y deseo. Mis manos se enredaron en su camisa, sintiendo los músculos tensos de su pecho.

La habitación era un oasis de lujo: sábanas de algodón egipcio, vista al Ángel de la Independencia iluminado, y velas ya encendidas que perfumaban el aire con jazmín. Marco me empujó suavemente contra la puerta, sus besos bajando por mi cuello. "Te extrañé tanto, Ana. Eres mi vicio, mi todo." Susurró mientras desabrochaba mi vestido, dejando que cayera al suelo como una cascada roja. Quedé en lencería negra, mis pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada. Él se quitó la camisa, revelando su torso bronceado, marcado por horas en el gym. Lo atraje hacia mí, saboreando el salado de su piel, oliendo su sudor fresco mezclado con esa colonia que me volvía loca.

Nos movimos hacia la cama como en un baile lento. Sus manos expertas masajeaban mis senos, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. Qué chido se siente esto, pensé, arqueándome contra él. Bajó por mi vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a mis bragas. Las deslizó con dientes, su aliento caliente rozando mi panocha ya húmeda. "Estás empapada, mi amor. Todo para mí." Dijo con voz ronca, y su lengua se hundió en mí. El placer fue eléctrico: lamidas lentas, círculos en mi clítoris que me hacían jadear. El sonido de mi propia humedad, chupeteos suaves, llenaba la habitación. Mis dedos se clavaron en su cabello negro, guiándolo más profundo. ¡Sí, así, carnal! No pares...

Pero no quería correrme aún. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, dura y palpitante, con venas marcadas que invitaban a tocar. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado como mi corazón. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco gruñó, "¡Pinche diosa! Me vas a volver loco." Lo chupé con ganas, metiéndomela hasta la garganta, mis labios estirados alrededor de su grosor. Él se movía en mi boca, follándola suave, mientras sus manos acariciaban mi cabello.

La tensión crecía como una tormenta. Me recostó en la cama, abriéndome las piernas con gentileza. Esto es pasión capítulo 51, crucé por mi mente, recordando cómo numerábamos nuestros encuentros más intensos, como capítulos de nuestra telenovela privada. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento ardiente me hizo gritar de placer. "¡Ay, Marco! Qué rico te sientes." Nuestros cuerpos se unieron en ritmo perfecto: él empujando profundo, yo levantando las caderas para recibirlo. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos altos, sus gruñidos bajos, creaban una sinfonía erótica. Sudor perló nuestras pieles, el olor a sexo crudo impregnaba el aire.

Emocionalmente, era más que carne. En cada embestida, sentía su amor, su necesidad de mí después de días separados.

Él es mi hombre, mi compañero. No hay nadie que me haga sentir así, tan mujer, tan viva.
Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona. Mis tetas rebotaban con cada salto, sus manos en mi culo guiándome. Me incliné para besarlo, nuestras lenguas danzando mientras mi clítoris rozaba su pubis. El orgasmo se acercaba, un nudo apretado en mi vientre. "Córrete conmigo, Ana. Dámelo todo." Ordenó, y exploté. Olas de placer me sacudieron, mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, chillidos escapando de mi garganta. Él me siguió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando bajo el mío.

Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El afterglow era puro éxtasis: su cabeza en mi pecho, mis dedos trazando patrones en su espalda. El aroma a nuestros jugos mezclados, el sabor de él aún en mis labios, la calidez de su piel pegada a la mía. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí éramos un mundo aparte.

"Esto fue increíble, mi vida. Pasión capítulo 51, inolvidable." Murmuró Marco, besando mi hombro. Reí suave, acurrucándome más. Sí, y vendrán más capítulos, pensé, con el corazón lleno. En ese momento, supe que nuestro fuego nunca se apagaría. La noche nos envolvió en paz, prometiendo amaneceres igual de ardientes.

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