Noche de Pasion para Mi Novio
Era una noche perfecta en nuestro depa en la Roma, con el bullicio de la ciudad allá afuera pero aquí adentro solo nosotros dos. Yo, Ana, había planeado todo con esmero para esta noche de pasion para mi novio, mi carnal Javier, ese moreno alto y musculoso que me volvía loca con solo una mirada. Llevábamos tres años juntos, pero esta vez quería sorprenderlo de verdad. Preparé la mesa con velas aromáticas de vainilla y jazmín, el olor dulce flotando en el aire como una promesa. Ponía corridos románticos bajitos de José Alfredo Jiménez en el Spotify, y en la cocina bullía un mole poblano casero que olía a chocolate amargo y chiles tostados, mezclado con el aroma de las flores frescas que compré en el mercado de San Juan.
Javier llegó cansado del gym, su camisa pegada al pecho sudado, oliendo a hombre puro, a sudor fresco y colonia barata que me encantaba. "¡Órale, mami! ¿Qué es todo esto?", dijo con esa sonrisa pícara, sus ojos cafés brillando bajo la luz tenue. Lo abracé fuerte, sintiendo sus músculos duros contra mis curvas suaves, mi blusa de encaje rozando su piel. "Es para ti, mi amor. Siéntate, que te sirvo un tequilita reposado". Le vertí el licor en un caballito, el sonido gluglú del líquido ámbar llenando el silencio, y brindamos. El tequila quemaba la garganta como fuego lento, despertando un calor en mi vientre que ya palpitaba de anticipación.
Esta noche de pasion para mi novio va a ser inolvidable, pensé. Quiero que me devore entera, que olvide el mundo.
Comimos despacio, el mole derritiéndose en la lengua con su sabor picante y terroso, sus dedos rozando los míos accidentalmente, enviando chispas por mi espina. Hablábamos de tonterías, de la pinche jefa en su trabajo, de mis chismes con las morras del yoga, pero el aire se cargaba de electricidad. Cada mirada era un roce invisible, cada risa un jadeo contenido. Me levanté para poner salsa ranchera, moviendo las caderas al ritmo de Vicente Fernández, y él me jaló de la cintura. "Ven acá, pendeja hermosa", murmuró, su aliento caliente en mi cuello, oliendo a tequila y deseo.
Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría, la tela cayendo al suelo con un susurro suave. Me quedé en bra de encaje negro, mis pechos subiendo y bajando rápido, pezones endurecidos rozando la tela. Él se paró, quitándose la camisa, revelando ese torso tatuado con un águila en el pecho que me hacía mojarme al instante. Lo besé con hambre, saboreando sus labios salados, nuestra lengua danzando como en un tango ardiente. El sonido de nuestros besos húmedos llenaba la sala, mezclado con la música y el latido de mi corazón tronando en los oídos.
Lo empujé al sofá de piel suave, arrodillándome entre sus piernas. Desabroché su jeans, liberando su verga dura, gruesa, palpitante, con esa vena marcada que conocía de memoria. Olía a él, a masculinidad pura, un aroma almizclado que me mareaba. La tomé en mi mano, sintiendo su calor latiendo contra mi palma, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. "¡Qué rico, Ana! Neta me vas a matar", gruñó él, sus dedos enredándose en mi pelo, tirando suave pero firme. Chupé más profundo, mi boca llena de él, el sonido obsceno de succión haciendo eco, mis jugos empapando mis panties.
Pero no quería acabar tan rápido. Esta era noche de pasion para mi novio, y yo mandaba. Me levanté, quitándome la falda, quedando en tanga roja que apenas cubría mi concha hinchada. Bailé para él, girando lento, mis nalgas redondas moviéndose al ritmo, el sudor perlando mi piel morena. Él se tocaba despacio, ojos fijos en mí como un lobo hambriento. "Ven, mi chulo", le dije, jalándolo al piso. Nos tendimos en la alfombra mullida, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbalosa de sudor.
Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando marcas rojas que dolían rico. Lamió mis tetas, succionando un pezón con fuerza, el placer punzante viajando directo a mi clítoris. Gemí alto, "¡Sí, así, cabrón!", mis uñas clavándose en su espalda ancha. Sus dedos expertas se colaron en mi tanga, rozando mi humedad, dos dedos hundiéndose en mi calor apretado. El sonido chapoteante de mi excitación era vergonzoso y delicioso, el olor de mi arousal dulce y almizclado llenando el aire. Me follaba con los dedos lento al principio, luego rápido, mi cadera subiendo para encontrarlos, el orgasmo construyéndose como una ola.
¡No aguanto más! Quiero sentirlo dentro, llenándome hasta reventar.
"Fóllame ya, Javier", supliqué, voz ronca. Él sonrió malicioso, poniéndome a cuatro patas, mi culo en pompa para él. Sentí la punta de su verga presionando mi entrada, resbaladiza de jugos, y empujó de un solo golpe, estirándome deliciosamente. Grité de placer, el dolor inicial convirtiéndose en éxtasis puro. Embestía fuerte, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada thrust, piel palmoteando piel en un ritmo frenético. Sudábamos como locos, el olor a sexo crudo impregnando todo, sus gruñidos graves vibrando en mi espalda.
Cambié de posición, montándolo como amazona, mis tetas rebotando, manos en su pecho para impulsarme. Lo cabalgaba salvaje, su verga golpeando mi punto G perfecto, chispas de placer explotando. Él pellizcaba mis pezones, "¡Muévete, nena, qué chingón se siente!", y yo aceleré, mi concha contrayéndose alrededor de él. El clímax llegó como un terremoto, mi cuerpo temblando, chorros de placer escapando, mojando sus muslos. Él no paró, follándome a través del orgasmo hasta que rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos de semen derramándose dentro.
Colapsamos exhaustos, cuerpos pegajosos entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. El aire olía a nosotros, a semen, sudor y velas apagadas. Lo besé suave, saboreando el salado de su piel, su mano acariciando mi pelo revuelto. "Te amo, mi vida", murmuró, voz ronca de satisfacción. Yo sonreí contra su pecho, el corazón latiendo en sincronía.
Esta noche de pasion para mi novio fue todo lo que soñé. Mañana repetimos, neta.
Nos quedamos así un rato, charlando bajito de planes locos, de viajes a la playa en Puerto Vallarta, de bebés algún día. El mundo afuera podía esperar; aquí éramos solo nosotros, saciados y conectados. Me dormí en sus brazos, soñando con más noches así, infinitas y ardientes.