Pasión Desnuda de los Actores de la Novela Pasión y Poder
Elena sintió el calor del reflector sobre su piel mientras grababan la escena clave de Pasión y Poder. Como una de las protagonistas, su química con Arturo, el galán principal, era legendaria entre el equipo. Los actores de la novela Pasión y Poder siempre generaban chismes en los pasillos del foro en Televisa, pero nadie imaginaba lo que bullía debajo de las luces. Arturo, con su mandíbula cuadrada y ojos color miel, la hacía temblar de verdad cada vez que la tomaba por la cintura para un beso fingido. Ese día, después del corte, él se acercó con una sonrisa pícara.
Órale, Elena, ¿vamos por unos tequilas a mi depa en Polanco? Necesitamos desconectar de tanto drama, le dijo en voz baja, su aliento cálido rozándole la oreja. Ella asintió, el pulso acelerado.
¿Por qué no? Neta que este wey me prende como nadie, pensó mientras subía a su camioneta negra reluciente. El tráfico de la Ciudad de México rugía afuera, pero dentro, el aroma a su colonia masculina, mezcla de sándalo y cítricos, la envolvía como una promesa.
En el penthouse, las luces tenues de la terraza con vista al skyline iluminaban la piscina infinita. Arturo sirvió dos shots de tequila reposado, el líquido ámbar brillando en los vasos. Salud por los actores de la novela Pasión y Poder, que fingimos tanto en pantalla, brindó él, chocando su vaso contra el de ella. Elena rio, sintiendo el fuego del alcohol bajar por su garganta, calentándole el pecho. Se sentaron en el sofá de piel suave, las piernas rozándose accidentalmente. O no tan accidental.
La conversación fluyó como el tequila: de escenas intensas a anécdotas del set. ¿Sabes? En esa toma de la ducha, neta que quise besarte de verdad, confesó Arturo, su voz ronca, los ojos fijos en los labios de ella. Elena tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en las costillas.
Este pendejo sabe cómo hacerme mojar con solo mirarme, se dijo, cruzando las piernas para disimular el calor entre sus muslos. El aire olía a jazmín de la terraza y a algo más primitivo, el sudor sutil de sus cuerpos cercanos.
Él se inclinó, rozando su rodilla con la mano. Elena no se apartó. Al contrario, giró el rostro y lo besó. Fue como encender una mecha: labios suaves al principio, explorando, luego hambrientos, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo. Arturo la jaló a su regazo, las manos grandes subiendo por su espalda, desabrochando el vestido negro ceñido. La tela cayó al piso con un susurro, dejando su piel expuesta al aire fresco de la noche. Eres más chingona de lo que Arturo Peniche en la novela, murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel sensible.
Elena jadeó, el roce de sus dientes enviando chispas por su espina. Sus pechos se apretaron contra el pecho duro de él, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa. Lo desvistió con dedos temblorosos, revelando el torso esculpido por horas en el gym. Qué rico hueles, cabrón, susurró ella, inhalando su esencia salada. Bajaron al piso alfombrado, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbaladiza por el sudor naciente. Las manos de Arturo exploraban: una en su cadera, apretando la carne suave, la otra bajando entre sus piernas, encontrando la humedad que la delataba.
No aguanto más, lo quiero ya, pensó Elena mientras él lamía su clavícula, bajando a un pezón endurecido. La succión fue exquisita, un tirón que la hizo arquearse, gimiendo bajito. El sonido de sus respiraciones entrecortadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad. Ella lo empujó boca arriba, montándolo con confianza. Sus dedos trazaron el contorno de su verga tiesa, palpitante bajo el bóxer. La liberó, admirando su grosor venoso, el glande brillante de anticipación. Esto es mejor que cualquier guion de Pasión y Poder, rio ella, lamiendo la punta con la lengua plana, saboreando el gusto salado y almizclado.
Arturo gruñó, las caderas elevándose. Mamacita, qué boca tan chida, jadeó, enredando los dedos en su cabello negro largo. Elena chupó con ritmo, succionando hondo, la saliva resbalando por el eje. Él la detuvo, ojos en llamas. Ven acá, no quiero acabar así. La volteó con gentileza pero firmeza, posicionándola de rodillas. Entró lento, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso la hizo clavar las uñas en la alfombra. Sí, así, despacito, rogó ella, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas, el calor de él llenándola por completo.
El vaivén empezó suave, piel chocando con palmadas húmedas, el aroma de sus sexos unidos intensificándose: almizcle, sudor, excitación pura. Elena empujaba hacia atrás, cabalgando la ola de placer.
Es como si estuviéramos actuando la escena más hot de la novela, pero real, neta. Arturo aceleró, una mano en su clítoris frotando círculos precisos, la otra jalando su pelo para arquear su espalda. Los gemidos subieron de tono, eco en la estancia: ayes agudos de ella, gruñidos guturales de él. El clímax la golpeó primero, un estallido desde el vientre, contracciones pulsantes ordeñando su verga. ¡Me vengo, wey!, gritó, el mundo disolviéndose en blancura.
Arturo la siguió segundos después, embistiendo profundo, derramándose dentro con un rugido animal. Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados. El sudor enfriándose en su piel, el corazón de él latiendo contra su mejilla. Besos perezosos post-sexo, lenguas lentas saboreando el regusto salado. Eso fue épico, mejor que cualquier rating de Pasión y Poder, murmuró él, acariciando su espalda.
Elena sonrió, la cabeza en su pecho, escuchando el ritmo calmarse.
Los actores de la novela Pasión y Poder tenemos nuestra propia pasión, y qué chido que sea contigo. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas, testigos mudos de su entrega. Se levantaron envueltos en una sábana suave, rumbo a la regadera. El agua caliente caía en cascada, lavando el sudor pero no el recuerdo. Manos jabonosas explorando de nuevo, risas mezcladas con besos. En la cama king size, se acurrucaron, el aroma de sábanas frescas y cuerpos saciados envolviéndolos.
Al amanecer, Elena abrió los ojos al sol filtrándose por las cortinas. Arturo dormía plácido, el brazo sobre su cintura. Esto no fue solo un polvo, hay algo más, pensó ella, besando su hombro. Se imaginaron futuros rodajes con miradas cómplices, toques robados en el set. La pasión de la novela se había vuelto real, ardiente, suya. Y qué mejor que eso para dos actores que vivían de fingir emociones.