Pasion Prohibida Capitulo 45 La Llama Insaciable
La noche en la casa de la colonia Roma estaba cargada de ese calor pegajoso que solo México City sabe regalarnos en pleno verano. Las luces tenues de las velas parpadeaban sobre las mesas llenas de botellas de tequila reposado y platos con guacamole fresco. Yo, Ana, de pie junto a la barra improvisada, sentía el pulso acelerado cada vez que Marco pasaba cerca. Él era el mejor amigo de mi esposo, ese cabrón que ahora charlaba animadamente con los demás invitados, ajeno a la tormenta que se cocía entre nosotros.
¿Cuántas veces hemos jugado con fuego? me pregunté, mientras sorbía un trago de mi margarita helada, el limón picante quemándome la lengua. Marco me lanzó una mirada fugaz, sus ojos oscuros como el chocolate amargo que tanto me gustaba, prometiendo todo lo que no debíamos. Nuestra pasión prohibida, como yo la llamaba en mis pensamientos más íntimos, ya iba por el capitulo 45 de encuentros robados, besos a escondidas y noches que me dejaban temblando de puro deseo.
El aire olía a jazmín del jardín y a sudor masculino mezclado con colonia cara. Mi vestido rojo ceñido se pegaba a mi piel húmeda, y cada roce accidental de su mano al pasar me erizaba la piel. "Órale, Ana, ¿todo bien?", me dijo mi esposo, dándome un beso en la mejilla distraído. Asentí, forzando una sonrisa, pero mi mente ya volaba con Marco hacia rincones prohibidos.
La fiesta avanzaba, la música de cumbia rebeldía retumbaba en los parlantes, haciendo vibrar el piso de madera. Bailé un rato con unas amigas, sintiendo cómo mis caderas se movían al ritmo, pero mis ojos lo buscaban a él. Ahí estaba, recargado en la pared, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro de su pecho.
"Ven conmigo", articuló sin sonido, señalando con la cabeza hacia el pasillo oscuro que llevaba al jardín trasero.
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Sabía que era una locura, que si nos cachaban todo se iría al carajo, pero el deseo me picaba como chile habanero en la boca del estómago. Me excusé con un "voy por más hielo, wey" y me escabullí, el vestido rozando mis muslos con cada paso sigiloso.
El jardín era un oasis de sombras, iluminado solo por la luna llena que se colaba entre las ramas de los ficus. El olor a tierra mojada y flores nocturnas me envolvió cuando salí. Marco me esperaba junto a la alberca, su silueta recortada contra el agua que brillaba como espejo negro. Sin palabras, me jaló hacia él, sus manos grandes y callosas —de tanto trabajar en su taller de motos— apretándome la cintura.
"Te extrañé, mamacita", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente oliendo a tequila y a hombre. Sus labios rozaron mi piel, enviando chispas por mi espina dorsal. Gemí bajito, mis uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. Esto es lo que necesito, este fuego que solo él enciende.
Nos besamos como posesos, lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando el salado de su sudor y el dulce de mi labial de cereza. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome hasta que mis piernas se enredaron en su cintura. "Eres una chingona, Ana, me vuelves loco", gruñó, mordisqueando mi oreja. El sonido de la fiesta era un murmullo lejano, como si el mundo se hubiera reducido a nosotros dos.
Me bajó con cuidado, pero sin soltarme, y me empujó contra la pared de adobe fresco. El contraste del frío en mi espalda ardiente me hizo jadear. Desabotonó mi vestido con dedos temblorosos, exponiendo mis pechos al aire nocturno. Sus ojos se oscurecieron más al ver mis pezones endurecidos por el deseo. "Mírate, tan rica, tan mía esta noche", dijo, antes de lamer uno con la lengua plana, succionando hasta que arqueé la espalda, un gemido escapando de mi garganta.
Mi mano bajó a su pantalón, sintiendo la verga dura como piedra presionando contra la tela. La liberé con prisa, acariciándola con la palma, sintiendo las venas pulsantes bajo mi toque. "¡Ay, Marco, qué prieta la tienes!", susurré, riendo bajito con ese slang que nos unía en la intimidad. Él rio ronco, empujándome más contra la pared mientras sus dedos se colaban bajo mi tanga, encontrando mi concha ya empapada.
"Estás chorreando, preciosa. Todo por mí, ¿verdad?". Sus dedos se hundieron despacio, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido húmedo de mis jugos mezclados con sus movimientos era obsceno, pero excitante, como música prohibida. Me follaba con los dedos mientras su boca devoraba mi cuello, dejando marcas que tendría que esconder mañana. No me importa, que se note, que sepa que soy mujer deseada.
La tensión crecía como tormenta veraniega. Lo empujé al suelo, sobre el césped suave y húmedo que olía a hierba fresca. Me subí encima, frotando mi humedad contra su verga, torturándonos a los dos. "Entra en mí, cabrón, no aguanto más", le rogué, mi voz ronca de pura necesidad. Él obedeció, guiándome hacia abajo con manos en mis caderas. La sensación de él llenándome centímetro a centímetro fue explosiva: grueso, caliente, estirándome justo como necesitaba.
Cabalgaba despacio al principio, sintiendo cada roce de su pubis contra mi clítoris hinchado, el slap slap de piel contra piel uniéndose al coro de grillos y hojas susurrantes. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, tirando de ellos hasta que grité bajito. "¡Sí, así, chúpamelas!", exigí, inclinándome para que su boca las alcanzara. Lamía y mordía, el dolor placentero mezclándose con el placer profundo de su verga golpeando mi fondo.
El clímax se acercaba como tren de carga. Marco se incorporó, volteándome para ponerme a cuatro patas sobre el pasto. El aire fresco lamía mi culo expuesto mientras él embestía desde atrás, profundo y rápido. "¡Eres mi puta prohibida, Ana, solo mía!", gruñía, una mano en mi cadera, la otra en mi clítoris frotando círculos furiosos. Olía a sexo crudo, a nuestro sudor mezclado, a tierra removida. Mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo, hasta que exploté en un orgasmo que me dejó temblando, lágrimas de placer en los ojos.
"¡Me vengo, Marco, ay Dios!", chillé ahogado, el mundo explotando en colores. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que su propio rugido llenó la noche. Sentí su leche caliente inundándome, chorro tras chorro, mientras se derrumbaba sobre mi espalda, besuqueando mi hombro jadeante.
Nos quedamos así un rato, enredados en el césped, el corazón latiéndonos como poseso. El olor a semen y sudor nos envolvía como manta pecaminosa. Me giró para mirarme a los ojos, su mano acariciando mi mejilla. "Esto no puede parar, Ana. Nuestra pasión prohibida es lo único real en esta pinche vida". Asentí, besándolo suave, saboreando la sal de su piel.
Regresamos a la fiesta por separado, yo arreglando mi maquillaje en el baño, él fumando un cigarro en la entrada. Mi esposo ni se dio cuenta, perdido en una plática de fut. Pero dentro de mí, el fuego ardía más vivo que nunca. Capitulo 45 cerrado, pero el 46 ya late en mi sangre. Caminé con las piernas flojas, sintiendo su esencia resbalando por mis muslos, un secreto delicioso que me hacía sonreír pícara.
La noche terminó con abrazos y promesas de vernos pronto. En la cama junto a mi esposo dormido, reviví cada toque, cada gemido, sabiendo que esta llama insaciable nos consumiría felices.