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Pasion Chevrolet Ardiente

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Pasion Chevrolet Ardiente

Todo empezó con ese Chevrolet del 68 que encontré en un lote de autos clásicos en las afueras de Guadalajara. Lo vi ahí, rojo fuego, con esas curvas pronunciadas que me hicieron latear desde el primer vistazo. Lo compré sin pensarlo dos veces, como si el destino me lo hubiera puesto enfrente. Le puse nombre de una vez: Pasion Chevrolet. Porque neta, ese carro tenía algo que me encendía por dentro, un rugido ronco cuando lo encendí que me erizó la piel.

Llevé mi Pasion Chevrolet a un taller chido en Zapopan, recomendado por un carnal. Ahí estaba él, Marco, el mecánico. Alto, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa pícara que decía órale, güey, ¿qué traes? Sudaba bajo el sol tapatío mientras revisaba el motor, la playera pegada al pecho mostrando cada músculo. Olía a aceite y hombre, esa mezcla que te hace tragar saliva. Me quedé viendo cómo sus manos grandes y callosas tocaban las piezas, imaginando que eran mi piel.

¿Por qué carajos me pongo así con un mecánico? Neta, Mari, contrólate, pero ese wey me prende como nadie.
Le dije que quería que quedara impecable, que lo mimara como se merece. Él se rio, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. “Tranquila, jefa, este Chevy va a rugir como león. ¿Quieres que te dé un aventón pa’ probarlo?” Su voz grave me vibró en el estómago.

Pasaron los días. Yo iba al taller todos los días, pretextando checar el avance. Hablábamos de carros, de cumbia que sonaba en su radio vieja, de lo padre que era Guadalajara de noche. Él me contaba anécdotas de carreras clandestinas, yo le decía que mi Pasion Chevrolet era mi escape de la rutina de oficina. Cada vez que se agachaba a trabajar, sus jeans se tensaban en el culo firme, y yo sentía un calor subiendo por mis piernas. Un día, al pasarle una herramienta, nuestros dedos se rozaron. Electricidad pura. Nos miramos fijo, el aire cargado como antes de tormenta.

“¿Sabes qué, Mari? Este carro te queda perfecto. Te ves como dueña de la carretera.” Me guiñó el ojo, y yo sentí mis pezones endurecerse bajo la blusa. ¡Qué pendeja soy!, pero qué rico se siente. Le invité un chela fría al final del día. Nos sentamos en la batea de su troca, platicando, riendo. Su pierna rozó la mía, casual, pero no tanto. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja, y el olor a metal caliente se mezclaba con su colonia barata pero sexy.

Al día siguiente, el taller estaba vacío. Marco me llamó: “Ven, ya está listo tu Pasion Chevrolet. Vamos a darle una prueba en la carretera.” Subí al asiento de piel gastada, que crujió bajo mi falda corta. Él al volante, el motor arrancó con un bramido que me hizo vibrar los huesos. Aceleramos por la autopista hacia Chapala, el viento azotando mi pelo, mi falda subiendo por los muslos. “¡Siente eso, güeyita! ¡Pura pasión!” gritó sobre el rugido.

Paramos en un mirador desierto, con vista al lago brillando bajo la luna. El Chevy aún caliente, emanando ese aroma a gasolina y goma quemada. Bajamos, y él se acercó demasiado. “Mari, desde que te vi, no dejo de pensar en ti.” Su aliento cálido en mi cuello, manos en mi cintura. Yo no dije nada, solo lo jalé por la playera y lo besé. Sus labios ásperos, sabor a tabaco y chela, lengua invadiendo mi boca con hambre. Gemí bajito, presionando mi cuerpo contra el suyo, sintiendo su verga dura contra mi vientre.

La tensión explotaba como el motor de mi Pasion Chevrolet. Me levantó sobre el capó aún tibio, el metal quemándome las nalgas a través de las panties. Sus manos expertas subieron mi falda, arrancando la tela con un riiiip que me mojó al instante. “Estás cañón, Mari. Neta, me tienes loco.” Mordisqueó mi cuello, bajando a mis tetas, liberándolas de la blusa. Chupó un pezón, duro y sensible, mientras sus dedos encontraban mi clítoris hinchado, frotando en círculos lentos. Olía a mi propia excitación, dulce y salada, mezclada con el sudor de él.

Me abrí de piernas sobre el Chevy, invitándolo. “Cógeme, Marco. Hazme tuya aquí mismo.” Él gruñó, bajándose los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La frotó contra mis labios vaginales, untándome, antes de empujar despacio. ¡Ay, cabrón!, qué llena me hace sentir. Entró centímetro a centímetro, estirándome delicioso, hasta el fondo. El capó se mecía con cada embestida, el lago de fondo testigo mudo.

Sus caderas chocaban contra las mías, plaf plaf, ritmo como pistones. Yo clavaba uñas en su espalda, jadeando, el viento fresco en mi piel desnuda contrastando el fuego interno. “¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo!” Él obedeció, acelerando, una mano en mi garganta suave, posesiva, la otra pellizcando mi clítoris. Sentía cada vena de su pija pulsando dentro, rozando mi punto G, oleadas de placer subiendo desde el estómago.

Esto es mejor que cualquier carrera. Mi Pasion Chevrolet nos vio nacer de nuevo.
Cambiamos: me volteó, de espaldas contra el parabrisas. Entró por atrás, profundo, sus bolas golpeando mi culo. Agarró mis caderas, follándome como animal, pero con ojos que decían cariño. Yo me tocaba el clítoris, círculos rápidos, el orgasmo construyéndose como tormenta. “¡Me vengo, Marco! ¡No pares!” Exploté, contrayéndome alrededor de él, chorros calientes mojando el capó. Él rugió, hundiéndose una última vez, llenándome de semen caliente, espeso, que goteaba por mis muslos.

Nos quedamos ahí, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El Chevy olía a sexo ahora, a nosotros. Me besó la sien, suave. “Eres increíble, Mari. Esto no termina aquí.” Yo sonreí, piernas temblando, el lago susurrando paz. Subimos al carro, él manejando despacio de regreso, mi cabeza en su hombro, mano en su muslo.

Al llegar al taller, apagamos el motor. Mi Pasion Chevrolet ya no era solo un carro; era testigo de nuestra fogata. “¿Vienes mañana? Hay más que arreglar,” dijo con guiño. “Neta, wey, no me lo pierdo.” Esa noche, en mi cama, reviví cada toque, cada gemido, sabiendo que la pasión apenas arrancaba motores.

Desde entonces, cada paseo en mi Pasion Chevrolet trae recuerdos que me humedecen. Marco y yo, inseparables, explorando carreteras y cuerpos. Qué chingón es encontrar pasión donde menos lo esperas.

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