Pasión Prohibida Capítulo 37 Parte 2
La habitación del hotel en el corazón de Guadalajara olía a sábanas frescas y a ese perfume de vainilla que siempre usaba para estas noches. Me recargué en la cabecera de la cama king size, con el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta de quince. Era Pasión Prohibida, Capítulo 37, Parte 2, como si nuestra historia fuera una novela de esas que enganchan en las redes, llena de secretos y fuego que quema por dentro. Yo, Sofia, de 32 años, casada con un tipo que pasaba más tiempo en aviones que en nuestra cama, y él, Mateo, el carnal de mi mejor amiga desde la prepa. Prohibido hasta el hueso, porque si mi carnala se enteraba, nos armaba el desmadre del siglo. Pero neta, el deseo nos tenía atrapados, como si el diablo mismo nos hubiera echado un mal de ojo ardiente.
El sonido de la llave electrónica en la puerta me erizó la piel. Entró Mateo, alto, moreno, con esa playera negra ajustada que marcaba sus pectorales chingones y unos jeans que le quedaban como guante. Sus ojos cafés me barrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi baby doll rojo que apenas tapaba mis curvas. "Órale, Sofi, estás para comerte viva", murmuró con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta. Cerró la puerta con el pie y se acercó, oliendo a colonia cara mezclada con el sudor fresco de la calle tapatía.
Me levanté despacio, sintiendo el roce sedoso de la tela contra mis pezones ya duros. "Ven, wey, no mames, te extrañé un chorro", le dije, tirándome a sus brazos. Sus manos grandes me agarraron la cintura, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa y caliente a través de la tela. Nuestros labios se chocaron en un beso hambriento, lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a menta y a tequila de la botana que se había echado antes, un sabor que me hacía salivar más.
Nos separamos un segundo, jadeando. "¿Y tu vieja?", pregunté, aunque sabía la respuesta. Él sonrió picoso, ese hoyuelo en la mejilla que me derretía. "En su peda con las amigas, ni en cuenta. Esto es nuestro, Sofi, pura pasión prohibida". Me cargó como si no pesara nada y me aventó a la cama, riéndonos como pendejos enamorados. Se quitó la playera de un jalón, revelando su torso tatuado con un águila mexicana que brillaba bajo la luz ámbar. Toqué su piel caliente, suave pero firme, oliendo a hombre puro, a ese aroma almizclado que me volvía loca.
Ahí empezó el verdadero desmadre. Me hincó entre las piernas, besando mi cuello, mordisqueando suave hasta que gemí bajito. "Te voy a hacer mía despacito, para que lo sientas todo", susurró, bajando la boca por mi escote. Sus labios rodearon un pezón, chupándolo con hambre, la lengua girando como remolino. Sentí un cosquilleo eléctrico bajando hasta mi entrepierna, donde ya estaba empapada. El sonido de su succión húmeda llenaba la habitación, mezclado con mis suspiros ahogados. "¡Ay, Mateo, qué rico, no pares!"
Esto está mal, Sofi, es tu carnala... pero chingado, se siente tan bien. Su lengua es fuego, me quema viva.
Deslizó las manos por mis muslos, abriéndolos con ternura posesiva. El baby doll subió hasta mi ombligo, y él se hundió más, besando mi vientre tembloroso. Olía mi excitación, ese olor dulce y salado que lo volvía animal. "Hueles a pecado, preciosa", gruñó, lamiendo la cara interna de mis muslos. Mi clítoris palpitaba, rogando atención. Cuando su lengua por fin rozó mi coño depilado, arqueé la espalda, clavando las uñas en las sábanas. Lamía despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi jugo como si fuera el mejor mezcal. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas contra su boca experta. Gemía contra mí, vibrando directo en mi centro.
Pero no quería correrme todavía. Lo jalé del pelo, poniéndolo de pie. "Quítate todo, cabrón, quiero verte completo". Se bajó los jeans, y su verga saltó libre, venosa, cabezona, goteando pre-semen. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. La masturbé lento, viendo cómo se ponía más morada de excitación. Él jadeaba, "Sí, así, mamasota, hazme sufrir". Me metí la punta en la boca, saboreando su salado único, lamiendo el tronco como paleta. El sonido de mi succión lo enloquecía, sus manos en mi cabeza guiándome sin forzar.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordiendo suave mis nalgas redondas. "Estas nalgas son mías, Sofi", dijo, dándoles una nalgada juguetona que resonó en la habitación. El ardor dulce me hizo mojarme más. Se posicionó atrás, frotando su verga contra mi raja húmeda, untándola de mis jugos. "Dime que la quieres adentro", pidió, voz ronca de puro deseo.
"¡Sí, métemela ya, no mames!", supliqué, empujando contra él. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemí largo, sintiendo cada vena rozando mis paredes. Estaba tan llena, tan completa. Empezó a bombear suave, saliendo casi todo y metiendo profundo, el sonido de carne contra carne mojada llenando el aire. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, mandando chispas de placer. Sudábamos, pieles resbalosas pegándose, olor a sexo puro invadiendo todo.
Neta, esto es el paraíso prohibido. Su verga me parte en dos, pero lo amo. ¿Y si nos descubren? Que se jodan, vale cada embestida.
Aceleró, agarrándome las caderas, clavándome con fuerza. "¡Eres tan apretada, chingada madre!", rugía. Cambiamos: me puse encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo rebotando, sintiendo su punta golpear mi cervix. El sudor nos chorreaba, su pecho brillando, mis gemidos convirtiéndose en gritos. "¡Córrete conmigo, amor!", ordené, y él obedeció, hinchándose dentro, llenándome de su leche caliente mientras yo explotaba en orgasmos múltiples, el mundo volviéndose blanco, pulsos retumbando en oídos.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, besos suaves en la frente. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas. "Esto no para, Sofi. Nuestra pasión prohibida sigue, capítulo tras capítulo", murmuró. Sonreí contra su pecho, el corazón latiendo en paz por primera vez en semanas.
Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, escuchando el lejano bullicio de la calle, mariachis cantando rancheras a lo lejos. Sabía que mañana volvería a mi vida de esposa fingida, pero esta noche, en Pasión Prohibida Capítulo 37 Parte 2, éramos libres. El deseo prohibido nos unía más que cualquier cadena familiar, y eso, neta, valía todo el riesgo. Su piel contra la mía, cálida y posesiva, era mi hogar verdadero.