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Cañaveral de Pasiones Capitulo 31

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 31

El sol se hundía en el horizonte de Veracruz como una bola de fuego, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se filtraban entre las altas cañas del cañaveral. Julia caminaba con el corazón latiéndole a mil por hora, el aire cargado de ese olor dulce y terroso que solo las cañas maduras desprenden después de un día de calor agobiante. Sus sandalias se hundían ligeramente en la tierra húmeda, y cada paso crujía bajo sus pies, un sonido que le erizaba la piel de anticipación. Hacía semanas que no veía a Miguel, y el deseo la carcomía por dentro como una llama que no se apagaba.

¿Y si no viene? ¿Y si alguien nos descubre? pensó, mordiéndose el labio inferior mientras se adentraba más en el laberinto verde. Pero el riesgo solo avivaba el fuego en su vientre. Julia era una mujer de veintiocho años, dueña de su hacienda familiar, fuerte y decidida, pero en ese cañaveral se convertía en una fiera salvaje, lista para reclamar lo que era suyo.

De pronto, un susurro entre las hojas la hizo detenerse. "Aquí estás, mi reina." La voz grave de Miguel la envolvió como un abrazo cálido. Él emergió de entre las cañas, alto y moreno, con la camisa blanca pegada al torso sudado por el trabajo del día. Sus ojos negros brillaban con esa hambre que ella conocía tan bien. Sin decir más, la tomó por la cintura y la atrajo contra su pecho. El olor a hombre, a sudor limpio mezclado con la tierra, la invadió, haciendo que sus rodillas flaquearan.

¡Dios, cómo lo extrañé! Su piel contra la mía es como volver a casa.

Se besaron con urgencia, labios chocando, lenguas danzando en un ritmo frenético. Julia saboreó el salado de su boca, el leve toque de tabaco que siempre llevaba. Sus manos exploraban, ella deslizándolas bajo su camisa para sentir los músculos duros de su abdomen, él apretando sus nalgas con firmeza posesiva. "Te volví loca, ¿verdad, preciosa?" murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja.

"Más que loca, cabrón. Me tienes chingada de ganas." Respondió ella con esa voz ronca que solo usaba con él, empujándolo contra un tallo grueso de caña. El viento susurraba a su alrededor, las hojas rozando sus cuerpos como caricias fantasmales. Se quitaron la ropa con prisa, camisas volando, pantalones cayendo al suelo húmedo. Desnudos bajo el crepúsculo, sus pieles se encontraron, calientes y resbaladizas por el sudor.

Julia lo miró de arriba abajo, admirando su verga erecta, gruesa y palpitante, lista para ella. Es mía, solo mía, pensó con un orgullo feroz. Se arrodilló despacio, el suelo fresco contra sus rodillas, y lo tomó en su mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado que la volvía loca. Miguel gruñó, enredando los dedos en su cabello negro suelto. "Órale, qué rica boca tienes, Julia. No pares."

Pero ella quería más. Se levantó y lo empujó al suelo, montándose a horcajadas sobre él. El roce de su humedad contra su dureza la hizo jadear. "Hoy mando yo, amor. Tú solo disfruta." Se hundió en él lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba por completo, estirándola en ese delicioso ardor. El cañaveral parecía cerrarse a su alrededor, un mundo privado de pasiones desatadas.

Empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, como si quisieran saborear cada segundo. Julia cabalgaba con gracia, sus pechos rebotando, pezones duros rozando el pecho de él. El sonido de sus pieles chocando se mezclaba con los susurros del viento y los gemidos ahogados. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre ellos, lubricando cada embestida. Miguel la sujetaba por las caderas, guiándola, sus dedos hundiéndose en la carne suave. Siento su calor dentro de mí, latiendo como mi corazón. Esto es puro fuego, reflexionaba ella mientras aceleraba, persiguiendo el clímax.

Pero no era solo físico. Entre jadeos, recordaban sus encuentros pasados. "Recuerdas la primera vez aquí, en este mismo cañaveral de pasiones?" dijo él, incorporándose para chupar un pezón, enviando chispas de placer directo a su centro. "Capítulo uno de nuestra historia, ¿no?" Julia rio bajito, un sonido gutural y sexy. "Y mira nomás, ya vamos por el capítulo 31. Cada vez mejor, ¿verdad, mi chulo?"

El deseo escalaba. Miguel la volteó con facilidad, poniéndola de rodillas sobre la tierra mullida. El olor de las cañas machacadas subía fuerte, embriagador. Entró en ella desde atrás, profundo y posesivo, una mano en su clítoris frotando en círculos precisos. Julia arqueó la espalda, gimiendo alto, sin importarle si alguien oía. "¡Más fuerte, Miguel! ¡Dame todo!" El placer la atravesaba como rayos, cada roce enviando ondas de éxtasis. Sentía sus bolas golpeando contra ella, el sudor resbalando por su espalda, el calor de su aliento en la nuca.

Es como si el cañaveral entero nos estuviera viendo, aplaudiendo nuestro amor prohibido. Pero qué chido se siente ser libre aquí.

La tensión crecía, coiling como una serpiente lista para atacar. Julia apretó los músculos internos alrededor de él, oyendo su gruñido animal. "Me vas a hacer venir, reina. Juntos, ¿sí?" Ella asintió, perdida en la vorágine, el mundo reduciéndose a sus cuerpos unidos. El orgasmo la golpeó primero, un estallido cegador que la hizo gritar, temblores sacudiéndola de pies a cabeza. Miguel la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un rugido gutural, su semilla caliente llenándola hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, exhaustos y satisfechos, envueltos en el abrazo del cañaveral. El aire nocturno refrescaba sus pieles febriles, y el cielo ahora estrellado los cubría como una manta. Julia apoyó la cabeza en su pecho, escuchando los latidos que se calmaban poco a poco. Él le acariciaba el cabello, besándole la frente.

"Eres lo mejor que me ha pasado, Julia. Este cañaveral de pasiones es testigo de nuestro amor." Ella sonrió, trazando círculos en su piel con la uña. "Y seguiremos escribiendo capítulos, mi rey. Nadie nos va a parar."

Se quedaron así un rato, en afterglow perfecto, compartiendo besos suaves y risas quedas. El aroma de sexo y cañas impregnaba el aire, un perfume íntimo que sellaba su unión. Cuando por fin se vistieron, con promesas de más noches así, Julia sintió una paz profunda. Caminaron de la mano hasta la salida del laberinto verde, listos para enfrentar el mundo, pero sabiendo que su pasión era inquebrantable.

En su mente, mientras las estrellas titilaban arriba, repasó cada sensación: el tacto áspero de las cañas, el sabor de su piel, el sonido de sus placeres compartidos. Capítulo 31 completado. ¿Qué nos depara el próximo? El futuro ardía con posibilidades, tan dulce como el jugo de las cañas que los rodeaba.

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