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Cafe Mexicano La Pasion De Ser Precio En La Piel

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Cafe Mexicano La Pasion De Ser Precio En La Piel

Entré al Café Mexicano en el corazón de la Roma, con ese aroma intenso a granos tostados que me envolvía como un abrazo caliente. El lugar era un rincón chido, con mesas de madera oscura, paredes llenas de arte callejero y una luz tenue que jugaba con las sombras. Afuera, el bullicio de la ciudad contrastaba con la calma adentro, pero yo sentía un cosquilleo en la piel, como si el aire supiera que algo iba a pasar. Me senté en la barra, pidiendo un café de olla bien cargado, y ahí lo vi: el barista, un moreno alto con ojos que brillaban como obsidiana y una sonrisa pícara que prometía más que un simple trago.

Órale, este wey está cañón, pensé mientras lo observaba preparar mi orden. Sus manos fuertes molían los granos con precisión, y de pronto leí en la pizarra especial del día: "La Pasion De Ser Precio", un blend exclusivo que decía evocar la pasión ardiente del café mexicano al precio justo, pero en mi mente retorcida sonaba a algo mucho más carnal, como el placer de valer cada centavo en la cama. Él se acercó, deslizando la taza humeante frente a mí.

—Aquí tienes, preciosa. La pasión de ser precio, como lo llamamos. Te va a prender el alma —dijo con voz grave, su aliento rozando mi oreja.

Me reí bajito, sintiendo el calor subir por mi cuello. —Suena tentador, ¿no? ¿Y qué tan preciso es ese precio?

Él guiñó un ojo, apoyando los codos en la barra para acercarse más. Se llamaba Marco, me dijo, y llevaba tres años sirviendo en ese café, perfeccionando cada sorbo hasta que fuera inolvidable. Charlamos mientras yo bebía; el café era puro fuego en la lengua, dulce con canela y piloncillo, quemando justo lo necesario. Sus ojos recorrían mi escote sutilmente, y yo no me quedaba atrás, imaginando esas manos en mi cintura.

La tensión crecía con cada risa compartida. Hablamos de la vida en la CDMX, de cómo el café era como el amor: intenso, negro, con un toque dulce que te deja queriendo más.

¿Y si este wey es el precio perfecto que he estado pagando con miradas toda la tarde?
Mi pulso se aceleraba, el sonido de la máquina de espresso zumbando como mi corazón. Olía a él ahora, a jabón fresco mezclado con café, y el roce accidental de su brazo contra el mío mandaba chispas por mi espina.

El café se acabó, pero la charla no. —Ven, te muestro la trastienda —me propuso, con esa voz que no admite un no—. Ahí preparamos los blends especiales.

Lo seguí, el corazón latiéndome en la garganta. La puerta se cerró detrás de nosotros, y el espacio era pequeño, cálido, con sacos de granos apilados y el vapor de una cafetera antigua llenando el aire. Marco se giró, y de repente sus labios estaban en los míos, un beso que sabía a café y deseo puro. Mis manos subieron a su nuca, tirando de su cabello corto mientras nuestras lenguas se enredaban, explorando con hambre contenida.

—Neta, desde que entraste me traes loco —murmuró contra mi boca, sus manos bajando por mi espalda, apretando mi culo con firmeza—. Eres como este café: adictiva.

Yo gemí bajito, presionándome contra él, sintiendo su dureza crecer bajo los jeans. —Pues pruébame, wey. Hazme sentir la pasión de ser precio en tu piel.

La escalada fue lenta, deliciosa. Me levantó sobre una mesa de trabajo, apartando tazas con un barrido juguetón. Sus dedos desabotonaron mi blusa con maestría, exponiendo mis tetas al aire tibio. Las besó, lamió, mordisqueó los pezones hasta que se pusieron duros como piedras, mientras yo arqueaba la espalda, el olor a café molido intensificándose con mi aroma de excitación. Chingado, qué rico se siente esto, pensé, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, palpitante, que saltó ansiosa. La tomé en la mano, acariciándola despacio, sintiendo las venas pulsar bajo mi palma. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris. Me quitó la falda y las tangas de un jalón, sus dedos encontrando mi humedad al instante.

—Estás chorreando, mamacita —dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas—. ¿Quieres que te coja ya?

—Sí, pendejo, no me hagas esperar —jadeé, guiándolo hacia mi entrada.

Entró de un empujón suave pero profundo, llenándome hasta el fondo. El roce era eléctrico, su piel caliente contra la mía, sudor perlando nuestros cuerpos. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mis paredes internas, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos y el goteo lejano de la cafetera. Aceleró, mis piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo para urgirlo más hondo.

El clímax se acercaba como una ola, mis músculos contrayéndose alrededor de él, el placer subiendo en espiral. Olía a sexo y café, probaba su sudor salado en el cuello, oía su respiración entrecortada susurrando guarradas al oído: "Córrete para mí, preciosa, déjame sentirte explotar". Y exploté, un orgasmo que me sacudió entera, gritando su nombre mientras él seguía bombeando, prolongando mi éxtasis con roces precisos.

No tardó en seguirme. Se tensó, gruñendo como fiera, y se vació dentro de mí con chorros calientes que me hicieron temblar de nuevo. Nos quedamos pegados, jadeando, su frente contra la mía, el mundo reducido a ese cuartito perfumado.

Después, el afterglow fue puro terciopelo. Me bajó con cuidado, besándome la frente, las mejillas, los labios hinchados. Nos vestimos entre risas, compartiendo un último sorbo de café frío de una taza olvidada. —Esto fue la pasión de ser precio total —dije, guiñándole—. Barato y delicioso.

Él rio, abrazándome por la cintura mientras salíamos. Afuera, la noche de la Roma nos recibió con luces neón y música lejana, pero yo me sentía plena, el cuerpo zumbando con recuerdos táctiles: su peso sobre mí, el pulso compartido, el sabor eterno del café mexicano en la boca.

Valió cada centavo, cada mirada, cada segundo en ese café
. Y supe que volvería, no por el blend especial, sino por él, por esa pasión que no tiene precio verdadero.

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