Abismo de Pasion Capitulo1
La noche en Polanco estaba viva, con ese pulso eléctrico que solo la Ciudad de México sabe dar. Las luces de los restaurantes y bares parpadeaban como estrellas caídas, y el aire traía el olor a mezcal ahumado mezclado con el perfume dulce de las flores de bugambilia que adornaban las fachadas. Yo, Valeria, había salido con mis amigas para desquitarme del pinche estrés del trabajo, pero neta, lo que menos esperaba era caer en un abismo de pasión que me iba a cambiar la noche.
Entramos al rooftop de un hotel chido, uno de esos lugares donde la crema y nata se junta a fingir que no sudan bajo el calor húmedo. La música reggaetón retumbaba suave, con bajos que vibraban en el pecho. Pedí un tequila reposado con limón y sal, y mientras lo saboreaba, sentí unos ojos clavados en mí. Giré la cabeza y ahí estaba él: alto, moreno, con una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Se llamaba Diego, carnal de un amigo de mi cuate, y su camisa negra ajustada marcaba unos brazos que gritaban gym tres veces por semana.
¿Qué chingados? Este vato me está viendo como si ya me hubiera quitado la ropa, pensé, mientras un cosquilleo subía por mi espina. Me acerqué, coqueta, con el vaso en la mano. "Qué onda, ¿vienes seguido por acá?", le dije, y él se rio, esa risa grave que hace que se te erice la piel.
"Solo cuando hay algo que valga la pena", respondió, sus ojos bajando un segundo a mis labios. Hablamos de tonterías: del tráfico infernal de Reforma, de cómo el pozole de su abuela era el mejor del mundo, de sueños locos que uno cuenta con unas copas encima. Pero debajo de las palabras, había una corriente, un abismo de pasión capitulo1 abriéndose paso, como si el destino nos hubiera puesto ahí para joder con nuestras rutinas.
La tensión creció cuando la pista se llenó. Me jaló a bailar, su mano en mi cintura firme pero suave, guiándome al ritmo. Sentí el calor de su cuerpo pegado al mío, el roce de su cadera contra la mía. El sudor empezaba a perlar su cuello, y yo inhalé su colonia, una mezcla de madera y cítricos que me mareaba más que el tequila. Más cerca, pensé, presionándome contra él. Sus manos bajaron un poco, rozando la curva de mis nalgas, y yo no me aparté. Al contrario, arqueé la espalda, dejando que su aliento caliente me rozara la oreja.
"Estás buenísima, Valeria", murmuró, su voz ronca compitiendo con el dembow. Le mordí el lóbulo de la oreja en respuesta, y sentí cómo se ponía duro contra mí. El deseo era un fuego lento, quemando desde el estómago hasta las puntas de los dedos. Bajamos del rooftop a un pasillo más privado, cerca de los elevadores. Ahí, contra la pared fresca de mármol, nos besamos por primera vez. Sus labios eran suaves pero exigentes, sabían a ron y a promesas. Mi lengua jugó con la suya, explorando, mientras sus manos subían por mis muslos bajo el vestido corto que traía puesto.
El beso se volvió feroz, dientes chocando, gemidos ahogados. Sentí mis pezones endurecerse contra el encaje del bra, y un calor húmedo crecer entre mis piernas.
Esto es lo que necesitaba, un vato que me prenda sin tanto pedo. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y subimos al elevador. Adentro, solos, se arrodilló y besó mi ombligo expuesto, bajando más, hasta que su lengua rozó el borde de mis panties. "Diego... no manches", jadeé, pero mis manos lo empujaban más adentro.
Llegamos a su suite en el piso 20, una habitación con vista al skyline brillante de la ciudad. La puerta se cerró con un clic que sonó a liberación. Me quitó el vestido de un tirón, admirando mis curvas con ojos hambrientos. "Eres un pinche sueño", dijo, y yo lo desvestí, arañando su pecho tatuado con un águila estilizada. Su piel era caliente, salada al gusto, y su verga ya dura saltó libre cuando le bajé los bóxers. La tomé en la mano, gruesa y palpitante, y él gruñó, un sonido animal que me mojó más.
Nos tiramos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra nuestra piel febril. Él besó cada centímetro de mí: el cuello, dejando chupetones rojos; los senos, chupando pezones hasta que dolían de placer; el vientre, lamiendo el sudor. Bajó entre mis piernas, separándolas con manos fuertes. Su lengua en mi clítoris fue un rayo, círculos lentos al principio, luego rápidos, succionando como si quisiera devorarme. Gemí alto, "¡Ay, cabrón, sí!", mis caderas moviéndose solas, el olor a sexo llenando la habitación, almizclado y dulce.
Lo volteé, queriendo mi turno. Lo monté a horcajadas, lamiendo su pecho, bajando hasta su polla. La metí en la boca, saboreando el precum salado, chupando con hambre mientras él me jalaba el pelo suave. "Valeria, me vas a matar", jadeó, su voz quebrada. Lo cabalgué entonces, guiándolo dentro de mí. Estaba tan mojada que entró de una, llenándome hasta el fondo. El estirón era perfecto, dolor y placer mezclados. Empecé a moverme, lento al inicio, sintiendo cada vena, cada pulso.
El ritmo subió, él embistiéndome desde abajo, manos en mis tetas, pellizcando. Sudábamos como locos, piel resbalosa chocando con palmadas húmedas. El sonido era obsceno: plaf plaf, gemidos, la cama crujiendo. Olía a nosotros, a deseo puro mexicano, intenso y sin filtros.
Este es mi abismo, y no quiero salir. Cambiamos posiciones: él atrás, doggy style, jalándome el pelo mientras me daba duro, su vientre chocando mis nalgas. Alcancé el orgasmo primero, un estallido que me dejó temblando, contracciones apretándolo. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, caliente y abundante, colapsando sobre mí.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose. El aire acondicionado zumbaba suave, trayendo el fresco a nuestra piel ardiente. Besó mi hombro, suave ahora. "Eso fue chido, ¿verdad?", murmuró, y yo reí, girándome para mirarlo a los ojos.
"Más que chido, carnal. Capítulo uno de algo grande". Él sonrió, y supe que esto no acababa aquí. La ciudad seguía brillando afuera, testigo de nuestro abismo de pasión, pero por ahora, en sus brazos, todo era paz y promesas. Me dormí oliendo a él, saboreando el afterglow que me dejaba lista para más.