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Pasiones Desenfrenadas del Elenco de Pasion de Gavilanes

7016 palabras

Pasiones Desenfrenadas del Elenco de Pasion de Gavilanes

La noche en la villa de las afueras de la Ciudad de México estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel brille bajo las luces tenues de las guirnaldas. Tú, como parte del elenco de Pasion de Gavilanes, habías llegado a esta fiesta de reencuentro con el corazón latiendo a mil. Habían pasado años desde las grabaciones en esa hacienda colombiana que todos fingían era el paraíso, pero las chispas entre tú y Javier, el galán que interpretaba al hermano mayor de los Reyes, nunca se apagaron del todo. El aire olía a jazmín mezclado con el humo de las parrillas y el tequila reposado que circulaba en vasos helados.

Te veías increíble en ese vestido rojo ceñido que acentuaba tus curvas, el mismo que usaste en una escena de celos que dejó a medio mundo suspirando. Caminabas entre los güeyes del elenco, riendo con anécdotas de esos días locos. Órale, qué chido volver a verlos a todos, pensabas, pero tus ojos buscaban solo a uno. Y ahí estaba él, Javier, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno y musculoso que tanto habías tocado en tomas falsas que se extendían "por accidente". Su risa grave retumbaba como un trueno lejano, y cuando sus miradas se cruzaron, sentiste un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a tus muslos.

—¡Ey, reina! ¿Ya te olvidaste de tu compadre? —te dijo acercándose con esa sonrisa pícara, su voz ronca oliendo a ron y a hombre hecho y derecho.

Te abrazó fuerte, su cuerpo duro presionando contra el tuyo por un segundo más de lo necesario. El calor de su piel traspasaba la tela, y aspiraste su colonia amaderada mezclada con el sudor fresco de la noche.

¡No mames, Javier, me traes de vuelco otra vez!
Respondiste con un guiño:

—¿Olvidarme? Tú eres el que andaba de galán con todas en el set, pendejo.

Se rieron, pero el aire entre ustedes se espesó como miel caliente. Bailaron al ritmo de unos corridos tumbados que sonaban desde los altavoces, sus caderas rozándose en cada giro. Sus manos en tu cintura te quemaban, bajando apenas hasta la curva de tus nalgas. El mundo del elenco desapareció; solo existían sus ojos oscuros devorándote y el pulso acelerado que sentías en su cuello cuando lo besaste en la mejilla, fingiendo inocencia.

La tensión crecía con cada trago de tequila que compartían. Javier te susurraba al oído:

—Recuerdas esa escena en el río, cuando te cargué? Ahí ya quería comerte entera, pero el director no soltaba la cámara.

Sentiste su aliento caliente en tu oreja, erizando tu piel. Tus pezones se endurecieron bajo el vestido, y un calor húmedo se acumulaba entre tus piernas.

Si no me lo cargo ya, voy a explotar
. Lo jalaste de la mano hacia el jardín iluminado por antorchas, lejos de las risas del elenco.

Allá, bajo un sauce frondoso, el olor a tierra mojada y flores nocturnas los envolvió. Javier te acorraló contra el tronco rugoso, sus labios capturando los tuyos en un beso feroz. Sabían a tequila y a deseo reprimido, su lengua invadiendo tu boca con urgencia. Gemiste contra él, tus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. Sus manos subieron por tus muslos, levantando el vestido hasta encontrar tus bragas empapadas.

—Estás chorreando, mi amor —murmuró, su voz temblorosa de excitación—. ¿Quieres que te haga mía aquí mismo?

—Sí, Javier, no pares —suplicaste, arqueando la espalda.

Pero el jardín no era suficiente. Te cargó como en las escenas, riendo bajito mientras subían las escaleras de piedra hacia las habitaciones de huéspedes. El eco de sus pasos resonaba, y cada roce de su erección contra tu vientre te hacía jadear. Entraron a una alcoba con cama king size, sábanas de satén blanco y velas parpadeantes que olían a vainilla y pasión.

Acto dos: la escalada fue lenta y deliciosa. Javier te recostó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa despacio, revelando ese torso esculpido por horas de gimnasio y recuerdos de juventud. Tú te incorporaste, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el botón de sus pantalones. El bulto era impresionante, palpitante bajo la tela. Lo liberaste, y su verga saltó dura y gruesa, venosa, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomabas en tu mano, sintiendo su calor y grosor, el pulso acelerado como un tambor.

—Chúpamela, reina, como en mis sueños —gruñó.

Te arrodillaste, el suelo fresco contra tus rodillas, y lo engulliste. Su sabor almizclado te inundó la boca, salado y adictivo. Gemía tu nombre, enredando los dedos en tu cabello, follando tu boca con cuidado pero firme.

¡Qué rica boca tienes, carajo!
Tus jugos corrían por tus muslos; te tocabas la panocha hinchada, los labios mayores abiertos y sensibles.

Él te levantó, arrancándote el vestido. Tus tetas saltaron libres, pezones oscuros y erectos. Javier los chupó con hambre, mordisqueando hasta que gritaste de placer. Sus dedos encontraron tu clítoris, frotándolo en círculos mientras dos hilos entraban en tu coño empapado, curvándose para tocar ese punto que te volvía loca. El sonido de tus jugos era obsceno, chapoteante, mezclado con tus gemidos y su respiración agitada.

—Te voy a follar hasta que no puedas caminar, mi gavilana —prometió, posicionándose.

Entró de un empujón lento, estirándote deliciosamente. Sentiste cada centímetro, el roce de su verga contra tus paredes internas, llenándote por completo. Empezaron un ritmo pausado, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando tu culo. Aceleraron, la cama crujiendo, sudor perlando sus cuerpos. El olor a sexo crudo, almizcle y feromonas, te embriagaba. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgándolo con furia, tus tetas rebotando, sus manos amasando tu culo.

¡Más profundo, Javier, dame todo!

Él te volteó a cuatro patas, embistiéndote desde atrás, una mano en tu clítoris, la otra jalando tu cabello. El placer subía en oleadas, tu vientre contrayéndose. Gritaste su nombre cuando el orgasmo te partió en dos, tu coño apretándolo como un puño, chorros calientes mojando las sábanas. Javier rugió, hinchándose dentro de ti antes de correrse, chorros calientes pintando tus paredes internas. Colapsaron juntos, jadeantes, su peso reconfortante sobre ti.

En el afterglow, la habitación olía a sexo satisfecho y paz. Javier te besó la frente, su verga aún semidura dentro de ti.

—Esto no termina aquí, parte del elenco o no. Eres mía para siempre.

Tú sonreíste, trazando su espalda con las uñas.

En el elenco de Pasion de Gavilanes, las pasiones reales superan cualquier guion
. Afuera, la fiesta seguía, pero su mundo era perfecto en esa cama revuelta, con promesas de más noches desenfrenadas.

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