Pasion Prohibida Capitulo 8 El Susurro Ardiente
La noche en la casa de mis suegros estaba cargada de ese calor pegajoso de Guadalajara en verano, con el aire oliendo a jazmín y a carne asada que todavía humeaba en el patio. Yo, Ana, me movía entre la familia como si nada, sirviendo refrescos y riéndome de las chistes pendejos de mi cuñado Marco. Carlos, mi marido, estaba de viaje en Monterrey por negocios, y neta que eso me ponía nerviosa. Porque cada vez que Marco me rozaba el brazo al pasar, sentía un cosquilleo que me subía por la espalda como electricidad.
Esta es mi pasión prohibida, capítulo 8 de un secreto que me quema por dentro, pensé mientras lo veía recargado en la puerta de la cocina, con esa camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Sus ojos cafés me devoraban sin disimulo, y yo fingía no notarlo, pero mi cuerpo ya traicionaba, con las nalgas apretándose bajo el vestido ligero de algodón que se pegaba a mi piel sudada.
La cena familiar terminó tarde, con tíos contando anécdotas de la infancia de Carlos y Marco. Yo asentía, pero mi mente volaba a esas noches robadas en moteles de la carretera a Chapala, donde Marco me había hecho suya por primera vez hace meses. Neta, wey, no puedo más con esta tensión, me dije, sintiendo el pulso acelerado en el cuello. Cuando todos se despidieron y mi suegra apagó las luces del comedor, Marco me guiñó un ojo desde el pasillo oscuro.
Subí las escaleras hacia la recámara de huéspedes, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. El pasillo olía a madera vieja y a su colonia, esa que me volvía loca, con notas de sándalo y algo salvaje. Oí sus pasos detrás de mí, suaves pero decididos. Antes de que pudiera abrir la puerta, su mano me tapó la boca desde atrás, cálida y firme, y su aliento caliente me rozó la oreja.
"Shh, mamacita, no hagas ruido o nos cachan", susurró, y su voz ronca me erizó la piel.
Me giré despacio, presionando mi espalda contra la puerta. Nuestros cuerpos se pegaron al instante, su pecho duro contra mis tetas que ya se endurecían bajo el brasier. Lo miré a los ojos, esos pozos de deseo prohibido, y murmuré:
"Marco, esto está cañón... si Carlos se entera..."
Él sonrió de lado, esa sonrisa chingona que me deshacía, y me besó con hambre, su lengua invadiendo mi boca como un reclamo. Sabía a tequila y a menta, y yo gemí bajito, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto. Sus manos bajaron por mi cintura, apretando mis caderas, y sentí su verga ya dura contra mi vientre, palpitando a través de la tela.
Entramos a la recámara a trompicones, cerrando la puerta con llave. La luz de la luna se colaba por la ventana, bañándonos en plata, y el aire estaba denso con nuestro olor a excitación incipiente. Me quitó el vestido de un jalón, dejando al aire mi piel morena y mis curvas que él tanto adoraba. Sus ojos me recorren como si fuera su territorio, pensé, mientras él se arrodillaba y besaba mi ombligo, bajando lento hasta el encaje de mis calzones.
"Estás mojada ya, ¿verdad, Ana? Por mí", dijo con voz grave, oliendo mi aroma almizclado mientras lamía la tela húmeda. Yo arqueé la espalda, gimiendo suave, el sonido ahogado contra mi puño. Sus dedos se colaron adentro, rozando mi clítoris hinchado, y sentí chispas de placer que me subían por las piernas. ¡Qué rico se siente su toque, cabrón!
Lo jalé del pelo para que se pusiera de pie y le arranqué la camisa, arañando su pecho velludo con las uñas pintadas de rojo. Sus pezones duros bajo mi lengua sabían a sal de sudor, y él gruñó, apretándome las nalgas con fuerza. Nos caímos en la cama king size, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Yo me monté encima, frotando mi coño empapado contra su paquete, sintiendo cada vena de su verga endureciéndose más.
La tensión de meses explotaba ahí, en besos mordidos y jadeos entrecortados. Marco volteó el juego, poniéndome boca abajo, y me separó las piernas con rudeza juguetona. Su boca se hundió entre mis muslos, lamiendo mi humedad con lengua experta, chupando mi clítoris hasta que vi estrellas. ¡Ay, Dios, su lengua es fuego líquido! Oí mis propios gemidos, ahogados en la almohada, el sabor de mi propia excitación en sus labios cuando me besó después.
"Te quiero adentro, ya, pendejo", le rogué, clavándole las uñas en la espalda. Él se quitó los jeans de un movimiento, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un cañón. La frotó contra mi entrada, untándola en mis jugos, y empujó lento, centímetro a centímetro. Sentí cada estirada, el ardor delicioso de ser llena por él, su calor pulsando dentro de mí.
Empezamos a movernos en ritmo, él embistiéndome profundo mientras yo arqueaba las caderas para recibirlo todo. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros alaridos susurrados. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo impregnando el aire, sus bolas golpeando mi culo con cada estocada. Esto es lo que necesitaba, esta pasión prohibida que me hace viva.
Marco me volteó de lado, levantándome una pierna para penetrarme más hondo, su mano masajeando mis tetas, pellizcando los pezones hasta doler rico. Yo lo cabalgaba de espaldas después, rebotando sobre su polla, sintiendo cómo me rozaba el punto G con cada bajada. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, y él gemía:
"¡Qué chingón coño tienes, Ana! Apriétame más..."
El clímax se acercaba como tormenta, mi vientre contrayéndose, el placer acumulándose en oleadas. Él aceleró, follándome con furia contenida, su aliento caliente en mi nuca. Grité bajito cuando exploté, mi coño ordeñándolo en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Marco se tensó, gruñendo como animal, y se vació dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar.
Caímos exhaustos, enredados en sábanas revueltas que olían a nosotros. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, el corazón tronándole fuerte. Lo besé suave, saboreando el sudor salado de su cuello, mientras la realidad volvía a colarse.
Capítulo 8 de esta pasión prohibida termina aquí, pero sé que habrá más... ¿Cuánto tiempo podremos esconderlo?
Nos quedamos así un rato, acariciándonos perezosos, sus dedos trazando círculos en mi espalda. Afuera, un perro ladraba lejano, y el viento mecía las cortinas. Marco me miró con ternura prohibida.
"Neta, Ana, eres lo mejor que me ha pasado, aunque sea pecado".
Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, el alma en paz por un momento. "Y tú a mí, cuñado. Pero mañana volvemos a ser familia normal".
Nos vestimos en silencio, robándonos besos robados antes de salir por turnos. Bajé a la cocina por agua, las piernas temblorosas, sintiendo su semen escurrir entre mis muslos. El espejo del pasillo me devolvió una mujer radiante, con labios hinchados y ojos brillantes. Esta noche fue perfecta, un capítulo más en nuestro secreto ardiente.
Me acosté sola en la recámara, el cuerpo aún vibrando con ecos de placer, soñando con la próxima vez que la pasión prohibida nos reclame. Guadalajara dormía, pero en mí ardía el fuego eterno.