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El Diario de una Pasión Española

7643 palabras

El Diario de una Pasión Española

Querido diario, hoy empezó todo. Me llamo Ana, tengo veintiocho años y vivo en el corazón de la Ciudad de México, donde el smog se mezcla con el olor a tacos al pastor en cada esquina. Fui al bar La Ópera con unas amigas, ese lugar con techos altos y ecos de risas que rebotan como promesas. Ahí lo vi: Javier, un español de Madrid, con ojos verdes que brillaban como el tequila bajo las luces tenues. Su acento, ¡ay, wey!, era como miel caliente derramándose sobre mi piel. Hablamos de todo, de la vida loca en Polanco, de cómo él vino a México por negocios y se quedó por el sol y las morenas como yo. Su mano rozó la mía al pasar el vaso, y sentí un cosquilleo que me subió por el brazo hasta el pecho. Neta, pensé, este pendejo me va a volver loca.

Hoy conocí a un español que huele a aventura. Su voz grave me eriza la piel. ¿Será el inicio de el diario de una pasión española?

Al día siguiente, me mandó un mensaje: "Ana, preciosa, ¿repetimos hoy?". Mi corazón latió como tamborazo en una fiesta de pueblo. Quedamos en el Parque México, donde los perros ladran y el césped huele a tierra mojada después de la lluvia. Caminamos tomados de la mano, sus dedos fuertes entrelazados con los míos, cálidos y seguros. Me contó de sus veranos en la Costa Brava, de playas donde el mar besa la arena con furia. Yo le hablé de mis noches en la Roma, bailando salsa hasta que el sudor nos pega la ropa al cuerpo. Se acercó, su aliento olía a menta y a deseo, y me besó. ¡Órale! Sus labios eran suaves pero exigentes, su lengua explorando la mía como si fuera un mapa secreto. Sentí mi cuerpo despertar, un calor húmedo entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

Los días siguientes fueron un torbellino. Javier me llevaba a cenar a fondas escondidas en Coyoacán, donde el mole negro humea y pica en la lengua como un beso prohibido. Sus ojos me devoraban mientras comía, y bajo la mesa, su pie subía por mi pantorrilla, rozando con la punta de su zapato. Este cabrón sabe lo que hace, me decía en la cabeza. Una noche, en su depa en la Condesa, con vistas a los edificios iluminados como estrellas caídas, las cosas escalaron. Estábamos en el sofá, viendo una película que ninguno veía. Su mano se posó en mi muslo, subiendo despacio, el calor de su palma traspasando la tela de mi falda. "Ana, me vuelves loco", murmuró con ese acento que me derrite. Lo miré, mi pulso acelerado como el tráfico en Insurgentes, y le dije: "Pues hazme tuya, españolito".

Sus toques son fuego. Quiero más. Este diario de una pasión española apenas comienza a arder.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, su fuerza me hizo jadear. En la cama, el aire olía a su colonia amaderada mezclada con mi perfume de vainilla. Se quitó la camisa, revelando un pecho moreno y musculoso, con vello oscuro que invitaba a mis dedos. Lo toqué, sintiendo los latidos fuertes bajo mi palma, como un corazón salvaje. Él desabrochó mi blusa con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana dolerán rico. Bajó a mis senos, lamiendo los pezones hasta que se endurecieron como piedras preciosas. Gemí, un sonido gutural que no reconocí, mientras mi mano bajaba a su pantalón, sintiendo su verga dura, palpitante bajo la tela. "Qué chingona estás", gruñó él, y yo reí, excitada por sus palabras crudas.

Me quitó la falda y las panties de un tirón, su mirada hambrienta fija en mi sexo húmedo. El cuarto se llenó de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo nuestros cuerpos. Se arrodó entre mis piernas, su aliento caliente rozando mi clítoris antes de que su lengua lo tocara. ¡Madre mía! Lamía con maestría, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, el placer subiendo como olas en Acapulco. Olía a mi propia excitación, salada y dulce, mientras mis manos se enredaban en su pelo oscuro. "Javier, no pares, pendejo", supliqué, y él rio contra mi piel, vibrando delicioso. Mis caderas se movían solas, buscando más, hasta que el orgasmo me golpeó como un rayo, mi cuerpo temblando, gritos ahogados en la almohada.

Pero no paró ahí. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriendo el mío, piel contra piel, sudor pegándonos como amantes eternos. Sentí la punta de su verga presionando mi entrada, resbaladiza de mis jugos. "Dime que sí, mi reina", susurró al oído, mordisqueando el lóbulo. "Sí, métemela toda", respondí, empoderada en mi deseo. Empujó despacio, llenándome centímetro a centímetro, grueso y caliente. Gemí largo, el estiramiento perfecto, dolor placer mezclado. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, el sonido de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con nuestros "ay sí" y "más duro". Sus manos en mis caderas, guiándome, yo empujando hacia atrás, cabalgándolo desde abajo. El olor a sexo nos envolvía, intenso, animal.

Su polla dentro de mí es poesía. Este español me ha marcado para siempre. El diario de una pasión española grita de placer.

Aceleró, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust, mis senos balanceándose. Me volteó de nuevo, ahora yo encima, montándolo como amazona en Xochimilco. Sus manos en mi cintura, guiándome arriba y abajo, su cara de éxtasis puro. Lo besé, saboreando el salado de mi esencia en su boca, mientras rodaba las caderas, apretándolo con mis paredes internas. "Me vengo, Ana", avisó con voz ronca. "Dentro, amor, lléname", le ordené, y explotó, chorros calientes inundándome, su grito gutural uniéndose al mío en un clímax compartido. Colapsamos, jadeantes, su semen goteando entre mis muslos, cálido y pegajoso.

Después, en la quietud, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El aire olía a nosotros, satisfechos, con un toque de cigarro que fumamos en la ventana, viendo las luces de la ciudad parpadear como testigos. "Esto es solo el principio, ¿verdad?", me dijo, trazando círculos en mi vientre. Asentí, besándolo suave. Mañana dolerá el cuerpo, pero el alma estará plena. Javier me ha despertado algo feroz, una pasión que no sabía que tenía.

Fin de la primera noche. Pero el diario de una pasión española continuará. Mi piel aún vibra con su toque. Quién sabe qué vendrá, pero lo quiero todo.

Semanas después, nuestro ritmo es adictivo. Mañanas de café en balcón, con sus besos despertándome; tardes de paseos por el Zócalo, manos entrelazadas; noches de sexo voraz, explorando posiciones que me dejan temblando. Una vez, en la ducha, el agua caliente cayendo como lluvia tropical, me tomó contra la pared, resbalosos y urgentes. Su verga deslizándose fácil, mis uñas en su espalda dejando surcos rojos. Gritamos juntos, el vapor empañando el espejo con nuestros reflejos borrosos.

Pero hay momentos de ternura. Me lee poemas de Lorca en voz alta, su acento envolviéndome como una manta. Yo le cocino chiles en nogada, y él gime de placer con cada bocado, diciendo "Eres mi especias mexicanas". En la cama, después del amor, hablamos de futuro: él quedándose en México, yo visitando España. No hay prisas, solo esta conexión profunda, piel con piel, alma con alma.

Hoy, mientras escribo, siento su calor a mi lado, dormido. Su respiración rítmica me arrulla. Esta pasión española ha transformado mi mundo. No es solo sexo; es fuego que ilumina, deseo que empodera. Seguiré este diario, página a página, porque con Javier, cada día es una nueva entrada de éxtasis.

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