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La Pasion de Cristo Soldados

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La Pasion de Cristo Soldados

El sol de Viernes Santo caía a plomo sobre las calles empedradas de Taxco, Guerrero. El aire estaba cargado de incienso y copal, ese olor dulzón que se pegaba a la piel como una promesa pecaminosa. Yo, Alejandro, sargento de la Guardia Nacional, patrullaba el perímetro de la procesión de La Pasion de Cristo. Mi uniforme olía a sudor fresco y a pólvora vieja, y el chaleco antibalas me apretaba el pecho como si ya presintiera lo que venía.

Órale, wey, qué calor de la chingada, pensé mientras ajustaba la gorra. La multitud murmuraba oraciones, los pasos de los penitentes retumbaban contra el pavimento, y los tambores lejanos marcaban un ritmo que me aceleraba el pulso. Ahí estaba él, Marco, mi compañero de guardia. Alto, moreno, con esa quijada cuadrada y ojos negros que brillaban bajo el sombrero. Llevábamos meses juntos en misiones, pero hoy, con el ambiente tan cargado de drama religioso, lo veía diferente. Su camisa se pegaba al torso sudado, delineando cada músculo, y cuando se agachó para atar su bota, vi el bulto de su entrepierna apretado contra el pantalón táctico.

Nos cruzamos la mirada por primera vez esa tarde. Él sonrió de lado, esa sonrisa pícara que dice neta, carnal, te estoy midiendo. Sentí un cosquilleo en el estómago, como cuando comes chile crudo. La procesión avanzaba: actores vestidos de romanos, Cristo cargando la cruz de madera astillada, la virgen con su manto negro flotando en el viento caliente. Nosotros, los soldados modernos, éramos los guardianes invisibles, pero en mi mente, éramos los verdaderos protagonistas de una pasión prohibida.

—Ey, Ale, ¿ya viste cómo sudan esos pendejos de la dramatización? —me dijo Marco en voz baja, acercándose tanto que olí su aliento a menta y tabaco.

—Sí, wey. Pero tú sudas más chido —respondí, guiñándole un ojo. Mi verga ya empezaba a despertar, presionando contra la cremallera. El toque de su hombro contra el mío fue eléctrico, piel contra piel a través de la tela húmeda.

La procesión duró horas. El sol se ponía, tiñendo el cielo de rojo sangre, y el aire se enfriaba un poco, pero mi cuerpo ardía. Marco y yo nos relevamos en un callejón lateral, lejos de las luces de las velas y los cantos gregorianos. Ahí, entre muros de adobe desconchado y geranios marchitos, la tensión explotó.

¿Qué chingados estoy haciendo? Somos soldados, carnales de armas. Pero su mirada... esa hambre que no disimula. Neta, lo quiero ya.

Él se recargó contra la pared, quitándose el chaleco con un movimiento fluido. Su pecho subía y bajaba, pezones oscuros endurecidos por el fresco de la noche. Me acerqué, mi mano temblando un poco al tocar su abdomen. Piel caliente, suave como terciopelo bajo el vello negro. Olía a hombre puro: sudor salado, loción barata y algo más, ese almizcle que te pone la piel de gallina.

—Marco... ¿neta quieres esto? —pregunté, voz ronca, mientras mis dedos bajaban a su cinturón.

—Puta madre, Ale, desde que te vi hoy con el Cristo de fondo, mi verga no para de latir. Dale, wey, no seas mamón —gruñó, jalándome por la nuca para besarme.

Su boca era fuego. Lenguas enredadas, sabor a cerveza tibia y deseo crudo. Gemí contra sus labios, mis manos explorando su culo firme, apretándolo como masa de tamal. Él me mordió el labio inferior, tirando de él, y bajamos las cremalleras al unísono. Mi polla saltó libre, dura como fierro, goteando precum que brillaba a la luz de la luna. La suya era gruesa, venosa, con un capuchón rosado que pedía ser chupado.

Nos frotamos, vergas chocando con un sonido húmedo y obsceno. El calor de su miembro contra el mío era adictivo, piel resbalosa de sudor y jugos. Marco jadeaba en mi oído, su aliento caliente enviando ondas por mi espina.

—Chúpamela, carnal. Quiero sentir tu boca caliente —susurró, empujándome hacia abajo.

Me arrodillé en el suelo polvoriento, el olor a tierra mojada subiendo a mis fosas nasales. Tomé su verga en la mano, sintiendo su pulso frenético. Lamí la punta, salado y dulce, como pulque fermentado. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome. La tragué entera, garganta relajada por la práctica solitaria que había tenido pensando en él. Chupé con hambre, lengua girando alrededor del glande, bolas pesadas lamiéndose contra mi barbilla.

El mundo se reducía a eso: su gemido ronco mezclándose con los ecos lejanos de la procesión, el sabor de su esencia en mi boca, el roce áspero de su pantalón en mi mejilla. Me levantó, volteándome contra la pared. Sus manos expertas bajaron mis pantalones, exponiendo mi culo al aire fresco. Sentí sus dedos húmedos de saliva explorando mi entrada, circundando el anillo apretado.

¡Ay, wey, qué rico! Su dedo entrando, estirándome, preparándome para lo grande.

—Estás bien chingón de mojado, Ale. Tu culo me llama —dijo, escupiendo en su mano para lubricar.

Empujó lento al principio, su verga abriéndose paso centímetro a centímetro. Dolor placentero, quemazón que se convertía en éxtasis. Cuando estuvo todo adentro, bolas contra bolas, nos quedamos quietos, respirando agitados. Luego empezó a moverse, embestidas profundas que me hacían ver estrellas. Cada choque de cadera contra mi trasero resonaba como tambores de la pasión. Sudor goteaba por mi espalda, él lo lamía, salado en su lengua.

—Más fuerte, pendejo. Fóllame como soldado —rogué, arqueando la espalda.

Aceleró, mano en mi polla pajeándome al ritmo. El clímax se acercaba como tormenta: pelotas tensas, próstata masajeada sin piedad. Grité su nombre cuando exploté, semen caliente salpicando la pared en chorros espesos. Él me siguió segundos después, llenándome con su leche caliente, gruñendo como bestia.

Nos deslizamos al suelo, exhaustos, cuerpos entrelazados. Su corazón latía contra mi pecho, sincronizado. El aire olía a sexo crudo, semen y tierra.

La procesión había terminado hacía rato, pero nuestra propia La Pasion de Cristo Soldados apenas empezaba. Nos vestimos en silencio, sonrisas cómplices. Caminamos de vuelta al cuartel, hombros rozándose.

—Neta, carnal, esto cambia todo —dijo Marco, palmeándome la espalda.

—Sí, wey. De ahora en adelante, cada misión será una pasión —respondí, sintiendo su calor residual en mi interior.

En la quietud de la noche taxqueña, con el eco de campanas lejanas, supe que habíamos encontrado nuestra fe verdadera: la del cuerpo, la del deseo mutuo. No había cruces ni flagelaciones, solo piel contra piel, soldados unidos en éxtasis. Y mientras el alba teñía el cielo de rosa, me quedé dormido soñando con la próxima guardia, con su verga dura esperándome en la sombra.

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