El Actor de la Pasión de Cristo Desnudo Ante Mí
El sol de abril caía a plomo sobre las calles empedradas de Iztapalapa. El aire olía a incienso quemado mezclado con el sudor de miles de cuerpos apiñados. Yo, Ana, había llegado temprano para conseguir un buen lugar en la Pasión de Cristo, esa tradición que cada año me erizaba la piel. No por la fe estricta de mi familia, no. Sino por él. El actor de la Pasión de Cristo, como lo llamaban todos. Diego, con su mirada penetrante y ese cuerpo esculpido que parecía tallado por los mismos ángeles.
Lo vi aparecer en la cima del cerro, cargando la cruz pesada. Su piel bronceada brillaba bajo el sol, gotas de sudor resbalaban por su pecho ancho, delineando cada músculo. El público jadeaba con él, pero yo sentía un calor distinto entre las piernas. Sus ojos, oscuros y atormentados, barrieron la multitud y por un segundo, juré que se clavaron en los míos. Mi corazón latió fuerte, como tambores de guerra.
¿Por qué carajos me afecta tanto este pendejo? Es solo un actor, pensé, apretando los muslos mientras el olor a tierra seca y sangre falsa invadía mis sentidos.
La procesión avanzó. Él cayó de rodillas, el látigo imaginario azotando su espalda. Gemí bajito, imaginando mis uñas en lugar de esas correas. Al final, cuando lo bajaron de la cruz, el aplauso retumbó. Me abrí paso entre la gente, el polvo pegándose a mi falda ligera. Quería verlo de cerca, oler ese aroma masculino que emanaba de su piel castigada por el rol.
Detrás del escenario improvisado, lo encontré quitándose el maquillaje. Estaba solo, bebiendo agua de una botella. Su cabello negro revuelto, barba incipiente. Levantó la vista y sonrió, esa sonrisa lobuna que no tenía nada de santo.
Chingón, murmuré para mí. –¿Y tú qué, morra? ¿Vienes a confesar pecados? dijo con voz ronca, ese acento chilango puro que me derritió.
Me acerqué, el corazón en la garganta. –Tal vez. Si eres el sacerdote adecuado, respondí juguetona, oliendo su sudor fresco, mezclado con colonia barata pero irresistible.
Hablamos. Me contó cómo el rol lo transformaba cada año, cómo sentía el peso real de la madera en los hombros. Yo le confesé que lo veía desde niña, que su figura me había despertado sueños calientes. Reímos. El deseo crecía como una tormenta. –¿Quieres una chela fría? Mi casa está cerca, propuso, y yo asentí, el pulso acelerado.
En su depa en la colonia, todo era sencillo: posters de películas, una tele grande, olor a tacos de la taquería de abajo. Nos sentamos en el sofá gastado, cervezas en mano. Su rodilla rozó la mía. Electricidad. Hablamos de la vida, de cómo el actor de la Pasión de Cristo era solo Diego en la cama, sin cruces ni espinas. Sus dedos jugaron con el borde de mi blusa, casual. Yo tragué saliva, sintiendo mi piel arder.
Si no lo beso ahora, me muero, pensé. Me incliné. Nuestros labios se encontraron suaves al principio, probando. Sabía a cerveza y sal. Su lengua invadió mi boca, demandante. Gemí contra él, mis manos en su pecho aún marcado por el maquillaje borrado a medias. Olía a hombre puro, a tierra y pasión contenida.
La tensión escaló. Sus besos bajaron a mi cuello, mordisqueando. –Eres una chingona, Ana. Me vuelves loco desde el cerro, gruñó. Le quité la camisa, lamiendo el sudor salado de su abdomen. Duro como piedra, suave como seda. Él me levantó en brazos, fuerte, llevándome a la recámara. La cama crujió bajo nuestro peso.
Me desnudó despacio, ojos devorándome. Mis tetas libres, pezones duros como piedras. Él los chupó, succionando con hambre. Jadeé, arqueándome. Sus manos grandes masajearon mis muslos, abriéndolos. Olía mi excitación, ese aroma almizclado que nos volvía locos. –Estás chingón mojada, nena, dijo, metiendo un dedo, luego dos. Giraban, frotaban mi clítoris hinchado. Grité su nombre, uñas en su espalda.
Pero no era solo físico. En su mirada vi vulnerabilidad. –Este rol me agota, pero contigo soy libre, confesó entre besos. Yo le conté mis miedos, cómo el deseo me avergonzaba en mi casa católica. Nos conectamos más allá de la piel. Eso avivó el fuego.
Se quitó el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, apuntando al techo. La tomé en mano, piel caliente, pulsando. La lamí desde la base, saboreando su pre-semen salado. Él gimió ronco, ¡Carajo, Ana! Lo chupé profundo, garganta relajada, saliva resbalando. Él se contuvo, temblando.
Me puso a cuatro patas, el colchón hundiéndose. Rozó mi entrada con la punta, teasing. –Dime que la quieres. –¡Sí, pendejo, métemela ya! Empujó lento, centímetro a centímetro. Llenándome, estirándome delicioso. Dolor placer mezclado. Empezó a bombear, lento al principio, piel chocando piel, slap slap húmedo. Olía a sexo crudo, sudor nuestro mezclándose.
Aceleró. Mis tetas rebotaban, pezones rozando sábanas ásperas. Él agarró mis caderas, embistiendo profundo. Cada roce tocaba mi alma. Grité, orgasmos building. –Más fuerte, Diego, como si cargaras el mundo. Él gruñó, sudando sobre mí, pelo pegado a la frente. Sus bolas golpeaban mi clítoris, fuego puro.
Cambié de posición. Lo monté, cabalgando como reina. Sus manos en mis nalgas, guiándome. Miré sus ojos, esos del Cristo sufriente ahora puros lujuria. Reboté, verga entrando salida, jugos chorreando. Él pellizcó mis pezones, me inclinó para mamarlos. El cuarto giraba, sonidos de gemidos, cama chirriando, ciudad zumbando afuera.
El clímax llegó como avalancha. Sentí contracciones, mi panocha apretándolo. ¡Me vengo, cabrón! Grité, olas de placer rompiéndome. Él se tensó, ¡Ana, chingado! y explotó dentro, semen caliente llenándome, pulsos interminables. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono.
En el afterglow, acurrucados. Su dedo trazó mi espina, suave. Olía a nosotros, satisfechos. –Eres mi redención, morra, susurró. Reí bajito.
El actor de la Pasión de Cristo en mi lecho. Quién lo diría. Hablamos del futuro, quizás vernos sin cruces de por medio. Durmió, yo velando su rostro pacífico.
Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, lo besé despierto. No hubo promesas, solo esa conexión carnal y alma que deja huella. Salí a la calle, piernas flojas, sonrisa pícara. La Pasión continuaba, pero ahora en mí.