Abismo de Pasion Capitulo 77 El Despertar en Tus Brazos
Elena se recargó en la barandilla del balcón de su penthouse en Polanco, con la brisa nocturna de la Ciudad de México rozando su piel como una caricia prohibida. Las luces de los autos serpenteaban abajo como ríos de fuego, pero su mente estaba en otro lado, en el abismo de pasión capítulo 77 que acababa de comenzar en su corazón acelerado. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el wey que la hacía temblar con solo una mirada. Él llegaba esa noche, directo del aeropuerto, y ella ya sentía el cosquilleo entre las piernas, esa humedad traicionera que anunciaba tormenta.
El aroma de las gardenias que había puesto en el comedor flotaba en el aire, mezclado con el perfume de vainilla que se había echado en el cuello y entre los senos. Se miró en el espejo del pasillo: el vestido negro ceñido marcaba sus curvas como un guante, sin bra, solo unas tanguitas de encaje que apenas cubrían lo esencial.
"Órale, Elena, no te veas tan desesperada, pero neta que lo extrañé",pensó, mientras se pasaba los dedos por el cabello suelto, ondulado y salvaje como su deseo.
El sonido de la llave en la cerradura la hizo saltar. Ahí estaba él, Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que derretía glaciares. Llevaba una chamarra de cuero gastada y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. "Mi reina", murmuró, dejando la maleta en la entrada y cerrando la puerta con un clic que resonó como un latido. Sus ojos la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote donde sus pezones ya se marcaban duros contra la tela.
—Ven acá, pendejo —dijo ella, con voz ronca, caminando hacia él con las caderas balanceándose—. ¿Cuánto tiempo más me vas a hacer esperar?
Él la atrapó en un abrazo que olía a aeropuerto y a hombre sudado por el viaje, sus manos grandes bajando por su espalda hasta apretar sus nalgas. El beso fue inmediato, hambriento, lenguas chocando como espadas, sabor a menta de su chicle y a tequila de la botella que él había traído. Elena gimió contra su boca, sintiendo su verga endurecerse contra su vientre, gruesa y lista.
En el sofá de piel italiana, se tumbaron, él encima, besándola por el cuello mientras le subía el vestido. Sus dedos rozaron la tanga empapada, y ella arqueó la espalda. Qué rico se siente su toque, como si me quemara por dentro, pensó, mientras el pulso le martilleaba en las sienes. Marco mordisqueó su oreja:
—Estás chingona mojada, mi amor. ¿Todo esto por mí?
—Neta que sí, cabrón. Te juro que soñé con esto todas las noches —confesó ella, jadeando, mientras le desabrochaba la chamarra y le metía las manos por debajo de la playera, palpando el abdomen marcado, los músculos tensos bajo la piel caliente.
La tensión crecía como una ola en la costa de Acapulco. Marco se arrodilló entre sus piernas abiertas, el vestido ahora un montón arrugado en la cintura. Le quitó la tanga con los dientes, lento, torturándola con su aliento cálido sobre el monte de Venus. Elena olió su propio aroma almizclado, mezclado con el cuero del sofá y el sudor de él. Sus dedos se hundieron en su pelo corto, tirando suave.
—No pares, wey... por favor —suplicó, mientras la lengua de Marco lamía su clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían ver estrellas. El sonido era obsceno: chupeteos húmedos, sus gemidos ahogados, el tráfico lejano como un fondo erótico. Cada roce enviaba descargas por su espina, los muslos temblando, los pezones erguidos pidiendo atención.
Pero él jugaba sucio, deteniéndose justo cuando ella estaba al borde. Se levantó, se quitó la playera de un jalón, revelando el pecho velludo y tatuado con un águila mexicana que ella adoraba lamer. Sus jeans cayeron, y ahí estaba su verga, venosa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Elena se lamió los labios, incorporándose para tomarla en la mano, sintiendo el calor, la dureza como acero envuelta en terciopelo.
—Déjame saborearte —pidió, y él gruñó un sí, mientras ella lo chupaba profundo, lengua girando alrededor del glande, saboreando la sal de su piel. Marco jadeaba, manos en su cabeza guiándola, pero suave, siempre respetuoso. Esto es nuestro abismo, capítulo 77 de puro fuego, pensó ella, mientras lo sentía crecer en su boca, las venas latiendo contra su lengua.
La escalada fue brutal. Marco la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al cuarto. La cama king size los recibió con sábanas de satén negro que sus cuerpos calientes arrugaron al instante. Él se tendió, y ella montó encima, frotando su coño húmedo contra su polla, lubricándola, torturándolo ahora a él.
—Métemela ya, Marco. No aguanto más —gimió, y él obedeció, guiándola con las manos en sus caderas. La penetración fue lenta, milimétrica, estirándola deliciosamente. Elena gritó de placer, sintiendo cada centímetro llenándola, el roce en su punto G enviando chispas. Empezó a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando su piel, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación.
Él la miraba embobado, manos amasando sus senos, pellizcando pezones hasta hacerla gritar. "Eres mi diosa, Elena. Mi todo", murmuró, mientras ella aceleraba, el orgasmo construyéndose como un volcán. Sus paredes internas lo apretaban, ordeñándolo, y Marco empujaba desde abajo, profundo, golpeando ese spot que la volvía loca.
El clímax la golpeó como un tren: oleadas de placer puro, visión borrosa, cuerpo convulsionando, un chorro caliente escapando mientras gritaba su nombre. Marco la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con su leche espesa, pulsos calientes que prolongaron su éxtasis. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones tronando al unísono.
En el afterglow, él la abrazó por detrás, besándole la nuca mientras el aire acondicionado susurraba fresco sobre sus cuerpos exhaustos. Elena sonrió, sintiendo su semilla escurrir entre sus muslos, un recordatorio íntimo.
"Capítulo 77 del abismo de pasión completado, pero hay más por venir",pensó, girándose para besarlo suave, lenguas perezosas ahora.
—Te amo, mi chulo —susurró ella, inhalando su olor a sexo y hogar.
—Y yo a ti, mi vida. Esto apenas empieza —respondió él, y en ese momento, el mundo exterior se desvaneció. Solo quedaban ellos, en su abismo privado, listos para el siguiente capítulo.