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Pasiones Carnales Biblia

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Pasiones Carnales Biblia

En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, entre el bullicio de las calles empedradas y el aroma a elotes asados y café de olla, entré a una librería antigua que olía a papel viejo y misterio. Mis ojos se posaron en un tomo polvoriento en el estante de lo oculto: Pasiones Carnales Biblia. La portada de cuero desgastado prometía secretos prohibidos, reinterpretaciones sensuales de las escrituras que hablaban de deseos del cuerpo como dones divinos. Lo compré sin pensarlo dos veces, sintiendo un cosquilleo en la nuca, como si el destino me guiñara el ojo.

De regreso en mi depa en la Condesa, con las luces tenues de la ciudad filtrándose por las cortinas, me senté en el sillón de piel. Abrí el libro y las palabras me envolvieron como un abrazo cálido. Hablaba de pasiones carnales en el Jardín del Edén, de cuerpos entrelazados bajo la luz de la luna como ofrenda sagrada. Mi pulso se aceleró, el calor subió por mi pecho mientras imaginaba pieles rozándose, labios devorando frutos jugosos.

¿Y si el pecado es solo el preludio al éxtasis?
me susurró mi mente, mientras mi verga se endurecía contra los jeans.

Al día siguiente, en un café chido de la Roma, con su olor a pan dulce y chocolate caliente, saqué el libro para leer más. Una morra guapísima, de unos treinta, cabello negro como la noche y ojos que ardían como brasas, se acercó con una sonrisa pícara. Se llamaba Ximena, vestida con un vestido floreado que marcaba sus curvas generosas, tetas firmes que pedían ser tocadas.

Órale, güey, ¿Pasiones Carnales Biblia? ¿En serio? Ese librito es legendario. Mi abuelita me contó que lo usaban en fiestas secretas para encender la chispa —dijo, sentándose sin pedir permiso, su perfume a jazmín invadiendo mi espacio.

Charlamos horas, neta conectamos al instante. Hablaba con esa cadencia mexicana, salpicada de "wey" y "qué padre", contándome cómo el libro la había hecho cuestionar sus propios deseos reprimidos. Yo sentía el roce accidental de su rodilla contra la mía bajo la mesa, un voltaje que me ponía la piel de gallina. Esta chava es fuego puro, pensé, imaginando sus labios en mi cuello.

—Ven a mi casa, tengo una edición igual pero con ilustraciones. Leemos un capítulo y... ya veremos qué pasa —propuso, mordiéndose el labio inferior, sus ojos desafiantes.

Sí, carnal, acepté, el corazón latiéndome como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Su depa en Polanco era un oasis de lujo sutil: velas aromáticas a vainilla y sándalo, tapetes persas suaves bajo los pies, música de Natalia Lafourcade de fondo, suave como caricia. Sacó su Pasiones Carnales Biblia, idéntica a la mía pero con grabados eróticos que mostraban figuras bíblicas en éxtasis, cuerpos arqueados en placer divino. Nos sentamos en la cama king size, cubiertos de sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Leímos en voz alta el pasaje de Salomón y la Sulamita:

"Que me bese con los besos de su boca, porque tus amores son mejores que el vino"
, pero el libro lo volvía carnal, describiendo lenguas explorando pliegues húmedos, dedos hundidos en carne palpitante. Ximena se acercó, su aliento cálido en mi oreja.

—¿Sientes eso, wey? El calor que sube... como si la biblia nos hablara directo al cuerpo —murmuró, su mano rozando mi muslo, subiendo despacio.

Mi verga ya estaba tiesa como poste, presionando contra la tela. La besé, neta, un beso que empezó suave, labios probando el sabor salado de su gloss de cereza, y escaló a hambre feroz. Sus tetas se apretaron contra mi pecho, pezones duros como piedritas bajo el vestido. La desvestí lento, admirando su piel morena, suave como mango maduro, el ombligo piercing brillando. Olía a sudor dulce y deseo, ese aroma almizclado que enloquece.

Me quitó la playera, sus uñas arañando mi espalda ligera, enviando chispas por mi espina. Qué chingón, pensé, mientras chupaba sus tetas, lengua rodeando aureolas oscuras, saboreando el salado de su piel. Gemía bajito, "¡Ay, cabrón, sí así!", arqueando la espalda. Bajé la mano a su concha, ya empapada, labios hinchados y calientes. Metí un dedo, luego dos, sintiendo las paredes apretándome, jugos resbalando por mi mano.

Te quiero adentro, güey, fóllame como en el libro —jadeó, quitándome los pantalones. Mi verga saltó libre, venosa y gruesa, goteando pre-semen. La volteé boca abajo, admirando su culo redondo, perfecto para agarrar. Lamí su raja desde atrás, lengua en su clítoris hinchado, sabor ácido y dulce de su excitación. Ella temblaba, nalgas contrayéndose, "¡No pares, pendejo, me vas a hacer venir!"

La puse de rodillas, ella mamándome con maestría: labios envolviendo mi glande, lengua girando, succionando hasta la garganta. Sentí su saliva tibia chorreando, bolas apretadas contra su barbilla. Es una diosa, rugí en mi mente, el sonido de succión húmeda llenando la habitación, mezclado con nuestros jadeos y la ciudad zumbando afuera.

La penetré despacio al principio, su concha tragándome centímetro a centímetro, caliente y apretada como guante de terciopelo. "¡Qué grande, wey, me llenas toda!", gritó, uñas clavadas en mis hombros. Empujé más fuerte, piel chocando piel con palmadas rítmicas, sudor perlando nuestros cuerpos, oliendo a sexo puro. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como jineteza en palenque, tetas rebotando, cabello azotando mi cara. Sus paredes me ordeñaban, yo agarrando sus caderas, guiándola.

El clímax se acercaba, tensión como resorte a punto de romperse. Leí en voz alta del libro:

"En tus pasiones carnales hallarás el paraíso"
. Eso la volvió loca, cabalgando más rápido, clítoris frotándose en mi pubis. "¡Me vengo, cabrón!", chilló, cuerpo convulsionando, jugos inundándome. Yo exploté segundos después, chorros calientes llenándola, espasmos interminables, rugiendo como león.

Caímos exhaustos, enredados en sábanas húmedas, corazones galopando al unísono. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi pulso calmarse, olor a semen y sudor envolviéndonos como manta. Besé su frente, suave y salada.

—Neta, güey, esa Pasiones Carnales Biblia es mágica. Despierta lo que llevamos adentro —susurró, trazando círculos en mi piel con el dedo.

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, riendo de lo chingón que había sido. Sabía que esto no era el fin, sino el comienzo de más noches inspiradas en esas páginas prohibidas. El deseo, como la biblia carnal, es eterno.

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