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Pasión Capítulo 89 Fuego en la Carne

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Pasión Capítulo 89 Fuego en la Carne

La noche en la Condesa caía como un velo de terciopelo negro, con el aroma de las jacarandas flotando en el aire húmedo de mayo. Ana se miró en el espejo de su departamento amplio y luminoso, ajustándose el vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una promesa pecaminosa. Tenía treinta y cinco años, el cuerpo de una diosa urbana forjada en gimnasios de Polanco y el alma de una mujer que ya no pedía permiso para desear. Hacía semanas que no veía a Marco, su amante intermitente, ese pendejo encantador que la volvía loca con solo una mirada. El corazón le latía fuerte, un tambor de anticipación en el pecho.

El timbre sonó, y ella sonrió con picardía. Abrió la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho. Olía a colonia cara mezclada con el humo leve de un cigarro que acababa de apagar. “Órale, nena”, murmuró con esa voz grave que le erizaba la piel, “te ves chida pa’ matarme de un infarto”. Ana se rio, tirando de su corbata imaginaria para acercarlo. Sus labios se rozaron en un beso ligero, pero cargado de electricidad, como el primer trueno de una tormenta.

Entraron a la sala, donde las luces tenues de las velas parpadeaban sobre la mesa puesta con tacos de arrachera de un puesto gourmet y una botella de tequila reposado. Se sentaron cerca, demasiado cerca, sus rodillas tocándose bajo la mesa. Mientras comían, charlaban de tonterías: el tráfico infernal de Insurgentes, el último chisme de sus amigos en común, pero el aire entre ellos vibraba con lo no dicho. Ana sentía el calor subiendo por sus muslos, el roce accidental de su mano en su brazo enviando chispas directas a su centro.

¡No mames, Ana, contrólate! Piensa en algo más... pero ¿cómo? Ese wey me prende con solo respirar.

Marco la miró fijo, sus ojos oscuros devorándola. “Sabes, carnal, he estado pensando en ti todo el pinche mes. En cómo gimes mi nombre”. Ella se mordió el labio, el pulso acelerándose. “¿Y qué has imaginado, guapo?” Él se inclinó, su aliento cálido en su oreja: “Imagino quitándote ese vestido lento, besando cada centímetro de tu piel hasta que ruegues”. El sonido de su voz ronca era como terciopelo raspado, y Ana sintió un pulso húmedo entre las piernas.

Acto primero cerrado, pasaron al sillón. Marco sirvió tequila en shots, lamiendo la sal de su mano primero, luego la de ella. Sus lenguas se encontraron en el ritual, salado y dulce, con el ardor del alcohol bajando por sus gargantas. Las manos de él subieron por sus muslos, deteniéndose en el borde del vestido. “¿Puedo?”, preguntó, siempre caballero pero hambriento. “Sí, cabrón, hazlo ya”, respondió ella, arqueando la espalda.

El vestido cayó al suelo con un susurro suave, dejando a Ana en lencería negra que contrastaba con su piel morena. Marco la devoró con los ojos, gruñendo bajo. “Eres una diosa, mami”. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajo en construcción de lujo, recorrieron su espalda, desabrochando el bra. Los pechos de ella se liberaron, pezones endurecidos por el aire fresco y la mirada de él. Él los tomó en sus palmas, masajeando con thumbs circulares, y Ana jadeó, el placer como un rayo directo al clítoris.

Se besaron con furia ahora, lenguas enredadas, dientes mordisqueando labios. El sabor de tequila y carne ahumada en sus bocas. Ana metió las manos bajo su camisa, sintiendo los músculos duros del abdomen, bajando hasta el bulto en sus jeans. “Estás duro como piedra, wey”, susurró contra su boca. Él rio, un sonido gutural. “Por ti, siempre”.

La llevó al cuarto, caminando a trompicones, quitándose la ropa mutuamente. La cama king size los recibió con sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel caliente. Marco la tumbó suave, besando su cuello, lamiendo la sal del sudor que ya perlaba su clavícula. Bajó por el valle de sus senos, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Ana gimió alto, arqueando, sus uñas clavándose en su espalda. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce, mezclado con su colonia.

Esto es puro fuego, como si fuera Pasión Capítulo 89, ese culebrón que vemos juntos donde la protagonista se rinde al fin al galán. Pero esto es real, mi realidad ardiente.

Las manos de él exploraban, deslizándose por su vientre plano, metiéndose en las bragas húmedas. Tocó su sexo depilado, resbaladizo de jugos, y ella abrió las piernas instintivamente. “Qué mojada estás, nena”, murmuró, frotando el clítoris en círculos lentos. Ana se retorcía, el placer building como una ola. “Más, Marco, no pares”. Insertó dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras su pulgar seguía el ritmo. El sonido húmedo de sus movimientos era obsceno, excitante, sincronizado con sus jadeos.

Ella lo empujó hacia arriba, queriendo corresponder. Desabrochó sus jeans, liberando su verga erecta, venosa, gruesa. La tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. “Qué chingona”, dijo, lamiendo la punta donde brillaba una gota precúm salada. Marco gruñó, enredando dedos en su cabello. Ana lo chupó profundo, lengua girando alrededor del glande, succionando con hambre. Él embestía suave en su boca, “Así, mami, trágatela toda”. El sabor salado, el olor masculino, la llenaban de poder.

No aguantaron más. Marco se colocó encima, condón puesto con manos temblorosas. La punta rozó su entrada, y ella alzó las caderas. “Entra ya, cabrón”. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido reverberando en las paredes. Estaba llena, completa, sus paredes apretándolo como guante. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, piel contra piel sudorosa, slap slap de cuerpos chocando.

El olor de sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda. Ana sentía cada vena de él rozando sus paredes, el roce en su clítoris con cada thrust. “Más fuerte”, rogó, y él obedeció, embistiendo profundo, sus bolas golpeando su culo. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando como amazona, pechos rebotando, manos en su pecho para leverage. Marco la miró embobado, pellizcando sus pezones. “Eres mi reina”, jadeó.

La tensión crecía, espiral ascendente. Ana sentía el orgasmo building en su vientre, un nudo apretado. “Me vengo, Marco”. Él aceleró, frotando su clítoris con el pulgar. El mundo explotó en blanco, placer cegador, paredes contrayéndose alrededor de él en espasmos. Gritó su nombre, cuerpo temblando, jugos chorreando. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenando el condón con chorros calientes.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor. El aire olía a clímax compartido, dulce y salado. Marco la abrazó por detrás, besando su nuca. “Qué chido fue eso, nena”. Ana sonrió, girando para mirarlo, sus ojos suaves ahora. “La mejor noche en mucho tiempo”. Se quedaron así, enredados, escuchando el tráfico lejano y sus respiraciones calmándose.

Pasión Capítulo 89, el clímax perfecto. Pero sé que habrá más capítulos, porque con él, el fuego nunca se apaga del todo.

Durmieron un rato, despertando para un segundo round más lento, exploratorio, con besos perezosos y caricias que decían más que palabras. Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, Ana lo vio dormir y sintió un calor distinto, no solo carnal, sino profundo. Se levantó a preparar café, el aroma fuerte de chiapas llenando la cocina. Él se unió, abrazándola por la cintura, “Buenos días, mi pasión”. Ella rio, girando para besarlo. En ese momento, todo era perfecto, consensual, empoderador, dos adultos saboreando la vida.

Salieron a desayunar en un café chic de la colonia, manos entrelazadas bajo la mesa, planeando la próxima. La tensión inicial se había disuelto en satisfacción, pero el deseo latente prometía más. Ana caminaba con paso ligero, sintiendo el eco de sus caricias en la piel, sabiendo que su historia con Marco era un libro abierto, capítulo tras capítulo de puro fuego mexicano.

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