En Mistica Enamoramiento o Pasion Amorosa
La noche en San Miguel de Allende olía a jazmín y a tierra húmeda después de la lluvia. Caminaba por las calles empedradas del centro, con el vestido ligero pegándose a mi piel por la brisa tibia. Hacía años que no volvía a este pueblo mágico, pero algo me había jalado de regreso, como un imán invisible. El festival de luces estaba en su apogeo: farolillos flotando en el cielo, mariachis tocando en las plazas, y un aire de misterio que se colaba entre las cúpulas de las iglesias coloniales.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana bajo la luna llena. Tocaba la guitarra en una esquina de la plaza, rodeado de turistas y locales. Su voz grave cantaba un son huasteco, ronca y profunda, que me erizaba la piel. Me quedé parada, hipnotizada. ¿Qué carajos me pasa? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur de mi cuerpo. Era como si el universo conspirara para que nuestros ojos se cruzaran. Él levantó la mirada, sonrió con picardía y siguió cantando, pero su dedicatorio parecía solo para mí.
Terminó la rola y se acercó, guitarra en mano. "¿Te gustó, guapa?" dijo con esa voz que ahora oía de cerca, oliendo a mezcal suave y a hombre sudado por el calor. Juan, se presentó. Artista local, tallador de madera en las afueras. Yo, Ana, regiomontana de visita, solté riendo. Charlamos de tonterías: de cómo San Miguel te envuelve en su magia, de las leyendas de fantasmas en las haciendas abandonadas. Pero debajo de las palabras, había fuego. Sus ojos recorrían mi escote sin disimulo, y yo sentía mis pezones endurecerse bajo la tela fina.
Esto es un místico enamoramiento o pasión amorosa, me dije mientras caminábamos hacia un bar escondido. No era amor de novela, era algo primal, etéreo, como si las estrellas nos hubieran unido en ese instante. Pedimos tequilas reposados, y con cada trago, la tensión crecía. Su mano rozó la mía al pasar el vaso, y un chispazo eléctrico me recorrió el brazo. "Estás bien rica, Ana. Me traes loco desde que te vi." Sus palabras eran directas, mexicanas puras, sin pendejadas románticas de telenovela. Yo reí, "Tú tampoco estás tan pendejo, carnal."
La noche avanzó. Bailamos en la plaza al ritmo de un grupo de sonidero que ponía a todos a mover el esqueleto. Su cuerpo pegado al mío, duro y cálido. Sentía su verga semierecta presionando contra mi cadera, y en lugar de apartarme, me acerqué más. Olía a su sudor mezclado con el perfume de sándalo de su piel. Qué chingón se siente esto, pensé, con el corazón latiéndome como tambor. Me susurró al oído: "Vámonos a mi taller, mija. Ahí nadie nos molesta." Asentí, empapada ya entre las piernas.
El taller estaba en las afueras, una casita de adobe con vista a las sierras. Entramos riendo, tropezando un poco por el tequila. Encendió velas que iluminaban sus esculturas: figuras de amantes entrelazados, curvas sensuales talladas en cedro. Es perfecto, pensé. Me jaló hacia él y nos besamos por primera vez. Sus labios gruesos, su lengua explorando mi boca con hambre. Sabía a tequila y a deseo puro. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza. Gemí contra su boca, sintiendo el calor de su pecho contra mis tetas.
¿Y si es solo una noche? ¿Y si esto es el comienzo de algo místico?Me cuestionaba en la cabeza mientras él me quitaba el vestido. Quedé en tanga y brassiere, expuesta bajo la luz temblorosa. "Eres una diosa, Ana. Mira cómo te miro." Sus ojos devoraban mis curvas, mis pezones rosados endurecidos. Me recostó en una manta sobre el piso de laja, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado de mi clavícula. Bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. ¡Ay, cabrón! grité bajito, arqueándome. El placer era agudo, como un rayo que me atravesaba hasta el clítoris palpitante.
Sus dedos juguetones se colaron en mi tanga, encontrándome empapada. "Estás chorreando por mí, putita rica." Lo dijo juguetón, y yo reí, abriendo las piernas. Metió dos dedos, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de mi concha siendo trabajada llenaba el aire, junto con mis jadeos y su respiración agitada. Olía a sexo, a mi excitación almizclada mezclada con su aroma masculino. Lo empujé hacia abajo, queriendo más. No pares, pinche Juan, no pares.
Se quitó la camisa, revelando un torso esculpido por el trabajo manual: músculos definidos, vello oscuro bajando hacia su pantalón. Lo desabroché yo, liberando su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabía en mi palma. "Mámamela, guapa." Obedecí con gusto, lamiendo la punta salada, metiéndomela hasta la garganta. Él gruñía, enredando sus dedos en mi pelo, follando mi boca con cuidado pero firme. Sabe a hombre de verdad, pensé, tragando su esencia.
La tensión era insoportable. Lo monté, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rico! grité, comenzando a cabalgar. Sus manos en mis caderas, marcándome la piel con sus uñas. El slap-slap de nuestros cuerpos chocando, el sudor chorreando, el olor a piel caliente y sexo crudo. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba, mis paredes apretándolo como vice. "Me vas a hacer venir, Ana. Eres una chingona en la cama."
Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo. Cada estocada rozaba mi punto G, mandas olas de placer que me nublaban la vista. Gemía su nombre, arañando su espalda, oliendo el jazmín del jardín que entraba por la ventana abierta. Esto es pasión amorosa en su máxima expresión, pensé en medio del éxtasis. Sentí el orgasmo construyéndose, como una ola gigante. "¡Ven conmigo, cariño!" rugió, y explotamos juntos. Mi concha se contrajo alrededor de su verga, ordeñándolo mientras él se vaciaba dentro de mí en chorros calientes. Grité, temblando, el mundo disolviéndose en blanco puro.
Caímos exhaustos, jadeando. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga aún latiendo dentro. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Olía a nosotros, a semen y jugos mezclados. Me acarició el pelo, "Eso fue mágico, mi reina. Como si las estrellas nos bendijeran." Reí bajito, sintiendo el afterglow calmar mi cuerpo. En mística enamoramiento o pasión amorosa, uno no pregunta por el mañana, reflexioné, trazando sus músculos con los dedos.
Nos quedamos así hasta el amanecer, hablando de sueños y leyendas locales. Juan me contó de un cenote sagrado cerca, donde las parejas van a sellar su conexión. "¿Regresamos, Ana? ¿O esto fue solo una noche de fuego?" Lo miré, con el corazón lleno. No lo sabía, pero en ese momento, no importaba. La pasión nos había unido en lo místico, y eso bastaba. El sol salió tiñendo el cielo de rosa, y supe que, volviera o no, esta noche había cambiado algo en mí para siempre.