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Pasión Italiana Libro de Fuego

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Pasión Italiana Libro de Fuego

Ana paseaba por las calles empedradas de la Condesa, en el corazón de la Ciudad de México, donde el aroma a café recién molido se mezclaba con el dulzor de las flores de bugambilia trepando por las fachadas coloridas. Era un sábado soleado, de esos que te hacen sentir viva, con el sol calentando la piel y una brisa juguetona revolviendo su falda ligera. Entró en su librería favorita, un rincón polvoriento pero chido, lleno de tomos antiguos que olían a historia y misterio.

Ahí, entre estanterías torcidas, sus ojos se posaron en un libro de tapa roja desgastada: Pasión Italiana Libro. El título la llamó como un susurro caliente en la oreja. Lo tomó, sintiendo el cuero áspero bajo sus dedos, y hojeó las páginas. Eran relatos eróticos de amantes italianos, con descripciones tan vivas que ya le erizaban la piel. "Neta, este libro promete", pensó, mientras un cosquilleo subía por su vientre. Pagó y se fue, con el corazón latiéndole un poquito más rápido.

En su departamento, un nido acogedor con vistas al Parque México, Ana se recostó en el sofá de terciopelo rojo. Abrió el pasión italiana libro y dejó que las palabras la envolvieran. Leía sobre una mujer que se rendía a los besos de un siciliano bajo olivos centenarios, sus lenguas danzando como fuego líquido. El aire se llenó del perfume de su propia excitación, un olor almizclado y dulce que la hacía morderse el labio. Sus manos temblaban al pasar las páginas, imaginando esas caricias en su propia piel morena.

¿Y si alguien como él aparece en mi puerta? Un italiano de verdad, con ojos oscuros y manos fuertes que sepan tocar como en este pinche libro...

De pronto, un golpe en la puerta la sacó de su trance. Era Luca, su vecino italiano, el güey alto y moreno que siempre la saludaba con una sonrisa pícara y un "Ciao, bella". Venía con una botella de vino tinto en la mano.

Ora, Ana, ¿qué tal si compartimos este Chianti? —dijo con ese acento que le derretía las rodillas, su voz grave como un ronroneo.

Ana lo invitó a pasar, el pulso acelerado. Le mostró el libro, riendo nerviosa.

—Mira lo que encontré: Pasión Italiana Libro. Es puro fuego, wey.

Luca lo tomó, sus dedos rozando los de ella en una chispa eléctrica. Leyeron juntos, sentados en el sofá, las piernas rozándose accidentalmente al principio, luego no tanto. El vino fluía, calentando sus gargantas y soltando sus lenguas. Luca traducía pasajes en voz baja, su aliento cálido contra su cuello.

—Aquí dice que él la besa así... despacio, saboreando cada curva —murmuró, y sin pensarlo dos veces, sus labios rozaron los de Ana. Ella jadeó, un sonido suave y húmedo que llenó la habitación. Era consensual, puro deseo mutuo, como si el libro los hubiera invocado.

La tensión creció como una tormenta en el DF. Ana sentía el calor de su cuerpo contra el suyo, el olor a colonia masculina mezclada con vino, el roce áspero de su barba incipiente en su mejilla. Luca la atrajo más cerca, sus manos grandes explorando su espalda, bajando hasta la curva de sus caderas. Ella se arqueó, presionando sus pechos contra su pecho firme.

Qué rica estás, Ana —susurró él, con esa voz ronca que la hacía temblar—. Déjame mostrarte la pasión italiana de verdad.

Ella asintió, los ojos brillantes de lujuria. Se besaron con hambre, lenguas enredándose en un baile salvaje, saboreando el vino y el salado de sus pieles. Ana metió las manos bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen, el latido acelerado de su corazón. Él gimió bajito, un sonido gutural que vibró en su boca.

Luca la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al cuarto. La recostó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se desnudaron despacio, saboreando cada revelación: la piel olivácea de él, salpicada de vello oscuro; los pechos llenos de ella, con pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. El cuarto se llenó de sus respiraciones pesadas, del crujido de la cama, del aroma almizclado de sus sexos despertando.

Él besó su cuello, bajando por el valle de sus senos, lamiendo un pezón con la lengua plana y caliente. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta: "Ay, Luca, qué chido...". Sus manos enredadas en su cabello negro, tirando suave para guiarlo. Luca siguió bajando, besando su vientre suave, inhalando su esencia femenina, ese olor dulce y salado que lo volvía loco.

Dulce Madonna, hueles a paraíso —gruñó, separando sus muslos con ternura. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiéndolo en círculos lentos, succionando con maestría italiana. Ana se retorcía, las caderas alzándose, el placer como olas calientes subiendo por su espina. Sentía cada roce húmedo, el calor de su boca, el roce de sus dientes juguetones. "No pares, pendejo caliente", jadeó ella, riendo entre gemidos, el slang mexicano saliendo natural en su éxtasis.

Luca se incorporó, su verga erecta y gruesa palpitando contra su muslo. Ana la tomó, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el calor pulsante. La acarició despacio, saboreando el líquido preseminal salado en su lengua cuando se la llevó a la boca. Él gruñó, las caderas moviéndose instintivo, pero siempre atento a sus ojos, pidiendo permiso con la mirada. Ella asintió, chupando más profundo, el sabor almendrado llenándole la boca.

La tensión era insoportable ahora, un nudo apretado en sus vientres. Luca se colocó entre sus piernas, frotando la punta contra su entrada húmeda y resbaladiza. —¿Estás lista, mi reina mexicana? —preguntó, voz temblorosa de contención.

¡Sí, métela ya, cabrón! —exigió ella, empoderada en su deseo.

Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola con un estiramiento delicioso. Ambos jadearon al unísono, piel contra piel sudada, el slap húmedo de sus cuerpos uniéndose. Empezaron un ritmo lento, profundo, sus miradas clavadas, almas conectadas más allá de la carne. Ana clavaba las uñas en su espalda, sintiendo cada embestida golpear su punto G, ondas de placer irradiando. El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con sudor y pasión.

Acabaron el ritmo, él la volteó a cuatro patas, entrando desde atrás con fuerza consentida. Sus nalgas rebotaban contra su pelvis, el sonido rítmico como tambores aztecas fusionados con tarantela italiana. Ana gritaba placer, "Más duro, Luca, rómpeme!", mientras su mano bajaba a frotar su clítoris hinchado. Él la jalaba del cabello suave, besando su nuca, mordisqueando su oreja.

El clímax llegó como un volcán. Ana se convulsionó primero, su concha apretando su verga en espasmos lechosos, chorros de placer mojando las sábanas. Luca la siguió, gruñendo "Ana mia!", eyaculando profundo dentro de ella en pulsos calientes y espesos. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose en armonía.

En el afterglow, yacían abrazados, la piel pegajosa y tibia. Luca trazaba círculos en su vientre, besando su sien.

—Ese pasión italiana libro fue solo el comienzo —dijo él, riendo bajito.

Ana sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual. Miró el libro en la mesita, ahora un talismán de su conexión. Fuera, la ciudad bullía, pero en ese momento, solo existían ellos, envueltos en un calor eterno.

Desde entonces, cada lectura del libro era una promesa de más noches así, de pasiones que cruzaban océanos y culturas, dejando huellas indelebles en sus almas.

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