Pasión por las Ventas Desnuda
Trabajo en una boutique de ropa de lujo en Polanco, México. Mi nombre es Carla, y mi pasión por las ventas es lo que me mantiene viva. Cada cliente que entra por esa puerta es una oportunidad para cerrar el trato, para sentir esa adrenalina que me recorre el cuerpo como un escalofrío eléctrico. No es solo por la comisión, neta, es el juego: leer sus ojos, notar cómo se mueven, anticipar lo que quieren antes de que lo digan. Hoy, el sol de la tarde se filtra por las vitrinas, haciendo que los maniquíes parezcan vivos, y el aire huele a cuero nuevo y perfume caro.
Entra él. Alto, moreno, con esa barba recortada que le da un aire de ejecutivo travieso. Lleva una camisa ajustada que marca sus hombros anchos y unos jeans que abrazan sus muslos de forma pecaminosa. "Buenas tardes", le digo con mi sonrisa más chida, esa que sé que derrite voluntades. "¿En qué te puedo ayudar, guapo?" Se acerca al perchero de camisas de diseñador, rozando mi brazo accidentalmente. Su piel cálida contra la mía me eriza los vellos. Huele a sándalo y algo más, como a deseo contenido.
"Busco algo para una cena importante", dice con voz grave, mirándome directo a los ojos. Neta, sus pupilas se dilatan un poquito cuando nuestras miradas chocan. Le muestro opciones, sacando camisas de seda que se deslizan como caricias entre mis dedos. "Pruébate esta", le digo, guiándolo al probador. El espacio es chico, íntimo, con espejos que multiplican su figura. Se quita la camisa frente a mí, sin pudor. Su pecho tatuado, pectorales firmes, un vientre marcado que me hace tragar saliva. El aroma de su sudor fresco se mezcla con el mío, y siento un calor subiendo por mis piernas.
¿Qué chingados me pasa? Esto es trabajo, Carla. Pero su piel bronceada brilla bajo la luz tenue, y quiero lamer cada gota de ese sudor.
Le abrocho los botones despacio, mis nudillos rozando su torso. "Te queda perfecto, como si estuviera hecha para ti", susurro. Él sonríe, pícaro. "Tú también luces perfecta en ese vestido". Su mano roza mi cadera al girar frente al espejo. El roce es fuego puro. Mi corazón late como tambor en fiesta, y entre mis muslos siento esa humedad traicionera. "¿Quieres ver más opciones?" pregunto, voz ronca. Él asiente, y salimos del probador con la camisa colgando de su brazo.
La tienda está vacía ahora, solo el zumbido suave del aire acondicionado y el tráfico lejano de Reforma. Le muestro trajes, corbatas, cada prenda una excusa para acercarme. Cuando le ayudo con un saco, mis tetas rozan su espalda. Él se tensa, respira hondo. "¿Te gusta cerrar tratos así?", me dice, girándose tan cerca que su aliento cálido me besa el cuello. "Mi pasión por las ventas es total, carnal. Hago lo que sea por complacer al cliente". Mis palabras salen solas, cargadas de doble sentido. Sus ojos bajan a mi escote, y yo no me alejo.
El juego escala. Le propongo un traje completo en el probador grande, el de los clientes VIP. Entramos juntos, "para que te ayude con los detalles". Cierro la cortina. El espacio huele a nosotros ahora, a feromonas y tela almidonada. Se desabrocha el cinturón, el sonido metálico me eriza. Sus jeans caen, revelando boxers negros que apenas contienen su verga endurecida. "Carla...", murmura, y yo ya estoy de rodillas, sin pensarlo.
Mis manos suben por sus muslos, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave. Él gime bajito cuando libero su miembro, grueso, venoso, palpitante. Lo pruebo con la lengua primero, saboreando la sal de su pre-semen. "Órale, qué rico", dice entre dientes. Lo chupo despacio, sintiendo cómo crece en mi boca, el pulso acelerado contra mi paladar. Sus dedos enredan en mi pelo, guiándome sin forzar, puro instinto mutuo. El espejo refleja todo: mi boca devorándolo, sus caderas moviéndose leve, el brillo de saliva en su piel.
Esto es mejor que cualquier comisión. Su sabor me enloquece, como tequila añejo con limón.
Me levanto, jadeante, y él me besa con hambre. Sus labios carnosos devoran los míos, lengua invasora que sabe a menta y lujuria. Me arranca el vestido, exponiendo mis lencería roja. "Eres una diosa", gruñe, manos amasando mis nalgas. Me gira contra el espejo, mi clítoris rozando el vidrio frío mientras él lame mi cuello, mordisquea mi oreja. Siento sus dedos bajando mis bragas, explorando mi coño empapado. "Estás chorreando por mí", dice, y mete dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace arquear.
Gimo fuerte, sin control. El probador se llena de nuestros sonidos: chapoteo húmedo, respiraciones entrecortadas, mi "¡Sí, cabrón, así!". Él se arrodilla ahora, lengua en mi raja, lamiendo como si fuera el postre más chingón. Sabor a mi excitación, agridulce, y él la chupa con gemidos que vibran en mi piel. Mis piernas tiemblan, orgasmo construyéndose como tormenta. "No pares, pendejito caliente", le ruego, y exploto en su boca, jugos corriendo por su barbilla.
Me voltea, me levanta contra la pared. Su verga presiona mi entrada, resbaladiza. "Dime que sí", pide, ojos en llamas. "Sí, métemela toda", respondo, envolviéndolo con piernas. Entra de un empujón, llenándome hasta el fondo. Duele rico, estira mis paredes. Embestidas lentas primero, sintiendo cada vena rozándome, luego rápidas, piel contra piel chapoteando. Sudor nos pega, olores mezclados: sexo puro, almizcle animal. Sus manos aprietan mis tetas, pellizcan pezones duros como piedras.
Me corro otra vez, gritando su nombre –ni sé cuál es, pero sale "Alejandro" de mis labios, como si lo conociera de siempre. Él acelera, gruñendo "Me vengo, Carla". Siento su leche caliente inundándome, pulsos interminables. Nos quedamos pegados, respirando agitados, cuerpos temblando en afterglow.
Salimos del probador, riendo bajito como cómplices. Él compra todo: camisas, traje, corbatas. "La mejor venta de mi vida", digo, entregándole la bolsa. Me da su número garabateado en un recibo. "Para más pasión por las ventas". Su guiño me calienta de nuevo. La puerta se cierra tras él, y yo me apoyo en el mostrador, piernas flojas, coño aún latiendo. El aroma a sexo persiste en el aire, recordatorio de cómo mi pasión por las ventas se desnudó hoy.
Después, en mi depa en la Condesa, me ducho con agua caliente que lava el sudor pero no el recuerdo. Su sabor en mi lengua, el ardor entre mis piernas. Pienso en llamarlo ya, pero espero. Mañana otra venta, otro cliente. Pero él fue diferente: no solo un cierre, sino un incendio que aún quema.
Neta, si las ventas siempre fueran así, renunciaría a todo por esto.
La noche cae sobre la ciudad, luces de neón parpadeando como promesas. Me acuesto desnuda, dedos bajando solas a mi sexo sensible, reviviendo cada roce. El orgasmo viene suave, susurro, dejando un vacío dulce. Mañana abro la tienda con sonrisa fresca, lista para la próxima pasión.