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Pasiones Desordenadas

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Pasiones Desordenadas

La noche en el corazón de la Ciudad de México bullía con esa energía que solo un antro de salsa sabe desatar. El aire estaba cargado de sudor, tequila y el ritmo pegajoso de la música que hacía vibrar el piso bajo mis tacones. Yo, Ana, acababa de salir del trabajo en mi oficina del Polanco, con el estrés del día todavía picándome en la nuca. Neta que necesitaba soltarme, pensé mientras me acomodaba el vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa.

Ahí lo vi, recargado en la barra, con una camisa blanca entreabierta que dejaba ver un pecho moreno y marcado. Javier, se llamaba, o eso me dijo cuando se acercó con esa sonrisa pícara que me erizó la piel. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, como si ya supiera lo que iba a pasar. “Órale, morra, ¿vienes a bailar o nomás a verte chula?” me soltó, y su voz grave se coló por mis oídos como un ronroneo.

Le seguí el juego. “Las dos cosas, wey. ¿Y tú?” Contesté, sintiendo ya ese cosquilleo en el estómago. Bailamos. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al son de la cumbia rebajada. El calor de su cuerpo se pegaba al mío, y olía a colonia fresca mezclada con un toque de hombre que me mareaba. Cada giro, cada roce de su cadera contra la mía, encendía una chispa.

Estas pasiones desordenadas que me atacan de repente, ¿por qué carajos no puedo controlarlas?
me dije, mientras su aliento caliente me rozaba el cuello.

La tensión crecía con cada canción. Sudábamos juntos, las luces neón parpadeando sobre nosotros como fuegos artificiales. Sus dedos se deslizaban por mi espalda baja, trazando líneas que me hacían jadear bajito. “Estás cañona, Ana”, murmuró en mi oído, y su aliento sabía a mezcal cuando me besó la oreja por accidente. O no fue accidente. Mi cuerpo respondía solo, mis pezones endureciéndose contra el encaje de mi brasier, mi entrepierna humedeciéndose con anticipación.

Acto dos: la escalada. Salimos del antro tomados de la mano, el bullicio de la Reforma a nuestras espaldas. Su departamento estaba cerca, en una torre con vista al skyline. En el elevador, no aguantamos más. Me empujó contra la pared, sus labios devorando los míos con hambre. Sabían a sal y tequila, su lengua explorando mi boca con urgencia. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su nuca. “Te quiero ya, pendejito”, le susurré, riendo entre besos.

Adentro, la habitación era un remanso de lujo minimalista: sábanas de algodón egipcio, velas aromáticas a vainilla encendidas. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Sus labios en mi clavícula, bajando al valle entre mis senos. El roce de su barba incipiente me erizaba, un cosquilleo delicioso. “Mírate, tan perfecta”, dijo, mientras sus manos amasaban mis nalgas, apretándome contra su erección dura como piedra.

Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el botón de su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y palpitante, con una gota de precúm brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado. “Qué rica la tienes, carnal”, le dije, mirándolo a los ojos mientras la lamía desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y ligeramente dulce.

Esto es puro desmadre, pero qué chido desmadre. Mis pasiones desordenadas me tienen al borde, y no quiero parar.

Me tendió en la cama, sus dedos expertas abriendo mis piernas. El aire fresco besó mi coño expuesto, ya empapado. Me miró con devoción. “¿Puedo?” preguntó, siempre respetuoso. “Sí, fóllame con la lengua”, rogué. Su boca se hundió en mí, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con succión perfecta. Gemí fuerte, mis caderas arqueándose, el sonido de mis jugos siendo sorbidos llenando la habitación. Olía a sexo, a nosotrxs, un aroma almizclado que me volvía loca. Sus dedos entraron, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas, mientras su lengua danzaba sin parar.

El clímax me tomó por sorpresa, olas de placer rompiéndome en espasmos. Grité su nombre, mis muslos temblando alrededor de su cabeza. Él subió, besándome para que probara mi propio sabor en sus labios. “Ahora tú”, jadeé, volteándolo para montarlo.

Acto tres: la liberación. Me acomodé sobre él, guiando su verga a mi entrada. Lentamente, me hundí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. “¡Qué apretadita!” gruñó, sus manos en mis caderas. Empecé a moverme, primero despacio, saboreando la fricción, el roce de su pubis contra mi clítoris. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Aceleré, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sudor perlando mi piel. Él se incorporó, mamando un pezón mientras empujaba desde abajo, profundo y rítmico. “Más fuerte, Javier, dame todo”, supliqué. Sus embestidas se volvieron salvajes, su verga golpeando mi cervix con placer punzante. Olía a nuestro sudor mezclado, sentía su corazón latiendo contra mi pecho, oía sus gemidos roncos: “Me vengo, Ana...

Yo llegué primero, mi coño contrayéndose alrededor de él en pulsos intensos, un grito ahogado escapando de mi garganta. Él explotó segundos después, su semen caliente inundándome, chorros que sentía palpitar dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa contra piel. Sus brazos me envolvieron, protectorxs, mientras el mundo se aquietaba.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro en la terraza, la ciudad brillando abajo. “Esto fue neta increíble”, dijo él, besando mi hombro. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda.

Estas pasiones desordenadas no son caos, son vida pura, vibrante, mexicana hasta los huesos.
Mañana sería otro día de oficinas y tráfico, pero esta noche, éramos dueñxs de nuestro placer. Y eso, valía todo.

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