Pasión Prohibida Capítulos Completos YouTube
Estaba sola en mi depa de la Roma, con el calor de la noche mexicana pegándome en la piel como una caricia indecente. El ventilador zumbaba pendejo, moviendo el aire caliente que olía a tacos de la esquina y a mi propio sudor. Agarré el control remoto y me puse a buscar en YouTube: pasion prohibida capitulos completos youtube. Neta, necesitaba algo que me sacara del aburrimiento de mi vida de casada sin chiste. Mi carnala me había recomendado esa novela, y mientras cargaba el primer capítulo, sentí un cosquilleo en el estómago, como si supiera que iba a despertar algo prohibido en mí.
La pantalla se iluminó con esa historia de amores imposibles, besos robados en haciendas polvorientas y miradas que quemaban como tequila puro. La protagonista, con sus ojos de fuego, se entregaba a su pasión secreta, y yo... yo pensaba en Diego. Ay, Diego, el güey que me traía loca desde la fiesta de los González hace tres meses. Él, hijo del pinche rival de mi familia en el negocio de las exportaciones de aguacate, y yo, Ana, la hija buena que nunca se sale del camino. Nuestras familias se odiaban por un pleito viejo de tierras en Michoacán, pero ¿y qué? Cuando lo vi bailando cumbia en esa fiesta, con su camisa ajustada marcando los músculos del pecho y esa sonrisa pícara, supe que estaba jodida.
¿Por qué carajos me pones así, Diego? Eres como ese capítulo que no puedo dejar de ver, sabiendo que al final todo explota.
Apagué la tele de un jalón cuando el calor entre mis piernas se hizo insoportable. Me quité la blusa, quedándome en bra y shortcito, y me tiré en la cama. El olor a mi excitación flotaba en el aire, dulce y salado, como el mar de Puerto Vallarta donde soñaba ir con él. Saqué el cel y le mandé un whatsapp: "Ey cabrón, ¿sigues despierto?". Su respuesta llegó en segundos: "Siempre para ti, reina. ¿Qué traes?". Sonreí como idiota, mordiéndome el labio. Pasión prohibida capítulos completos youtube, le contesté, con un emoji de fuego. "Eso me prende, ven a mi hotel mañana", respondió él. Órale, el juego acababa de empezar.
Al día siguiente, el sol de mediodía me abrasaba la piel mientras manejaba mi Jetta rumbo al hotel boutique en Polanco. El tráfico de la Ciudad de México era un desmadre, cláxones pitando como si el mundo se acabara, pero mi pulso latía más fuerte. Aparqué y subí al lobby, con el corazón en la garganta. Diego me esperaba en la barra, con jeans rotos que le quedaban perfectos y una playera negra que olía a colonia Barbasol mezclada con hombre puro. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis chichis bajo el vestido rojo ceñido.
"Ven acá, preciosa", murmuró, jalándome a un rincón. Su mano grande en mi cintura envió chispas por mi espina. Nos besamos ahí mismo, lento al principio, sus labios suaves probando los míos como si fueran tamarindo dulce. Sentí su lengua explorando, cálida y juguetona, y el sabor a menta de su chicle me mareó. No pares, pendejo, esto es lo que necesitaba, pensé mientras mis manos se colaban por su espalda, sintiendo los músculos tensos bajo la tela.
Subimos a la habitación como ladrones, riéndonos bajito del riesgo. "Si mi viejo se entera, nos mata a los dos", dijo él, cerrando la puerta con llave. Yo lo empujé contra la pared, mis tetas presionando su pecho. "Que se joda, Diego. Esto es nuestro". El cuarto olía a sábanas frescas y asexo anticipado. Nos desnudamos despacio, él quitándome el vestido con dedos temblorosos, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. Mi piel erizada por su aliento caliente en el cuello, el roce de sus callos en mis caderas. Caí de rodillas, oliendo su verga dura a través del bóxer, ese aroma almizclado que me hacía salivar.
"Ana, neta me vuelves loco", gruñó mientras yo la sacaba, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La lamí desde la base, saboreando la sal de su piel, el pre-semen dulce en la punta. Él metió los dedos en mi pelo, gimiendo bajito, el sonido ronco vibrando en mi concha mojada. Chupé más profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, mis labios estirados, la baba corriendo por mi barbilla. Él jadeaba, "Qué chido, reina, no pares". Pero yo quería más.
Me levantó como pluma y me tiró en la cama king size. Sus manos expertas separaron mis muslos, exponiendo mi panocha hinchada y brillante. "Mírate, toda empapada por mí", dijo con voz husky, y hundió la cara ahí. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro, lamiendo círculos lentos, chupando mis labios mayores con succión que me arqueó la espalda. Olía a mi propia esencia, agria y dulce, mezclada con su sudor. Gemí fuerte, "¡Sí, cabrón, así!", mis caderas moviéndose solas contra su boca. Metió dos dedos gruesos, curvándolos en mi punto G, y el sonido chapoteante de mi humedad llenó la habitación como música prohibida.
Esto es mejor que cualquier capítulo de esa novela en YouTube. Pasión prohibida, pero real, carnal, mía.
La tensión crecía como tormenta en el desierto, mi cuerpo temblando al borde. "Fóllame ya, Diego, no aguanto", supliqué, clavándole las uñas en los hombros. Él se posicionó, su verga rozando mi entrada, caliente y resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. "Estás tan apretada, tan rica", murmuró, empezando a bombear lento, profundo. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, el olor a sexo crudo impregnando todo.
Aceleramos, yo envolviéndolo con las piernas, él clavándome con fuerza, mis tetas rebotando con cada embestida. Sudor goteando de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Grité su nombre, "¡Diego, más duro!", y él obedeció, follándome como animal, mi concha contrayéndose alrededor de su pinga. El orgasmo me golpeó como rayo, olas de placer cegador, mi visión nublada, el mundo reduciéndose a su gruñido cuando se corrió dentro, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar.
Nos quedamos jadeando, enredados en las sábanas revueltas que olían a nosotros. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo revuelto. "Esto no para aquí, ¿verdad?", pregunté bajito, el corazón aún acelerado. Él levantó la cara, ojos brillantes. "Nunca, mi amor. Somos nuestra propia pasión prohibida". Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero dentro, el afterglow nos envolvía como niebla tibia. Pensé en esos capítulos completos de YouTube que me habían llevado aquí, y sonreí. La vida es mejor que la ficción, pendejos.