Pasion Capitulo 11 Fuego en la Piel
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas de mi departamento. Yo, Sofia, estaba recargada en el balcón, sintiendo la brisa tibia acariciar mis piernas desnudas bajo el vestido corto de encaje negro. Neta, cada vez que Diego me mandaba un mensaje diciendo que ya venía, mi cuerpo se ponía en alerta, como si supiera que la pasión iba a estallar de nuevo. Habían pasado semanas desde nuestro último encuentro, y el recuerdo de sus manos fuertes sobre mi cintura me hacía apretar los muslos sin querer.
Escuché el timbre y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba él, con esa sonrisa pícara que me derretía, camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el pecho moreno y marcado. Órale, qué chulo se ve esta noche, pensé mientras lo jalaba adentro y cerraba con llave. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que el vestido apenas contenía.
Si supiera lo que le tengo preparado, se le para de volada, me dije a mí misma, imaginando ya el calor de su boca en mi cuello.
—¿Qué onda, mamacita? —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel, acercándose hasta que su aliento olía a tequila y menta fresca—. Te extrañé un chorro.
Lo besé sin decir nada, mis labios chocando contra los suyos con hambre acumulada. Su lengua se coló juguetona, saboreando mi gloss de fresa, y sus manos bajaron directo a mi culo, apretándolo con fuerza posesiva pero tierna. Esto es puro fuego, pensé, mientras el beso se profundizaba y yo sentía su verga endureciéndose contra mi vientre. Nos separamos jadeantes, y él me miró con ojos brillantes.
—Ven, pendejo, no me hagas esperar —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo mientras lo guiaba al sillón de cuero negro.
Ahí empezó todo, en el comienzo de esta pasión capitulo 11 de nuestra historia secreta. Nos sentamos uno frente al otro, pero no por mucho. Diego me jaló a su regazo, y yo me acomodé a horcajadas, sintiendo el roce áspero de sus jeans contra mi tanga húmeda ya. El aire se llenó del aroma de su colonia cítrica mezclada con mi perfume de jazmín, y el sonido de nuestras respiraciones agitadas rompía el silencio de la habitación.
Sus dedos subieron por mis muslos, lentos, torturantes, dejando un rastro de calor que me hacía arquear la espalda. Qué rico se siente su toque, como si me quemara por dentro. Le quité la camisa de un tirón, admirando sus abdominales duros bajo la luz tenue de las velas que había encendido. Mis uñas rozaron su piel, bajando hasta el botón de sus pantalones. Él gimió bajito cuando liberé su verga gruesa, palpitante, ya goteando pre-semen que lamí con la punta de la lengua, saboreando su salado almizcle.
—Ay, Sofia, eres una diosa —gruñó, mientras yo lo chupaba despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el pulso acelerado contra mi lengua. El sabor era adictivo, puro macho mexicano, y el sonido de sus jadeos me mojaba más.
Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, me quité el vestido de un movimiento fluido, quedando solo en tanga y tacones. Él se lamió los labios, ojos fijos en mis chichis firmes, pezones duros como piedritas. Lo empujé suave contra el sillón y me subí de nuevo, frotándome contra él, la tela delgada de mi tanga empapada rozando su verga caliente.
En ese momento, el deseo inicial se transformó en algo más profundo. Recordé las veces que habíamos jugado así, siempre escalando, siempre queriendo más. Esta vez va a ser épica, como el capitulo 11 de esa telenovela que vemos juntos, llena de drama y sexo salvaje, pensé, mientras él me quitaba la tanga y sus dedos exploraban mi concha resbaladiza, círculos lentos en mi clítoris que me hacían temblar.
—Estás chorreando, mi amor —me dijo, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo donde me volvía loca. Gemí fuerte, el sonido ecoando en las paredes, mientras mi cadera se movía sola, cabalgando su mano. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, ese almizcle dulce de mi excitación mezclado con su sudor.
Lo besé de nuevo, desesperada, mientras él me lamía el cuello, mordisqueando suave. Bajó la boca a mis pechos, succionando un pezón con fuerza, tirando con los dientes lo justo para doler rico. Neta, este wey sabe cómo volverme loca. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían, pero ahora solo avivaban el fuego.
Nos movimos al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas. Él se puso de pie un segundo para quitarse los pantalones, y yo lo miré desde abajo, adorando la vista de su cuerpo atlético, verga erguida como un mástil. Me acosté boca arriba, abriendo las piernas en invitación clara. Diego se arrodilló entre ellas, besando mi interior de muslos, lamiendo despacio hasta llegar a mi centro. Su lengua plana recorrió mi raja, saboreándome entera, chupando mi clítoris con maestría. El placer era eléctrico, oleadas que me tensaban los músculos, y grité su nombre mientras él metía la lengua adentro, follándome con ella.
—¡Diego, no pares, cabrón! —supliqué, jalándole el pelo. Él rio contra mi piel, vibraciones que me acercaban al borde.
Pero quería sentirlo todo. Lo empujé para que se echara, y me monté encima, guiando su verga a mi entrada. Lentamente, centímetro a centímetro, me hundí en él, sintiendo cómo me estiraba, llenaba por completo. Qué chingón se siente, tan grueso, tan mío. Empecé a moverme, despacio al principio, sintiendo cada roce, el choque de nuestros pubes, el slap slap húmedo de piel contra piel.
Él agarró mis caderas, guiándome más rápido, sus ojos clavados en mis tetas rebotando. Sudábamos, el olor salado de nuestros cuerpos mezclándose con el jazmín marchito de las velas. Aceleré, cabalgándolo con furia, mis gemidos convirtiéndose en gritos ahogados. Sentí el orgasmo construyéndose, una espiral tensa en mi vientre.
—Ven conmigo, mi reina —gruñó él, sentándose para abrazarme, follándome desde abajo con embestidas profundas. Nuestros pechos pegados, sudor resbalando, bocas chocando en besos desordenados.
Exploté primero, mi concha apretándolo en espasmos, olas de placer que me cegaron, haciendo que viera estrellas. Él me siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar adentro. Colapsamos juntos, él aún dentro de mí, respiraciones entrecortadas sincronizadas.
En el afterglow, nos quedamos así, envueltos en el calor residual. Sus dedos trazaban patrones perezosos en mi espalda, y yo besaba su pecho, escuchando el latido calmándose de su corazón. El cuarto olía a sexo satisfecho, a nosotros, y la ciudad afuera parecía lejana.
Esta pasión capitulo 11 fue la mejor hasta ahora, pura conexión, puro amor carnal, pensé, mientras él me susurraba al oído cuánto me quería.
—Te amo, Sofia. Siempre queriendo más contigo.
Yo sonreí contra su piel, sabiendo que esto no era el fin, solo otro capítulo ardiente en nuestra saga infinita. La tensión se había liberado, dejando espacio para la ternura, pero ya sentía las chispas de la próxima vez.