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La Única Diferencia Entre Un Capricho Y Una Pasión

7240 palabras

La Única Diferencia Entre Un Capricho Y Una Pasión

La noche en Polanco estaba viva con ese pulso eléctrico que solo la Ciudad de México sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las banquetas llenas de morros y morras bien puestas, riendo a carcajadas mientras el olor a tacos al pastor se mezclaba con el perfume caro y el humo de los cigarros electrónicos. Yo, Ana, acababa de entrar al rooftop bar del hotel, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. El viento fresco me erizaba la piel, y el sonido de la salsa en vivo me invitaba a mover las caderas sin pensarlo dos veces.

¿Qué chingados hago aquí sola? pensé, mientras pedía un mezcal con naranja. No era mi plan habitual los viernes, pero después de una semana de puro estrés en la oficina, necesitaba soltar el carnal. Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba trouble en letras neón. Se llamaba Javier, lo supe porque su cuate lo llamó así desde la barra. Nuestras miradas se cruzaron como chispas en la pólvora, y antes de que pudiera evitarlo, él ya estaba a mi lado, ofreciéndome un shot.

—Órale, güerita, ¿no te da miedo volar sola por estos lares? —dijo con esa voz ronca que me recorrió la espina como un escalofrío.

—Miedo nomás de los pendejos que no saben invitar bien —le contesté, guiñándole el ojo. Neta, su colonia olía a madera y algo salvaje, como el desierto después de la lluvia. Charlamos de pendejadas: el tráfico infernal de Insurgentes, lo chido que estaba el DJ mezclando cumbia con reggaetón. Pero debajo de las risas, sentía esa tensión, ese cosquilleo en el estómago que te dice este carnal te late cañón.

La pista nos jaló como imanes. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, el sudor de su cuello rozando mi mejilla. Bailamos pegaditos, cuerpos rozándose al ritmo del bombo. Es solo un capricho, me dije, una de esas noches que se olvidan con el sol. Pero su aliento caliente en mi oreja, susurrando me traes loco, me hacía dudar. Terminamos el mezcal, y sin palabras, salimos de ahí. Su departamento estaba cerca, en una torre con vista al skyline. Subimos en el elevador, y el silencio era espeso, cargado de promesas.

Adentro, la luz tenue de las velas que él prendió de volada iluminaba su sala minimalista, con arte callejero en las paredes y un ventanal enorme que mostraba las estrellas sobre Reforma. Me sirvió un tequila reposado, y nos sentamos en el sofá de piel suave. Hablamos de verdad esta vez: de cómo él era diseñador gráfico freelance, de mis locuras en marketing digital. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi piel ardiendo bajo el vestido.

La única diferencia entre un capricho y una pasión es cuánto tiempo aguantas antes de rendirte al fuego.

Pensé eso mientras sus dedos trazaban mi brazo, enviando ondas de calor directo a mi entrepierna. Lo besé primero, harta de juegos. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron en un baile húmedo y salvaje, gimiendo bajito contra su boca. Me levantó como si no pesara nada, cargándome al cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente.

Desnúdate para mí, Ana —murmuró, su voz un ronroneo que me mojó al instante. Obedecí, lenta, dejando que viera cada curva. Mis chichis libres, pezones duros como piedras, mi panocha ya palpitando de anticipación. Él se quitó la camisa, revelando un torso marcado por gym y tatuajes que contaban historias en su piel morena. Olía a hombre, a sudor fresco y esa colonia que me volvía loca.

Me recostó con cuidado, besando mi cuello, lamiendo el lóbulo de mi oreja mientras sus manos exploraban. Sus dedos juguetones rozaron mis muslos internos, abriéndome como una flor. Neta, este wey sabe, gemí cuando su boca bajó a mis tetas, chupando un pezón con succiones que me arquearon la espalda. El sonido de su saliva en mi piel, húmedo y obsceno, se mezclaba con mi respiración agitada. Bajó más, besos calientes por mi vientre, hasta llegar a mi centro.

—Estás chingona mojada, preciosa —dijo, antes de hundir la lengua en mi clítoris. ¡Ay, cabrón! El placer fue como un rayo, oleadas de calor subiendo por mi cuerpo. Lamía despacio al principio, círculos suaves que me hacían retorcer, luego más rápido, chupando mi juguito como si fuera el mejor mezcal. Mis manos en su pelo, jalándolo contra mí, gritando ¡sí, así, no pares! El olor de mi arousal llenaba el aire, almizclado y dulce, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta patronal.

Lo quería dentro. Lo empujé hacia arriba, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras él gemía ronco. Esto no es capricho, pensé, esto quema hasta el alma. Me puse encima, frotando su pija contra mi raja húmeda, lubricándonos mutuamente. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. El estirón inicial me sacó un grito ahogado, luego puro gozo.

Cabalgamos como posesos. Mis caderas girando, rebotando, el slap-slap de piel contra piel resonando en el cuarto. Sus manos en mis nalgas, amasándolas, un dedo rozando mi ano juguetón. Sudor resbalando por nuestros cuerpos, mezclándose, el sabor salado cuando lamí su pecho. Aceleré, persiguiendo el orgasmo, mis paredes apretándolo como vicio. Él se incorporó, mamando mis tetas mientras yo lo montaba duro. Me vengo, Javier, ¡me vengo! Exploté en olas, contrayéndome alrededor de su verga, visión borrosa de placer puro.

No paró. Me volteó boca abajo, penetrándome desde atrás con embestidas profundas que me taladraban el alma. Su pelvis chocando mis pompas, bolas golpeando mi clítoris sensible. Agarró mi pelo suave, tirando lo justo para arquearme, besando mi espalda sudada. Estás tan rica, Ana, tan apretada, gruñía. Yo empujaba hacia atrás, pidiendo más, rómpeme, carnal, hazme tuya. El segundo clímax me pilló desprevenida, un tsunami que me dejó temblando, gritando su nombre como oración.

Se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de mí, pulsando mientras rugía. Colapsamos juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su brazo alrededor de mi cintura, besos perezosos en mi hombro. El cuarto olía a sexo crudo, a nosotros, y la ciudad zumbaba lejana afuera.

Neta, eso fue la neta —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo.

La única diferencia entre un capricho y una pasión es que el capricho se apaga rápido, pero esto... esto arde eterno.
No sabía si era el principio de algo o solo una noche épica, pero en ese momento, con su calor envolviéndome, no importaba. Me sentía viva, empoderada, mujer en todo su esplendor. El sol empezaría a salir pronto, tiñendo el cielo de rosa, pero por ahora, éramos solo nosotros, en esta burbuja de placer compartido.

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