Abismo de Pasion Capitulo 113
El sol se ponía sobre la playa de Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de naranjas y rosas que se reflejaban en el mar como un fuego líquido. Yo, Ana, estaba parada en la terraza de la villa que mi carnal Marco y yo habíamos rentado para escaparnos del pinche ajetreo de la Ciudad de México. Hacía semanas que no nos veíamos por sus viajes de negocios, y cada noche soñaba con su piel morena, áspera por el sol, y ese olor a sal y sudor que me volvía loca. Neta, este wey me tiene en el abismo de pasion, pensé mientras sorbía un trago de tequila reposado, el líquido quemándome la garganta como una promesa de lo que vendría.
Marco llegó cuando la noche empezaba a caer, su silueta recortada contra las luces del malecón. Traía esa sonrisa pícara, la de siempre, que me hacía sentir como una chava de veinte otra vez. "¡Ey, mi reina!", gritó mientras subía las escaleras de madera, sus pasos resonando como tambores en mi pecho. Lo abracé fuerte, hundiendo la cara en su cuello, inhalando ese aroma a mar y a él, a hombre puro. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando despacio hasta mis nalgas, amasándolas con esa posesión juguetona que me erizaba la piel.
Abismo de pasion capitulo 113, escribí mentalmente en mi diario imaginario. Este era el capítulo donde todo explotaba de nuevo.
"Te extrañé tanto, pendejo", le murmuré al oído, mordisqueando su lóbulo. Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi cuerpo. "Yo más, mi amor. Mira lo que me haces", dijo, guiando mi mano a su entrepierna. Sentí su verga dura bajo los jeans, palpitando como un corazón salvaje. El deseo me subió por el vientre como una ola caliente, humedeciéndome ya entre las piernas.
Entramos a la villa, las luces tenues iluminando los muebles de mimbre y las cortinas blancas que ondeaban con la brisa salada. Nos besamos con hambre, lenguas enredándose, saboreando el tequila en su boca y el dulce de mi labial de mango. Sus manos subieron por mi blusa suelta, quitándosela con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco. "Qué chulas están, Ana", gruñó, lamiendo un pezón hasta endurecerlo, chupándolo con succiones que me arrancaron gemidos. Yo arqueé la espalda, clavando las uñas en su nuca, oliendo su cabello recién lavado con shampoo de coco.
Pero no queríamos prisa. Este abismo de pasion se construía lento, como las mejores novelas. Lo empujé al sofá, arrodillándome entre sus piernas. Desabroché su cinturón, el sonido metálico como un disparo en la quietud. Saqué su verga gruesa, venosa, ya goteando precúm que lamí con la punta de la lengua, salado y almizclado. "¡Ay, cabrón, qué rica la tienes!", exclamé, metiéndomela hasta la garganta, sintiendo cómo se hinchaba más. Él jadeaba, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, solo disfrutando. El sonido de mi boca chupando, húmeda y obscena, llenaba la habitación, mezclado con su "sí, así, mi chula".
Me levantó de pronto, cargándome como si no pesara nada, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me quitó el short, besando mi ombligo, bajando por el monte de Venus hasta mi concha empapada. "Estás chorreando, amor", dijo con voz ronca, separando mis labios con los dedos, oliendo mi excitación dulce y agria. Su lengua entró como un rayo, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupándolo hasta que vi estrellas. Grité, retorciéndome, el placer subiendo en espasmos que me tensaban los muslos. Esto es el cielo, wey, no pares, pensé, mientras mis jugos le corrían por la barbilla.
Pero el conflicto ardía dentro de mí. Habíamos peleado antes de su viaje, por celos tontos de una güey en su oficina. "¿Confías en mí, Ana?", me había dicho por teléfono, y yo, terca, "neta sí, pero duele". Ahora, en la penumbra, con su cara entre mis piernas, lo perdoné todo. Lo jalé arriba, besándolo con mi propio sabor en sus labios. "Sí confío, Marco. Eres mío". Él sonrió, esa sonrisa que derretía mis dudas, y se hundió en mí de un solo empujón.
Su verga me llenó por completo, estirándome deliciosamente, rozando ese punto dentro que me volvía loca. Empezó lento, embestidas profundas que hacían crujir la cama, nuestros cuerpos chocando con palmadas húmedas. Sudábamos, el olor a sexo impregnando el aire, mezclado con el jazmín del jardín que entraba por la ventana. "Más fuerte, cabrón", le pedí, clavando las piernas en su espalda. Aceleró, clavándome como un animal, sus bolas golpeando mi culo. Yo arañaba su espalda, dejando marcas rojas, gritando "¡Sí, así, me vengo!". El orgasmo me partió en dos, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo con pulsos que lo hicieron gemir.
No paró. Me volteó a cuatro patas, admirando mi culo redondo. "Qué nalgas tan ricas", dijo, dándome una nalgada juguetona que sonó como un latigazo. Entró de nuevo, más profundo, sus caderas chocando contra mí. Sentía cada vena, cada pulso, el calor de su piel pegada a la mía. Mis tetas se mecían con cada estocada, pezones rozando las sábanas ásperas.
En este abismo de pasion capitulo 113, nos perdemos para siempre, pensé, mientras otro clímax se acercaba, mis paredes apretándolo como un puño.
La tensión crecía, no solo física. Recordé nuestras noches en la hacienda de sus papás en Jalisco, donde todo empezó con un beso robado bajo las estrellas. Él era el dueño de la constructora familiar, yo la diseñadora que contrataron. De un roce profesional a esto: amantes inseparables. "¿Me amas?", jadeó él, ralentizando para mirarme a los ojos, su frente perlada de sudor goteando en mi espalda. "Más que a nada, mi rey", respondí, volteando para besarlo, lenguas danzando mientras él aceleraba de nuevo.
El clímax final nos golpeó juntos. "Me vengo, Ana", rugió, hinchándose dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar, escurriendo por mis muslos. Yo exploté con él, un grito ahogado que salió de lo más hondo, el mundo disolviéndose en placer puro, ondas que me dejaban temblando. Colapsamos, enredados, su peso sobre mí reconfortante, corazones latiendo al unísono como tambores de mariachi.
En el afterglow, la brisa marina nos enfriaba la piel pegajosa. Él me acariciaba el pelo, besando mi sien. "Perdóname por lo de antes, mi vida. Eres la única". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho velludo. "Ya pasó, amor. Esto es nuestro abismo, y yo me lanzo de cabeza". Nos quedamos así, escuchando las olas rompiendo a lo lejos, el sabor salado de lágrimas felices en mis labios. Mañana seguiría el mundo, pero esta noche, en este capitulo 113, éramos eternos.
La luna entró por la ventana, bañándonos en plata, y supe que nuestro fuego nunca se apagaría. En el abismo de pasion, nos encontrábamos siempre.