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El Color de la Pasion de los Actores

5930 palabras

El Color de la Pasion de los Actores

En los pasillos del foro de Televisa, donde el aire huele a café recién molido y a maquillaje fresco, yo, Daniela, la protagonista de El Color de la Pasión, sentía que el guion se me escapaba de las manos. Cada toma con Marco, mi coprotagonista, el galán de ojos verdes que volvía locas a las chavas en todo México, era como un juego de miradas cargadas de algo más que drama ficticio. Ese día, después de grabar la escena del beso apasionado en la hacienda, mi piel todavía ardía. El director gritó "¡Corte!" y todos aplaudieron, pero Marco no me soltó la cintura de inmediato. Sus dedos se hundieron un poquito más en mi cadera, y olí su colonia, esa mezcla de madera y limón que me ponía los nervios de punta.

¿Qué chingados me pasa con este pendejo? pensé mientras me apartaba, fingiendo ajustar mi vestido rojo de época. Marco era el actor perfecto: alto, con esa mandíbula marcada y un tatuaje discreto en el pecho que asomaba cuando se quitaba la camisa en las escenas hot. Habíamos empezado como colegas en El Color de la Pasión, pero las semanas de ensayos intensos, las pláticas hasta la madrugada en el catering, habían encendido una chispa. Él me guiñaba el ojo en los comerciales, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, como cuando comes tamales demasiado picantes.

La tensión creció esa noche en la locación de Guadalajara. El set era un paraíso de luces tenues y velas artificiales que olían a vainilla. Después de la última toma, el equipo se fue a cenar pozole en el centro, pero Marco me convenció de quedarnos.

"Vamos a repasar las líneas, Dani. Solo tú y yo, como actores de verdad."
Su voz ronca, con ese acento chilango que me derretía, no dejó lugar a dudas. Caminamos por el jardín del hotel, el aire fresco de la noche trayendo el aroma de jazmines y tierra mojada por la lluvia reciente. Mis tacones crujían sobre la grava, y cada paso hacía que mis muslos rozaran, recordándome lo húmeda que ya estaba.

Entramos a su suite, la puerta se cerró con un clic suave que sonó como una promesa. Marco se acercó, su aliento cálido en mi cuello. Su piel sabe a sal y deseo, pensé cuando me besó por primera vez de verdad, no como en el guion. Sus labios eran firmes, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Lo empujé contra la pared, sintiendo su erección dura contra mi vientre. "Eres una diosa, Dani", murmuró, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido. El roce de sus callos —de tanto gimnasio— me erizaba la piel.

Nos movimos al balcón, donde la ciudad brillaba abajo como un mar de luces. Él me sentó en la barandilla, el viento fresco lamiendo mis piernas abiertas. Marco se arrodilló, besando mi interior de los muslos, inhalando mi aroma. Qué rico huele ella, como miel y mujer, imaginé que pensaba, porque sus ojos lo decían todo. Su lengua encontró mi clítoris, suave al principio, luego voraz, chupando y lamiendo hasta que gemí bajito, agarrando su cabello negro. El sonido de mi propia humedad, ese chapoteo obsceno, se mezclaba con el tráfico lejano. "¡Órale, Marco, no pares, cabrón!" le supliqué, mis caderas moviéndose solas.

Pero él se levantó, quitándose la camisa con un movimiento fluido. Su pecho musculoso brillaba bajo la luna, y yo tracé el camino de vello hasta su pantalón. Lo desabroché, liberando su verga gruesa, venosa, que palpitaba en mi mano. La probé, salada y caliente, pasando la lengua por la punta mientras él gruñía. Esto es mejor que cualquier telenovela, pensé, tragándomela más profundo, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Marco me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size, donde las sábanas olían a lavanda fresca.

Ahí empezó el verdadero fuego. Me puse encima, cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome. Sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros, enviaban descargas eléctricas directo a mi centro. "Muévete, nena, cabalga a tu galán", me dijo con esa sonrisa pícara de El Color de la Pasión. Aceleré, el slap-slap de piel contra piel llenando la habitación, mi sudor goteando en su abdomen. Él volteó, poniéndome de perrito, embistiéndome fuerte, su pelvis chocando contra mi culo. Olía a sexo puro, a nosotros dos mezclados. Es tan chingón, este actor me va a matar de placer.

La intensidad subió cuando me giró de nuevo, mirándome a los ojos.

"Te quiero, Dani, no solo en la tele, en la vida real."
Sus palabras me derritieron, y lo besé mientras él me penetraba profundo, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí alto, arañando su espalda, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. Él aceleró, sus bolas golpeando mi piel, hasta que explotamos juntos. Sentí su leche caliente llenándome, mi concha contrayéndose alrededor de él, pulsos y temblores que duraron minutos. Colapsamos, jadeando, el aire pesado con nuestro olor.

En el afterglow, acurrucados bajo las sábanas revueltas, Marco trazaba círculos en mi espalda. La ciudad susurraba afuera, y yo pensé en cómo El Color de la Pasión nos había unido como actores, pero esto era nuestro secreto, más real que cualquier guion. "Mañana grabamos la escena de la cama, ¿y si la hacemos como esta?" bromeó él, y reí, besándolo de nuevo. El deseo no se apagó; solo se transformó en algo más profundo, prometiendo noches como esta por venir.

Desde esa noche, cada toma en el set era un recordatorio. Sus miradas cargadas, mis sonrojos fingidos. Los demás actores murmuraban sobre la química explosiva en El Color de la Pasión, pero solo nosotros sabíamos el color verdadero de nuestra pasión: rojo sangre, ardiente como el tequila reposado.

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