Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Fue una noche de pasion inolvidable Fue una noche de pasion inolvidable

Fue una noche de pasion inolvidable

7190 palabras

Fue una noche de pasion inolvidable

La música retumbaba en la casa de la Roma, con ese ritmo de cumbia rebajada que te hace mover las caderas sin querer. Era una de esas fiestas chidas de fin de semana, con luces tenues, olor a tacos al pastor flotando desde la terraza y mezcal Negrita en vasos de bambú. Yo, Ana, llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir mamacita total, con el cabello suelto y un toque de perfume de vainilla que siempre atrae miradas. Hacía meses que no salía así, desde que terminé con mi ex pendejo que no sabía ni dónde estaba el clítoris en un mapa.

Estaba platicando con unas amigas cuando lo vi. Alto, moreno, con esa barba recortada perfecta y ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna. Se llamaba Marco, lo supe porque una güey le gritó su nombre desde el otro lado de la sala. Vestía camisa blanca arremangada, mostrando unos brazos fuertes, de esos que te imaginas rodeándote. Nuestras miradas se cruzaron y órale, sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.

¿Qué pedo, Ana? ¿Ya te lanzas con el primero que te mira? Pero neta, ese wey tiene algo... esa vibra de hombre que sabe lo que quiere.

Me acerqué a la barra por otro trago y él apareció a mi lado, con una sonrisa pícara. "¿Qué tal, preciosa? ¿Ya te conquistó la noche o necesitas ayuda?" Su voz era grave, ronca, con acento chilango puro. Le contesté con una risa, "Ay, wey, con este mezcal ya voy ganando, pero no le digo que no a compañía chida." Empezamos a platicar, de la ciudad, de lo caótico que es el tráfico en Insurgentes, de cómo el amor en México es puro desmadre. Cada roce accidental de su mano en mi brazo mandaba chispas por mi piel, y el calor de su cuerpo cerca del mío olía a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese aroma que te pone el pulso acelerado.

La tensión crecía con cada sorbo. Bailamos pegaditos, sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. Sentí su verga presionando contra mí, firme, prometedora. "¿Quieres salir a tomar aire?" me susurró al oído, su aliento caliente en mi cuello. Asentí, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano.

Acto dos: la escalada

Salimos a la terraza, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que ardía dentro de mí. Las estrellas parpadeaban sobre los edificios, y el ruido de la fiesta se volvió un murmullo lejano. Nos besamos ahí mismo, sus labios suaves pero exigentes, lengua explorando mi boca con sabor a humo y mezcal. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretándolas con fuerza, y yo gemí bajito, arqueándome contra él.

"Ven conmigo, Ana. Vivo aquí cerquita." No lo pensé dos veces. Tomamos un Uber de dos minutos, riéndonos como pendejos, besándonos en el asiento trasero. Su departamento era en la Condesa, minimalista, con ventanales enormes y una cama king size que gritaba sexo. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con hambre. Le quité la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo sus pezones duros mientras él jadeaba.

¡Qué rico huele! Sudor, piel caliente, deseo puro. Mi panocha ya está empapada, latiendo por él.

Me cargó hasta la cama como si no pesara nada, sus músculos tensos bajo mis manos. Me desvistió despacio, saboreando cada centímetro: el vestido cayó al piso con un susurro, mi brasier negro siguió, y mis tetas saltaron libres, pezones erectos pidiendo atención. Él los chupó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer directo a mi clítoris. "Estás deliciosa, nena. Quiero comerte entera." Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando hasta mi tanga húmeda. La apartó con los dientes, y su lengua encontró mi chochito, lamiendo lento, círculos en el clítoris que me hicieron arquear la espalda.

El sonido de sus lamidas era obsceno, húmedo, mezclado con mis gemidos ahogados. "¡Ay, Marco, qué chido! No pares, wey." Metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en el punto G, mientras succionaba fuerte. Mi cuerpo temblaba, el olor a sexo llenaba la habitación, almizclado y adictivo. Vine rápido, fuerte, gritando su nombre, las piernas apretándole la cabeza mientras olas de placer me recorrían desde el útero hasta las yemas de los dedos.

Pero no paramos. Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillante de precum. La tomé en la mano, sintiendo su calor pulsante, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando su gusto salado. "Mmm, qué verga tan rica, papi." La chupé profundo, garganta relajada, mientras él gruñía y me jalaba el pelo suave. Sus caderas se movían, follando mi boca con ritmo, pero siempre atento, preguntando "¿Está bien, amor?" Claro que sí, todo consensual, puro fuego mutuo.

Me subió encima, yo cabalgándolo despacio al principio, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo marcaba el paso, rebotando más rápido, mis tetas saltando, sudor perlando nuestras pieles. El slap-slap de carne contra carne, nuestros jadeos, el crujir de las sábanas... todo era sinfonía erótica. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, mirándonos a los ojos mientras empujaba fuerte, rozando mi clítoris con su pubis. "Te sientes increíble, Ana. Tan apretadita, tan mojada por mí."

Esto es lo que necesitaba. Un hombre que me haga sentir diosa, que me coja como si el mundo se acabara.

La intensidad subió, mis uñas en su espalda, sus embestidas más salvajes. Vine otra vez, convulsionando alrededor de su verga, y él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como animal. Colapsamos, sudorosos, entrelazados.

Acto tres: el afterglow

Yacimos ahí, respiraciones calmándose, su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su cabello húmedo. El cuarto olía a sexo satisfecho, a vainilla de mi perfume mezclada con su esencia. Afuera, la ciudad zumbaba bajito, luces de autos pasando como estrellas fugaces.

"Fue una noche de pasión inolvidable, ¿verdad?" murmuró él, besándome el hombro. Sonreí, recordando cada roce, cada gemido. "Neta, wey. La mejor en mucho tiempo." Hablamos un rato, de sueños, de lo jodido que es encontrar conexión real en esta pinche ciudad. No fue solo sexo; hubo risas, miradas que decían más, un lazo chiquito pero poderoso.

Al amanecer, nos despedimos con un beso largo en la puerta, prometiendo números de teléfono y quizás un café. Caminé a mi casa con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles: su piel áspera, su verga dura, sus labios en mi piel. Fue una noche de pasión que me recordó que el deseo no se apaga, solo espera el momento perfecto para explotar.

Desde esa noche, cada vez que huelo mezcal o escucho cumbia, mi cuerpo despierta. Marco y yo nos vimos de nuevo, pero esa primera vez... esa fue pura magia mexicana, consensual y ardiente como el sol de Coyoacán.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.