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Pasiones Juveniles Segun la Biblia

6253 palabras

Pasiones Juveniles Segun la Biblia

En el calor sofocante de aquel atardecer en Guadalajara, el aire olía a jazmines marchitos y a tierra húmeda después de la lluvia. Yo, Ana, de veintitrés años, acababa de salir de la reunión de jóvenes en la iglesia del barrio. Todos éramos adultos, pero con esa hambre de vida que solo la juventud trae, esa que la Biblia describe en sus versos más ardientes. Ahí estaba él, Javier, el wey alto y moreno con ojos que brillaban como carbones encendidos. Siempre se sentaba al fondo, callado, pero su mirada me quemaba la piel cada vez que recitábamos pasajes del Cantar de los Cantares.

¡Qué chido sería tocar esa piel curtida por el sol!, pensaba yo mientras recogía mis cosas. Javier se acercó, con su camisa blanca pegada al pecho por el sudor, oliendo a jabón barato y a hombre de verdad.

"Oye, Ana, ¿te late si platicamos un rato de pasiones juveniles según la biblia? Ese capítulo de hoy me dejó pensando."

Su voz grave me erizó la nuca. Simón, le dije, y caminamos hacia el parque cercano, donde las luces de los faroles empezaban a encenderse. Nos sentamos en una banca de madera astillada, el roce de su muslo contra el mío enviando chispas por mis venas. Hablamos de Salomón y su amada, de cómo la Escritura no esconde el fuego del deseo. "Mira, que te bese con los besos de su boca, dice ahí. Neta, Ana, ¿no te prende eso?" Su aliento cálido rozaba mi oreja, y yo sentía mi corazón latiendo como tambor en fiesta patronal.

La tensión crecía con cada palabra. Mis pechos se endurecían bajo la blusa, y un calor húmedo se acumulaba entre mis piernas. Javier me tomó la mano, sus dedos callosos rozando mi palma suave, y me recitó: "Tu ombligo es como un tazón redondo". Reí nerviosa, pero mi cuerpo gritaba por más. El olor de su sudor mezclado con el mío nos envolvía, como un perfume prohibido.

Al día siguiente, en mi cuartito de la casa familiar, no podía sacármelo de la cabeza. Me recosté en la cama, el ventilador zumbando perezoso, y abrí la Biblia en esa página marcada. Leí en voz alta, imaginando su voz: "Los vientos del norte y del sur han entrado en tu huerto". Mis manos temblaban al deslizarse por mi vientre, tocando la piel ardiente. Pero esto no es suficiente, wey, pensé. Necesitaba lo real.

Lo invité a mi casa esa noche, mis papás en una boda del pueblo. Cuando abrió la puerta, traía una botella de tequila artesanal y esa sonrisa pícara. "Para avivar las pasiones juveniles según la biblia", dijo guiñando. Nos sentamos en el sillón viejo, el cuero crujiendo bajo nuestros cuerpos. Un trago, dos, y sus labios encontraron los míos. Sabían a tequila ahumado y a promesas rotas. Su lengua exploró mi boca con hambre santa, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando mi falda.

¡Órale, qué rico se siente esto! Mi mente era un remolino. Lo empujé suave contra el respaldo, montándome a horcajadas. Sentí su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela. "Javier, desnúdame como en el Cantar", le susurré, mordiendo su labio inferior. Él obedeció, desabotonando mi blusa con dedos torpes de excitación. Mis tetas saltaron libres, pezones oscuros y tiesos como piedras de río. Los lamió, succionó, el sonido húmedo llenando la habitación, mezclado con mis gemidos ahogados.

El aire se cargó de nuestro aroma: sudor salado, esencia femenina dulce y almizclada, la suya terrosa y potente. Bajé su pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor vivo, el pulso acelerado como mi propio corazón. "Es tuya, Ana, mi hermana, mi esposa", murmuró citando la Biblia, y eso me mojó más. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen, el sabor amargo y adictivo.

Pero quería más. Lo guié a mi cama, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel en llamas. Me quitó las bragas de encaje, inhalando profundo mi olor. "Hermosa entre las mujeres", dijo antes de hundir su cara entre mis piernas. Su lengua danzó en mi clítoris, chupando, lamiendo, mientras dos dedos gruesos entraban y salían de mi chocha empapada. El sonido era obsceno: chapoteos líquidos, mis jadeos roncos.

No pares, pendejo, hazme volar como en las Escrituras,
pensé, arqueando la espalda.

La tensión subía como tormenta en el cerro. Javier se incorporó, su pecho ancho reluciente de sudor. Me penetró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué chingón! Llenaba cada rincón de mí, su verga golpeando profundo. Empezamos un ritmo frenético, piel contra piel, el slap-slap resonando como aplausos en kermés. Agarré sus nalgas firmes, clavando uñas, mientras él me mamaba las tetas. El olor a sexo crudo nos ahogaba, el sabor de su cuello salado en mi lengua.

Internamente luchaba: Esto es pecado, pero la Biblia habla de pasiones puras, de amor total. Javier lo sentía, susurró: "Somos como ellos, Ana, jóvenes en llamas". Aceleramos, mis paredes contrayéndose alrededor de él, el orgasmo construyéndose como volcán. Grité su nombre cuando exploté, oleadas de placer sacudiendo mi cuerpo, jugos calientes empapando las sábanas. Él gruñó, embistiendo salvaje, y se corrió dentro, chorros calientes llenándome, su semen goteando por mis muslos.

Quedamos jadeantes, enredados. El ventilador secaba nuestro sudor, el cuarto olía a clímax compartido. Javier me besó la frente, suave ahora. "Yo soy de mi amado, y mi amado es mío". Reí bajito, trazando círculos en su pecho. Las pasiones juveniles según la biblia no mienten, pensé. No era solo sexo; era conexión, fuego bendito en cuerpos mortales.

Después, envueltos en las sábanas, platicamos de futuro. Él quería casarse en la iglesia, hacer oficial este amor salvaje. Yo asentí, sabiendo que volveríamos a desatarlo una y otra vez. El amanecer pintaba el cielo de rosa, y en ese afterglow, todo era perfecto: pieles marcadas por besos, almas en paz, pasiones juveniles según la biblia hechas carne.

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