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Desatando Pasiones Vergonzosas

6127 palabras

Desatando Pasiones Vergonzosas

Ana siempre había sido la chica correcta, de esas que en el barrio de Coyoacán todos veían como la santa. Treinta y cinco años, curvas que escondía bajo blusas holgadas y faldas hasta la rodilla, trabajando de contadora en una oficina del centro. Pero en las noches, sola en su departamentito con vista al jardín compartido, su mente volaba a lugares prohibidos. Pasiones vergonzosas, se decía, mientras el calor entre sus piernas la traicionaba.

Al lado vivía Marco, el mecánico chingón del taller de la esquina. Alto, moreno, con brazos tatuados que brillaban de sudor bajo el sol de México. Lo había visto desde que se mudó hace dos años: él arreglando su troca vieja, ella fingiendo regar las macetas. Cada mirada robada era como un chispazo. ¿Qué pensaría la vecindad si supieran que lo imagino desnudo?, se recriminaba Ana, sintiendo el pulso acelerado en el cuello.

Una tarde de viernes, el aire olía a tierra mojada por la lluvia repentina. Ana salía a la tiendita por cigarros –sí, fumaba a escondidas, otro secreto– cuando lo topó de frente. Marco cargaba una caja de cervezas, su camiseta pegada al pecho por el agua.

—Órale, vecina, ¿mojándote como yo? —dijo él con esa sonrisa pícara, ojos cafés clavados en los suyos.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, el olor a jabón barato y motor mezclado con su sudor la invadió. Neta, huele a hombre de verdad.

—Sí, qué chinga, esta lluvia... —balbuceó ella, ruborizándose como niña.

Charlaron de tonterías: el tráfico en Insurgentes, el puesto de tacos que cerraría. Pero el aire entre ellos vibraba. Marco la invitó a su casa por un café. Es solo café, Ana, no seas pendeja, pensó ella, pero sus piernas la llevaron tras él.

El depa de Marco era un desmadre chido: posters de luchadores, una tele grande y olor a comida casera. Le sirvió café de olla, dulce y humeante, y se sentaron en el sofá viejo. Sus rodillas se rozaron. Ana olió su loción barata, sintió el calor de su muslo. El corazón le latía en los oídos.

—Siempre te veo por la ventana, Ana. Eres como un misterio —murmuró él, su voz ronca rozándole la oreja.

Ella tragó saliva, el café quemándole la lengua. Pasiones vergonzosas que había enterrado bajo años de seriedad. Pero ahí estaba, el deseo crudo, como un volcán en Xochimilco.

La mano de Marco subió por su brazo, áspera por el trabajo, pero suave en la caricia. Ana no se apartó. Al contrario, giró el rostro y sus labios se encontraron. Fue un beso torpe al principio, como adolescentes en el parque, pero pronto se volvió hambre. Lenguas danzando, sabor a café y tequila que él había bebido antes. Sus manos exploraron: él apretando sus caderas, ella enredando dedos en su pelo negro y revuelto.

Esto está mal, pero se siente tan chido, pensó Ana mientras él le quitaba la blusa. Sus tetas grandes quedaron al aire, pezones duros como piedras. Marco jadeó, besándolas con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro. El sonido de su boca húmeda, los gemidos que escapaban de ella, llenaban la habitación. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que la volvía loca.

Se levantaron, tropezando, riendo nerviosos. La ropa voló: falda de Ana en el piso, pantalón de él mostrando una verga gruesa, venosa, lista. Ana la tocó, piel caliente y sedosa, latiendo en su palma. Es más grande de lo que soñé. Marco la cargó a la cama, colchón que crujió bajo su peso. La tumbó despacio, besando su cuello, bajando por el vientre hasta su panocha depilada, húmeda y brillante.

—Déjame probarte, reina —susurró, voz grave como mariachi en serenata.

La lengua de él la lamió, círculos lentos en el clítoris, succionando jugos dulces. Ana arqueó la espalda, uñas clavadas en las sábanas, olor a sexo invadiendo todo. Gemía sin control: ¡Ay, wey, no pares! El placer subía como ola en Acapulco, tenso, interminable.

Pero quería más. Lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gruñeron. El ritmo empezó suave, piel contra piel chapoteando, sudor perlando sus cuerpos. Marco embestía profundo, bolas golpeando su culo, mientras ella clavaba talones en su espalda.

—Estás tan rica, Ana... tan apretada... —jadeaba él, mordiendo su hombro.

Ella respondía con caderas alzadas, follando de vuelta, dueña de su placer. Estas pasiones vergonzosas son mías, carajo. El cuarto olía a ellos: sudor salado, fluidos íntimos, sábanas revueltas. Sonidos obscenos: carne chocando, alientos entrecortados, su nombre en labios de él.

La tensión crecía. Ana sentía el orgasmo acechando, como tormenta en el Popo. Marco aceleró, verga hinchándose dentro. Ella lo apretó con músculos internos, ordeñándolo. Vente conmigo, pensó. Gritó primero, cuerpo convulsionando, jugos chorreando. Él la siguió, rugiendo, llenándola de leche caliente que goteaba entre sus muslos.

Se derrumbaron, exhaustos, pegajosos. El ventilador zumbaba perezoso, aire fresco secando el sudor. Marco la abrazó, besos suaves en la frente. Ana sonrió, pecho subiendo y bajando. No había vergüenza ahora, solo paz. Pasiones vergonzosas desatadas, pero puras, como mole en domingo.

—Neta, vecina, esto no fue un error —dijo él, acariciando su pelo.

—No, carnal. Fue lo que necesitaba —respondió ella, voz ronca de placer.

Se quedaron así hasta el amanecer, hablando de sueños postergados: ella queriendo viajar a la playa, él soñando con su propio taller grande. El sol entró por la ventana, dorando sus cuerpos entrelazados. Ana se sentía nueva, empoderada. Ya no la santa del barrio, sino mujer con fuego propio.

Salieron juntos a la tiendita esa mañana, manos rozándose. Los vecinos chismearían, pero qué chingados. Sus pasiones ya no eran vergonzosas; eran libres, calientes como el asfalto de la Ciudad de México en verano.

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