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Abismo de Pasión Completa

7710 palabras

Abismo de Pasión Completa

La noche en Playa del Carmen caía como un manto caliente y pegajoso, con el aire salado del mar Caribe mezclándose al aroma dulce de las flores tropicales que rodeaban el resort. Ana, con su vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, caminaba por la terraza del bar al aire libre. Tenía treinta y cinco años, piel morena que brillaba bajo las luces de neón, y un fuego interno que llevaba semanas conteniendo después de una ruptura que la había dejado seca, como diría su carnal en México City.

¿Cuánto tiempo más voy a estar así de caliente y sola? —pensó Ana, mientras sorbía su margarita helada, el limón fresco explotando en su lengua con un toque salado que le recordaba el sudor de cuerpos entrelazados.

Entonces lo vio. Javier, alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés profundos que gritaban experiencia. Estaba apoyado en la barra, platicando con el barman, su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver un tatuaje de un águila devorando una serpiente. Chingón, murmuró Ana para sí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo a sus muslos.

Él la miró de reojo, y sus labios se curvaron en una sonrisa pícara. Órale, mami, ¿vienes a conquistarme o qué? —dijo Javier con esa voz grave, ronca como el rugido lejano de las olas. Ana se acercó, el viento juguetón levantando su falda lo justo para que él oliera su perfume de vainilla y jazmín.

—Neta que sí, guapo. ¿Me invitas una chela o nomás estás de mirón? —respondió ella, coqueta, su acento chilango puro haciendo que Javier se riera con ganas.

Charlaron de todo y nada: de la pinche vida en la CDMX, de cómo el mar los llamaba como un imán, de antojos que no se saciaban fácil. Cada roce accidental —su mano en su brazo, el roce de rodillas bajo la mesa— encendía chispas. El sonido de la salsa en vivo llenaba el aire, ritmos calientes que hacían vibrar sus cuerpos. Ana sentía su piel erizarse, el pulso acelerado latiendo en su cuello, y olía su colonia masculina, terrosa y adictiva.

Al rato, Javier la tomó de la mano. —Ven, baila conmigo, ricura. —La pista estaba abarrotada de cuerpos sudados, luces parpadeantes. Sus caderas se pegaron al ritmo, ella sintiendo la dureza de él presionando contra su vientre. Carajo, este wey me va a volver loca, pensó Ana, mientras sus manos exploraban la espalda musculosa de Javier, el calor de su piel traspasando la tela fina.

El deseo crecía como una ola imparable. Javier la besó ahí mismo, en medio de la pista, sus labios firmes y hambrientos devorando los de ella. Sabían a tequila y sal, lenguas danzando con urgencia. Ana gimió bajito, un sonido ahogado por la música, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de él.

Acto dos: La escalada

Subieron a la habitación de Javier en el resort, un suite con vista al mar, balcón abierto donde la brisa nocturna entraba fresca contrastando con el fuego que los consumía. La puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Ana lo empujó contra la pared, besándolo con fiereza, mordisqueando su labio inferior hasta que él gruñó, un sonido animal que le vibró en el pecho.

Estás cañón, Ana —murmuró Javier, deslizando las manos por sus caderas, subiendo el vestido hasta revelar sus piernas torneadas. Ella jadeaba, el aroma de su excitación mezclándose al de las velas de coco que ardían en la mesita. Sus uñas arañaron suavemente su pecho, sintiendo los músculos tensarse bajo sus yemas.

Esto es el abismo de pasión completa, pensó ella, lanzándome sin red, sin miedos, solo puro instinto.

Javier la cargó como si no pesara nada, depositándola en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra su espalda ardiente. Le quitó el vestido con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de su clavícula, el valle entre sus senos, el ombligo. Ana arqueó la espalda, sus pezones endurecidos rozando el aire, rogando atención. Él los tomó en su boca, succionando con maestría, la lengua girando en círculos que la hacían gemir alto, ¡Ay, cabrón, sí!

Las manos de ella bajaron a su pantalón, desabrochándolo con dedos temblorosos. Liberó su verga dura, palpitante, gruesa y venosa, oliendo a hombre puro. La acarició despacio, sintiendo el pulso acelerado bajo su palma, el precum salado en su lengua cuando se la llevó a la boca. Javier maldijo en voz baja, ¡Chingada madre, qué chida boca!, sus caderas moviéndose instintivamente.

Pero no querían prisa. Se tumbaron lado a lado, explorando mutuamente. Javier metió dos dedos en su coño empapado, curvándolos justo en ese punto que la hacía ver estrellas, el sonido húmedo de sus jugos llenando la habitación junto a sus jadeos. Ana lo masturbaba firme, alternando con lamidas lentas, saboreando la sal de su piel, el almizcle de su excitación. Sudaban, sus cuerpos resbaladizos pegándose y despegándose con cada roce.

—Te quiero adentro, pendejo, ya —suplicó ella, juguetona, tirando de él. Javier se colocó encima, frotando la punta contra su entrada, lubricándola más. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana gritó de placer, sus paredes contrayéndose alrededor de él, el calor envolviéndolo como terciopelo húmedo.

Empezaron un ritmo lento, profundo, mirándose a los ojos. El mar rugía afuera, sincronizándose con sus embestidas. Javier aceleró, sus bolas golpeando contra su culo, el slap-slap resonando. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, ¡Más fuerte, wey, rómpeme! Él obedeció, follando con pasión salvaje, sus pechos rebotando, sudor goteando de su frente a la de ella.

El clímax se acercaba como tormenta. Ana sintió la presión en su vientre, esa espiral apretándose. Javier gruñó, Me vengo, nena, y ella explotó primero, su coño convulsionando, chorros de placer empapando las sábanas, un grito gutural escapando de su garganta. Él se hundió una última vez, llenándola con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el de ella.

Acto tres: El eco del éxtasis

Quedaron jadeantes, enredados, el corazón de él latiendo contra su pecho. La brisa del balcón secaba el sudor de sus pieles, trayendo olor a sal y sexo. Javier la besó suave, en la frente, labios, cuello. —Eres increíble, Ana. Neta, un abismo de pasión completa —susurró, y ella sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual.

Esto no fue solo un polvo; fue liberación, conexión en este paraíso caribeño. Mañana quién sabe, pero esta noche fui reina.

Se ducharon juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Rieron, se tocaron juguetones, pero el fuego principal ya había sido domado. En la cama, con el mar de fondo, Ana se acurrucó en su brazo, oliendo su piel limpia, sintiendo paz profunda.

Al amanecer, el sol tiñó el cielo de rosa, y Javier preparó café de olla en la kitchenette, el aroma canela y piloncillo llenando el aire. Desayunaron en el balcón, pies entrelazados, planeando un día de playa. No hubo promesas eternas, solo la promesa de más momentos como este, libres y apasionados.

Ana se fue con el cuerpo saciado, el alma ligera. El abismo de pasión completa la había engullido y escupido renovada, lista para lo que viniera. En México, la vida es así: intensa, caliente, sin arrepentimientos.

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