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Pasion Por La Lectura Carnal

6556 palabras

Pasion Por La Lectura Carnal

Entré a la librería de Coyoacán como cada sábado por la tarde, con el sol filtrándose por las vitrinas empañadas y el aroma a papel viejo envolviéndome como un abrazo viejo y conocido. Mi pasion por la lectura era lo único que me mantenía cuerda en esta ciudad caótica, donde el ruido de los coches y los vendedores ambulantes me volvía loca. Ahí, entre estanterías repletas de novelas prohibidas y poesía erótica, me sentía en casa. Hojeaba un libro de Sabines, sintiendo el roce áspero de las páginas contra mis dedos, cuando lo vi: un tipo alto, moreno, con ojos que brillaban como el café recién molido.

Órale, pensé, este wey parece sacado de una portada de Harlequin. Estaba inclinado sobre una sección de erotismo latino, hojeando un tomo de Delta de Dorrego con una concentración que me erizó la piel. Nuestras miradas se cruzaron y sonrió, esa sonrisa pícara que dice te cachó. Me acerqué fingiendo casualidad, rozando su brazo con el mío al estirarme por un libro arriba.

¿Te late la poesía que quema? —me dijo, su voz grave como el ronroneo de un motor viejo.

Neta, me prende más que un trago de mezcal —respondí, sintiendo ya el calor subiendo por mi cuello. Se llamaba Diego, librero independiente que conocía cada rincón de ese paraíso polvoriento. Hablamos de pasion por la lectura, de cómo las palabras nos follaban la mente antes que nadie más. Sus manos grandes gesticulaban, y yo imaginaba cómo se sentirían sobre mi piel.

La librería estaba casi vacía, solo el susurro de las páginas y el tic-tac de un reloj antiguo. Me invitó a la trastienda, para mostrarte algo especial, dijo con guiño. El corazón me latía fuerte, como tambores en una fiesta de pueblo.

¿Y si esto es el comienzo de algo que no puedo parar?
Entramos a un cuartito lleno de libros apilados, iluminado por una lámpara tenue que olía a aceite quemado. Sacó un volumen antiguo, forrado en cuero suave, y lo abrió. Eran versos eróticos, prohibidos, con ilustraciones que mostraban cuerpos entrelazados en éxtasis.

Leí en voz alta, mi voz temblando un poco: "Tu boca es fuego que lame mis páginas secretas". Él se acercó, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a tabaco y canela. —Lee más, Ana, que tu voz me está volviendo loco —susurró. Sentí su mano en mi cintura, un toque ligero pero firme, como si pidiera permiso. Asentí, cerrando los ojos, dejando que las palabras fluyeran mientras su dedo trazaba mi espina dorsal por encima de la blusa.

El aire se cargó de electricidad, el olor a tinta y deseo mezclándose. Mi pasion por la lectura se transformaba en algo más carnal, más vivo. Lo miré, y en sus ojos vi el mismo fuego. —¿Quieres que pare? —preguntó, su pulgar rozando mi labio inferior. —Ni madres, sigue —le dije, jalándolo hacia mí. Nuestros labios se encontraron, suaves al principio, probando sabores: salado como pretzels de la calle, dulce como churros recién hechos.

La tensión creció mientras nos besábamos, sus manos explorando mi espalda, desabotonando mi blusa con dedos pacientes. Sentí el roce de su pecho contra mis tetas, duro y cálido, el latido de su corazón sincronizándose con el mío. Qué chido se siente esto, pensé, mientras él lamía mi cuello, dejando un rastro húmedo que me hizo gemir bajito. Bajamos al suelo, sobre una alfombra mullida cubierta de páginas sueltas, el crujido del papel bajo nosotros como un fondo musical obsceno.

Me quitó la falda despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. El aire fresco de la trastienda besó mis muslos, contrastando con el calor de su boca descendiendo.

Sus labios en mi clítoris, qué delicia, como si leyera mi cuerpo palabra por palabra
. Jadeé, arqueándome, mis uñas clavándose en su cabello negro y revuelto. Él gruñía contra mi carne, el sonido vibrando hasta mi alma, mientras su lengua danzaba, saboreando mi humedad que olía a mar y jazmín.

Lo volteé, queriendo devorarlo yo también. Le bajé el pantalón, liberando su verga dura, palpitante, con venas que latían como ríos furiosos. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado. —Qué rica, Diego, neta te la chupé con gusto —le dije, lamiendo la punta, salada y almizclada. Él jadeó, cabrón, sus caderas moviéndose al ritmo de mi boca, profunda y húmeda. El sabor me embriagaba, mezclado con su sudor fresco.

La intensidad subió, nuestros cuerpos resbaladizos de sudor, el cuarto lleno de gemidos ahogados y el slap-slap de piel contra piel cuando finalmente me penetró. Entró lento, llenándome por completo, estirándome deliciosamente. ¡Ay, wey, qué grande! grité en mi mente, mientras él empujaba, profundo, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Nuestros movimientos se volvieron frenéticos, el olor a sexo impregnando todo, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida.

Me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas con fuerza amorosa, follándome como si quisiera grabarse en mí. Sentía cada vena, cada pulso, el roce interno que me llevaba al borde. —¡Más duro, pendejo, no pares! —le supliqué, y él obedeció, su mano bajando a frotar mi clítoris hinchado. El clímax me golpeó como un rayo, olas de placer contrayendo mis músculos alrededor de él, gritando su nombre mientras lágrimas de éxtasis rodaban por mis mejillas.

Él vino segundos después, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que se derramaban dentro. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el sudor enfriándose en el aire quieto. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, mientras yo acariciaba su espalda, trazando letras imaginarias en su piel.

Nos quedamos así un rato, en silencio roto solo por respiraciones profundas. —Tu pasion por la lectura me contagió, Ana —murmuró, besando mi ombligo. Reí bajito, sintiendo una paz profunda, como después de leer el final perfecto de una novela. Nos vestimos despacio, robándonos besos, prometiendo volver a esa trastienda pronto.

Salí a la calle con las piernas temblorosas, el sol poniente tiñendo todo de naranja. Mi pasion por la lectura ahora tenía un nuevo capítulo, uno escrito en carne y suspiros. Chido, neta chido, pensé, caminando hacia el metro, con el sabor de él aún en mis labios y el eco de su voz en mi cabeza.

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