Pasión Prohibida Capítulo 40 Fuego en la Oscuridad
La noche en la hacienda de los Ramírez estaba cargada de ese calor pegajoso que solo México sabe regalar en verano. El aire olía a jazmines marchitos y a carne asada de la parrillada que aún humeaba en el jardín. Yo, Valeria, me escabullí del bullicio de la fiesta familiar, con el corazón latiéndome como tamborazo en las venas. Mi esposo, ese pendejo engreído de Ricardo, andaba coqueteando con las meseras como si nadie lo viera. Neta, ya me tenía harta, pensé mientras mis tacones se hundían en el pasto húmedo.
Ahí estaba él, Alejandro, recargado contra la cerca del corral, con su camisa blanca abierta hasta el pecho, dejando ver ese tatuaje de águila que me volvía loca desde chavos. Éramos carnales de la infancia, pero la vida nos separó: él se fue a conquistar la ciudad con su negocio de autos de lujo, yo me quedé atrapada en este matrimonio de conveniencia. Nuestra pasión prohibida había empezado hace meses, en un viaje de negocios que nunca olvidaría. Y esta noche, en esta hacienda que pertenecía a su familia rival, todo se sentía como el capítulo 40 de nuestra historia secreta, la que ardía más que nunca.
—Órale, Valeria, ¿ya te cansaste de fingir que eres la esposa perfecta? —me dijo con esa voz ronca, como tequila añejo, mientras se acercaba. Sus ojos negros me devoraban, y sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada me quitara la ropa poco a poco.
Me mordí el labio, oliendo su colonia mezclada con el sudor fresco de su piel morena. —Wey, no seas mamón. Si alguien nos ve, se arma el desmadre. Pero mis pies no se movían. El deseo me tenía clavada ahí, con el pulso acelerado y un calor subiendo desde mi entrepierna.
Acto primero: la chispa. Nos miramos en silencio, el ruido lejano de la banda norteña retumbando como un latido compartido. Recordé la primera vez que nos besamos, en la playa de Puerto Vallarta, con el mar rugiendo y sus manos explorando mi cuerpo como si fuera un mapa del tesoro. Ahora, aquí, en la penumbra del corral, su mano rozó mi brazo. Fue eléctrico. Mi piel se erizó, y un gemido ahogado se me escapó.
Esta es nuestra Pasión Prohibida Capítulo 40, pensé. El momento en que todo explota.
Alejandro me jaló hacia él, su aliento cálido en mi cuello. —Te he extrañado, chula. Cada noche sueño con tu sabor. Sus labios rozaron mi oreja, y el mundo se redujo a ese toque. Caminamos a hurtadillas hasta el establo abandonado, donde el olor a heno seco y cuero viejo nos envolvió como un secreto compartido.
Adentro, la luz de la luna se colaba por las rendijas, pintando sombras en su torso musculoso. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de urgencia, pero pacientes. Mi brasier negro cayó al suelo, y él jadeó al ver mis pechos libres, los pezones endurecidos por el aire fresco y su mirada hambrienta. —Eres una diosa, Valeria. Neta, me vuelves loco.
Yo le desabroché la camisa, sintiendo el calor de su pecho bajo mis palmas. Su piel olía a hombre, a tierra y deseo puro. Nuestros cuerpos se pegaron, y el roce de su erección contra mi vientre me hizo mojarme al instante. Chingado, cómo lo necesitaba, pensé mientras mis uñas se clavaban en su espalda.
El beso fue feroz. Sus labios carnosos devoraron los míos, su lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal y promesas rotas. Gemí contra él, mis manos bajando a su pantalón, liberando esa verga gruesa y dura que palpitaba por mí. La toqué, suave al principio, sintiendo las venas hinchadas, el calor que irradiaba. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi pecho.
—Despacio, mi amor. Quiero saborearte toda la noche —murmuró, arrodillándose. Sus manos separaron mis muslos, y su aliento caliente llegó a mi panocha antes que su lengua. Cuando lamió, fue como fuego líquido. El sabor salado de mi excitación lo enloqueció; lamía despacio, chupando mi clítoris con maestría, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose justo donde dolía de placer. Mis caderas se movían solas, el heno crujiendo bajo nosotros, el olor de mi propia humedad mezclándose con el suyo.
El clímax me golpeó como ola en Acapulco. Grité su nombre, mis piernas temblando, el mundo explotando en colores detrás de mis párpados. Él se levantó, besándome para que probara mi esencia en su boca. —Ahora tú, cabrón. Quiero montarte —le dije, empujándolo al suelo.
Acto segundo: la escalada. Me senté a horcajadas sobre él, guiando su verga a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Qué chingón se siente, tan lleno, tan mío. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce, el sudor perlando su frente, sus manos apretando mis nalgas. El sonido de piel contra piel, húmedo y obsceno, llenaba el establo. Aceleré, mis pechos rebotando, él chupándolos con avidez, mordisqueando los pezones hasta que dolía rico.
—Más fuerte, Valeria. Chingame como solo tú sabes —jadeó, embistiéndome desde abajo. Nuestros cuerpos chocaban con furia, el placer acumulándose como tormenta. Sudábamos, el olor almizclado de sexo impregnando el aire. Mis uñas le rasguñaron el pecho, dejando marcas rojas que mañana recordaría con una sonrisa culpable. Él volteó, poniéndome de rodillas, y entró por detrás, profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.
El conflicto interno me azotaba: ¿Y si Ricardo nos descubre? ¿Y si esto destruye todo? Pero el placer lo ahogaba todo. Alejandro me susurraba al oído: —Eres mía, siempre lo has sido. Olvídate de ese wey. Sus embestidas se volvieron salvajes, su mano bajando a frotar mi clítoris. El orgasmo nos alcanzó juntos; él se derramó dentro de mí con un rugido, caliente y abundante, mientras yo convulsionaba, lágrimas de éxtasis rodando por mis mejillas.
Acto tercero: el resplandor. Colapsamos en el heno, jadeantes, cuerpos entrelazados. Su semen goteaba entre mis piernas, un recordatorio pegajoso y dulce. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando bocas hinchadas. El aire se enfriaba, pero nuestro calor persistía. Él me acarició el cabello, oliendo a jazmín de mi piel.
—Esto no termina aquí, ¿verdad? —pregunté, mi voz ronca.
—Nunca, mi pasión prohibida. Esto es solo el capítulo 40. Hay más fuego por quemar.
Nos vestimos entre risas culpables, el corazón aún acelerado. Salimos del establo tomados de la mano, pero nos separamos antes de la luz. Volví a la fiesta como si nada, con el sabor de él en mis labios y su esencia dentro de mí. Ricardo ni se dio cuenta, el muy pendejo. Pero yo sabía: esta noche había cambiado todo. El deseo prohibido nos unía más que nunca, y el próximo capítulo ya ardía en mi mente.
La hacienda dormía bajo las estrellas, testigo mudo de nuestra entrega. Y mientras bailaba con mi esposo, solo pensaba en Alejandro, en su toque, en el fuego que nos consumía.