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Leyendas de Pasión Anthony Hopkins

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Leyendas de Pasión Anthony Hopkins

La noche caía suave sobre Polanco, con las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas coquetas desde el balcón. Yo, Ana, acababa de llegar a casa después de un día eterno en la oficina, y Diego ya me esperaba con una sonrisa pícara y dos copas de tequila reposado. Qué chido, pensé, oliendo el aroma ahumado que flotaba en el aire desde la cocina donde había preparado unas guacamoles frescas. Nos acomodamos en el sofá de piel suave, mis piernas rozando las suyas, sintiendo ya ese cosquilleo inicial que siempre precede a lo bueno.

"¿Qué pelamos hoy, wey?" le pregunté, recargándome en su pecho ancho. Él rio bajito, su voz grave vibrando contra mi oreja. "Algo con pasión de verdad. Ponle Anthony Hopkins en Leyendas de Pasión. Esa película siempre me prende." Neta, qué buena elección. Mientras el DVD cargaba, el trailer empezó con esa música épica, trompetas y violines que erizaban la piel. Anthony Hopkins aparecía en pantalla, su mirada intensa, esa voz profunda como un trueno lejano, contando historias de amor salvaje en las montañas de Montana.

Me acurruqué más, mi mano descansando en su muslo firme. El tequila bajaba ardiente por mi garganta, calentándome el vientre.

Pinche Anthony Hopkins, con esa presencia que hace que cualquier escena se sienta como un polvo legendario
, pensé, mientras la película avanzaba. Diego respiraba más pesado, su dedo trazando círculos perezosos en mi brazo desnudo. La escena de los hermanos en la guerra, el amor prohibido de Tristan, todo olía a deseo crudo, a cuerpos chocando contra el destino.

El calor entre nosotros crecía como la niebla en las Rocky Mountains de la peli. Sentí su erección presionando contra mi cadera, dura y caliente a través de los jeans. "¿Ya te está poniendo cachondo Anthony Hopkins?" le susurré juguetona, mordiéndome el labio. Él giró la cabeza, sus ojos oscuros devorándome. "Tú eres mi leyenda de pasión, Ana. Olvídate de la pantalla." Sus labios capturaron los míos, un beso lento al principio, saboreando el tequila en su lengua, áspera y húmeda explorando mi boca.

La película seguía sonando de fondo, los gemidos de caballos y vientos salvajes mezclándose con nuestros suspiros. Sus manos bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Qué rico se siente su piel contra la mía, pensé, mientras le quitaba la playera, revelando su torso moreno y musculoso, cubierto de un vello suave que olía a su jabón de sándalo. Lamí su cuello, saboreando la sal de su sudor incipiente, mientras él desabrochaba mi blusa, liberando mis tetas que se irguieron ansiosas al aire fresco.

"Qué chingonas están", murmuró, tomando una en su boca, chupando el pezón endurecido con succiones que me hicieron arquear la espalda. Un jadeo se me escapó, fuerte como los aullidos en la película. Apagué la tele con el control remoto, pero la voz de Anthony Hopkins aún resonaba en mi cabeza, narrando pasiones eternas. Diego me levantó en brazos, llevándome al cuarto como un guerrero conquistador, sus pasos firmes retumbando en el piso de madera.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio frescas, me tendió boca arriba, sus ojos brillando con hambre. "Te voy a follar como en Leyendas de Pasión, nena", dijo con voz ronca, quitándome el pantalón y las panties de encaje negro. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que emanaba de su cuerpo sobre el mío. Sentí sus dedos abriéndose paso entre mis muslos, rozando mi concha ya empapada, resbalosa de jugos que olían a deseo puro, almizclado y dulce.

Su toque es fuego, pendejo, no pares
, gemí en mi mente mientras él hundía dos dedos dentro de mí, curvándolos para masajear ese punto que me hace ver estrellas. "Estás bien mojadita, Ana. Todo por Anthony Hopkins, ¿eh?" bromeó, riendo contra mi clítoris antes de lamerlo con la lengua plana, lenta, saboreándome como si fuera el mejor mole del mundo. El placer subía en olas, mis caderas moviéndose solas, el sonido chapoteante de su boca en mi sexo llenando la habitación, mezclado con mis ay wey y qué rico.

Lo empujé hacia atrás, queriendo mi turno. Le bajé el zipper, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante con la punta ya brillosa de precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado como un tambor de guerra. "Mi turno, cabrón", le dije, lamiendo desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y masculina. Él gruñó, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar, mientras yo la chupaba profunda, mi garganta relajándose para tomarlo todo, babeando por las comisuras.

La tensión era insoportable ya, como el clímax de la película que habíamos pausado. "Métemela ya, Diego. Quiero sentirte adentro", supliqué, mi voz entrecortada. Se colocó entre mis piernas, frotando la cabeza de su pinga contra mis labios hinchados, untándome más. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. Qué chingón se siente, tan grueso, tan mío. Empezamos a movernos, ritmos lentos al principio, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos.

El olor a sexo impregnaba el aire, mezclado con el perfume de mis velas de vainilla encendidas en la mesita. Sus embestidas se aceleraron, profundas, golpeando mi cervix con precisión que me hacía gritar. "¡Más duro, pendejo! ¡Fóllame como Tristan!" le exigí, arañando su espalda, dejando marcas rojas. Él obedeció, levantándome las piernas sobre sus hombros, penetrándome más hondo, su pelvis chocando contra mi clítoris con cada thrust. Mis tetas rebotaban, sus manos amasándolas, pellizcando pezones que enviaban descargas eléctricas directo a mi centro.

El orgasmo me alcanzó como una avalancha, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo, jugos salpicando entre nosotros. "¡Me vengo, wey! ¡Ay sí!" chillé, el mundo explotando en colores detrás de mis párpados cerrados. Él siguió bombeando, gruñendo salvaje, hasta que se tensó, su verga hinchándose más antes de llenarme con chorros calientes de semen, profundo dentro de mí. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos entrelazados.

Minutos después, con su cabeza en mi pecho, el corazón latiéndole aún rápido contra mi piel, encendí la tele de nuevo. Anthony Hopkins continuaba narrando, su voz calmada ahora, como un bálsamo. "Fue mejor que la película", murmuró Diego, besando mi ombligo. Reí suave, acariciando su cabello revuelto.

Leyendas de pasión de verdad se escriben en la cama, no en la pantalla
. Afuera, la ciudad susurraba su sinfonía nocturna, pero en nuestro mundo, el afterglow era perfecto, cálido, eterno.

Nos quedamos así hasta el amanecer, compartiendo más tequila y susurros, sabiendo que cada noche podía ser una nueva leyenda.

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