Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión Hotel Noche de Entrega Total Pasión Hotel Noche de Entrega Total

Pasión Hotel Noche de Entrega Total

6714 palabras

Pasión Hotel Noche de Entrega Total

Llegué al Pasión Hotel con el sol cayendo sobre la playa de Puerto Vallarta, el aire cargado de sal y jazmín que me hacía cosquillas en la nariz. El lugar era un paraíso de lujo, con palmeras susurrando secretos al viento y piscinas que brillaban como espejos azules. Yo, Ana, una morra de treinta y tantos harta de la rutina en la Ciudad de México, había venido a desconectarme, a sentirme viva de nuevo. El recepcionista, con su sonrisa pícara, me entregó la llave de la suite con vista al mar. Órale, pensé, esto va a estar chido.

Me puse un bikini rojo que apenas contenía mis curvas, el tejido rozando mi piel morena todavía fresca de la ducha. Bajé a la alberca principal, donde la gente reía y brindaba con margaritas heladas. Ahí lo vi: Rodrigo, un tipo alto, moreno, con ojos negros que prometían travesuras. Estaba recargado en la barra, su camisa blanca abierta dejando ver un pecho tatuado con un águila mexicana. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el tequila ya me hubiera subido a la cabeza.

¿Qué pedo? ¿Por qué me mira así, como si ya supiera todos mis secretos?
Me acerqué, fingiendo casualidad. "Qué tal, ¿vienes mucho por acá?", le dije, mi voz ronca por el calor. Él sonrió, mostrando dientes perfectos. "Primera vez, pero este Pasión Hotel se ve como el lugar pa' pasarla bien. ¿Y tú, preciosa?" Su acento jalisciense era puro fuego, con ese "preciosa" que me erizó la piel. Pidió dos tequilas reposados, el líquido ámbar deslizándose por mi garganta con sabor a ahumado y limón. Hablamos de la vida, de cómo él era guía de tours en la sierra pero ahora andaba de vacaciones. La química era neta, palpable, como el vapor subiendo del agua caliente de la piscina.

El sol se hundió en el Pacífico, tiñendo el cielo de rosas y naranjas. La tensión crecía con cada roce accidental: su mano en mi cintura al pasar un mesero, mi pierna rozando la suya bajo la mesa. No mames, quería besarlo ya, sentir su boca contra la mía. "Vamos a caminar por la playa", propuso, y yo asentí, el corazón latiéndome a mil. La arena tibia se metía entre mis dedos, el oleaje rugiendo como un amante impaciente. Nos detuvimos bajo las estrellas, el viento trayendo olor a mar y a su colonia masculina, madera y especias.

Sus labios encontraron los míos en un beso que empezó suave, explorando, y luego se volvió hambriento. Su lengua danzaba con la mía, saboreando el tequila compartido, mientras sus manos subían por mi espalda, desatando el nudo del bikini.

Esto es lo que necesitaba, alguien que me haga sentir deseada, poderosa
. Lo jalé hacia mí, sintiendo su dureza presionando contra mi vientre. "Vamos a mi habitación", murmuré contra su cuello, inhalando su sudor fresco mezclado con el salitre.

Subimos al Pasión Hotel en el elevador privado, sus manos ya por dentro de mi traje de baño, pellizcando mis pezones endurecidos. El ding del elevador fue como una señal, y apenas cerramos la puerta de la suite, nos devoramos. Lo empujé contra la pared, arrancándole la camisa, mis uñas arañando su piel bronceada. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Estás rica, Ana, no sabes las ganas que tengo de cogerte". Sus palabras, crudas y mexicanas, me encendieron más. Le bajé el short, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre la rigidez. Él jadeó, oliendo a hombre excitado, almizcle puro.

Me llevó a la cama king size, sábanas de satén blanco que olían a lavanda fresca. Me quitó el bikini con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos, el ombligo. Su boca en mis pechos era fuego líquido, chupando, mordisqueando, haciendo que mis caderas se arquearan.

¡Qué chingón se siente! Cada lamida es como una descarga eléctrica
. Bajó más, su aliento caliente en mi monte de Venus, lamiendo mis labios hinchados, saboreando mi humedad salada y dulce. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de vidrio con vista al mar. Introdujo dos dedos, curvándolos justo ahí, masajeando mi punto G mientras su lengua giraba en mi clítoris. El placer subía en olas, mis muslos temblando, el olor de mi excitación llenando la habitación.

No aguanté más. "Cógeme ya, Rodrigo, no me hagas esperar". Se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. Empezamos un ritmo lento, sus caderas chocando contra las mías con un slap húmedo, el sudor perlando su frente. Aceleramos, la cama crujiendo, mis uñas clavadas en su espalda. Él me susurraba al oído: "Qué panocha tan chida, tan apretada pa' mí". Yo respondía con gemidos, "Más fuerte, carnal, dame todo". El aire estaba espeso de nuestros jadeos, el sabor de su piel salada en mi boca mientras lo besaba.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiándome, mis senos rebotando con cada embestida. Lo veía desde arriba, sus ojos vidriosos de placer, músculos tensos. Roté las caderas, sintiendo cómo me rozaba por dentro, el clímax construyéndose como una tormenta. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo cabalgaba más rápido, el slap-slap resonando con las olas lejanas.

Esto es éxtasis, control total, mi cuerpo mandando
. "Me vengo, Ana, ¿tú?", gruñó. "Sí, juntos", grité, y explotamos. Mi orgasmo me sacudió, paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él se derramó dentro, caliente, profundo, rugiendo mi nombre.

Colapsamos, entrelazados, el corazón tronando en unisono. El aire olía a sexo, a nosotros, con el mar susurrando bendiciones afuera. Me acurruqué en su pecho, su mano acariciando mi cabello húmedo. "Eso fue de otro mundo", murmuró, besando mi frente. Yo sonreí, satisfecha, empoderada. El Pasión Hotel cumplió su promesa. Hablamos bajito de nada y todo, riendo de tonterías, hasta que el sueño nos venció con la luna testigo.

Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas, nos despertamos con besos perezosos. No hubo promesas, solo gratitud mutua. Él se fue con un guiño y su número en mi teléfono. Yo me quedé en la terraza, café en mano, oliendo el amanecer salino. El Pasión Hotel no era solo un lugar; era el catalizador de mi renacer. Volvería, neta, por más noches así de intensas.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.