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La Pasión de Cristo Latino Descargada

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La Pasión de Cristo Latino Descargada

Estaba sola en mi depa de Guadalajara, con el calor de la noche pegándome en la piel como una caricia insistente. El ventilador zumbaba pendejo, moviendo el aire caliente sin refrescar nada. Órale, ya estoy hasta la madre de estas noches solas, pensé mientras abría la laptop en la cama deshecha. Busqué en Google la pasion de cristo latino descargar, no sé por qué, tal vez porque andaba con antojo de algo intenso, prohibido, con ese toque de pasión que quema. Esperaba encontrar el trailer de la película, pero lo que saltó fue un video pirata de un performer cabrón llamado Cristo Latino, un morro guapo, todo tatuado, recreando la pasión en un show erótico que me dejó con la boca seca.

Lo descargué de volada, el archivo se movía lento, como si supiera que iba a explotarme la cabeza. Cuando por fin lo abrí, ahí estaba él: Cristo Latino, de pie en un escenario oscuro, con una túnica blanca que se le pegaba al cuerpo sudado por las luces rojas. Su piel morena brillaba, el olor a sudor y colonia varonil casi se sentía a través de la pantalla. Empezó a recitar versos de la pasión, pero con voz ronca, "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen... pero yo sí sé lo que quiero", y se quitó la túnica despacio, revelando un torso marcado, músculos que se contraían como si me invitara a tocarlos. Mi mano bajó sola a mi entrepierna, el calor subiendo, el pulso latiéndome en las sienes.

¡Carajo, este wey es puro fuego latino!
Me vine rápido, mordiéndome el labio para no gritar, pero no fue suficiente. Quería lo real, quería descargar esa pasión en carne viva.

Al día siguiente, no pude más. Busqué el sitio del show: un antro en la Zona Rosa, La Pasión de Cristo Latino en vivo los viernes. Me puse un vestido negro ceñido, sin calzones, el roce de la tela contra mi piel ya me tenía encendida. Llegué al lugar, el aire cargado de humo de cigarro y perfume barato, música de banda sonando bajito para no opacar el escenario. La gente murmuraba, parejas tocándose disimuladas en las sombras. Cristo subió, en vivo, más imponente que en el video. Sus ojos negros barrieron el público, y juro que se clavaron en mí. Me vio, el cabrón, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

El show empezó suave: él atado a una cruz de neón, azotado por luces que simulaban látigos, gimiendo con esa voz grave que me erizaba la piel. "Sufriré por ti, nena", gritó, y se bajó, caminando entre el público, tocando hombros, muslos. Cuando pasó por mí, su mano rozó mi rodilla, áspera, caliente, oliendo a aceite de masaje y hombre puro. Mi corazón tronaba, el sudor me bajaba por la espalda.

Si no lo tengo esta noche, me muero
. El acto escaló: se quitó todo menos un tanga diminuto que apenas contenía su verga gruesa, palpitante. Bailó, se tocó, el público enloqueció, pero yo solo lo veía a él, imaginando su peso sobre mí, su aliento en mi cuello.

Terminado el show, me quedé sentada, piernas temblando. Él desapareció backstage, y yo, con las hormonas a mil, me colé por una puerta lateral. ¿Qué chingados estoy haciendo? Soy una loca, me dije, pero el deseo era más fuerte. El pasillo olía a sudor fresco y lubricante, luces tenues parpadeando. Lo encontré en un camerino pequeño, semidesnudo, secándose con una toalla. "¿Qué onda, preciosa? ¿Te gustó el show?" Su sonrisa era diabólica, dientes blancos contra piel bronceada.

Sí, Cristo... pero quiero la versión completa, la que no se descarga en internet —le solté, voz ronca, acercándome. Él rio bajito, un sonido que vibró en mi pecho.

Ven, nena, te voy a dar la pasión de Cristo Latino en vivo y a todo color. Me jaló hacia él, sus labios chocando con los míos, duros, urgentes, saboreando a tequila y sal. Sus manos grandes me amasaron las nalgas, levantándome contra la pared fría. Gemí en su boca, el contraste del metal en mi espalda y su calor delante me volvía loca. Me bajó el vestido, exponiendo mis tetas, y chupó un pezón con hambre, lengua áspera girando, enviando chispas directo a mi clítoris. ¡Ay, wey, no pares!

La tensión crecía como una tormenta: él me cargó a una mesa, tumbándome suave pero firme. Sus dedos exploraron mi panocha empapada, resbalosos, frotando lento al principio, luego rápido, haciendo círculos que me arqueaban la espalda. "Estás chingona mojada, ¿eh? Todo por mi show", murmuró, metiendo dos dedos, curvándolos justo ahí, el sonido chapoteante llenando el cuarto. Yo jadeaba, uñas clavadas en sus hombros duros, oliendo su aroma almizclado, ese olor a macho que nubla la razón.

Esto es mejor que cualquier descarga, puro fuego real
.

Lo empujé abajo, queriendo devorarlo. Le arranqué el tanga, su verga saltó libre, venosa, gorda, apuntándome como un arma. La lamí desde la base, salada, pulsando en mi lengua, hasta meterla entera, garganta apretada, él gruñendo "¡Órale, nena, trágatela toda!". El sabor me enloqueció, mis jugos chorreando por mis muslos. No aguanté más: lo monté, guiando su pija a mi entrada, bajando despacio, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo. ¡Madre mía, qué grosor! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sus manos en mi cintura marcando el ritmo, piel contra piel chapoteando, sudor mezclándose.

La intensidad subió: él me volteó a cuatro patas, embistiéndome duro, bolas golpeando mi clítoris, cada thrust un trueno en mi vientre. "Toma mi pasión, grita por mí", rugió, una mano en mi pelo tirando suave, la otra pellizcando mi pezón. Yo exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, paredes apretándolo, gritando su nombre como oración. Él siguió, pujando profundo, hasta descargar dentro, caliente, espeso, llenándome mientras rugía. Colapsamos, jadeando, su pecho contra mi espalda, besos suaves en mi nuca.

Después, en la cama improvisada de cojines, fumamos un cigarro, cuerpos enredados, el aire cargado de sexo y risas. Esto fue la descarga definitiva, pensé, trazando sus tatuajes con el dedo. Cristo me miró, ojos tiernos ahora. "Vuelve cuando quieras, mi Magdalena". Salí al amanecer, piernas flojas, el sol calentándome la piel como su toque. La pasión de Cristo Latino ya no era solo un video descargado; era mía, grabada en mi alma, lista para revivirla una y otra vez.

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