La Pasion Carnal de Cristo por Mel Gibson en Espanol
Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el control remoto en la mano y una sonrisa pícara en los labios. Era viernes por la noche, y Marco, su carnal de dos años, acababa de llegar con una pizza bien cargada de chorizo y jalapeños. Órale, qué chido, pensó ella mientras lo veía quitarse la chamarra de cuero. Marco era alto, moreno, con esa barba incipiente que le raspaba delicioso la piel. Habían planeado una noche tranquis, pero Ana tenía otra idea en mente.
—¿Qué vamos a ver, mami? —preguntó él, sentándose a su lado y pasándole un brazo por los hombros.
—Algo intenso, wey. La Pasion de Cristo por Mel Gibson en Espanol. La tengo en el disco duro, subtitulada y todo. Neta que me prende esa película, con tanta entrega y sudor.
Marco levantó una ceja, divertido. —¡No mames! ¿La del Jesús? ¿En serio?
Ana se rio, acurrucándose contra su pecho. Olía a colonia fresca mezclada con el humo de la ciudad. —Sí, pendejo. Es como ver puro sentimiento crudo. Ya verás cómo nos calienta.
Presionó play. La pantalla se iluminó con las escenas en el huerto de Getsemaní. El sonido de las gotas de sudor cayendo, la respiración agitada de Cristo. Ana sintió un cosquilleo en el estómago. El aire del cuarto se cargó de inmediato con el aroma de la pizza enfriándose y el leve perfume de su loción de vainilla. Marco masticaba una rebanada, pero sus ojos ya estaban fijos en ella más que en la tele.
A medida que avanzaba la película, Ana notaba cómo su cuerpo respondía. La flagelación, los latigazos resonando como truenos secos.
¿Por qué me excita esto? Es dolor, pero hay una pasión tan viva, tan real, pensó, cruzando las piernas para calmar el calor que subía por sus muslos. Su blusa de tirantes se pegaba un poco a su piel por el bochorno de la noche mexicana. Marco le apretó el hombro, su mano grande y cálida deslizándose despacio hacia su cintura.
—Estás muy calladita, ¿eh? —susurró él al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza light.
—Es que... mira cómo sufre, pero con qué fuerza. Me hace pensar en nosotros, en cómo nos entregamos.
La escena de la cruz. Los clavos hundiéndose, el grito gutural. Ana jadeó bajito, y Marco lo notó. Apagó la tele de golpe. El cuarto quedó en penumbras, solo la luz de la luna colándose por las cortinas filtrando el tráfico lejano de Reforma.
—Ven acá, mi reina —dijo él, volteándola hacia sí. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo. Saboreó la salsa picante en su lengua, el roce áspero de su barba contra su mejilla suave. Ana gimió suave, sus manos explorando el pecho firme bajo la playera.
El beso se intensificó. Marco la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la recámara. El colchón king size los recibió con un crujido suave. Desnudándola con calma, besando cada centímetro de piel expuesta. El olor de su arousal llenaba el aire, mezclado con el jazmín del jardín de abajo.
—Eres mi Cristo personal —murmuró ella, riendo entre jadeos mientras le quitaba la playera—. Toda esa pasión de la película... la quiero aquí, ahora.
Marco sonrió, sus ojos oscuros brillando. —Pues agárrate, porque te voy a dar mi pasion completa.
Acto dos: la escalada. Ana se tendió boca arriba, el aire fresco besando sus pezones endurecidos. Marco se arrodilló entre sus piernas, besando su vientre plano, bajando despacio. Su lengua trazó círculos en su ombligo, luego más abajo. Qué rico su calor, pensó ella, arqueando la espalda. El sonido de su respiración entrecortada, el leve chasquido de labios húmedos contra piel sensible.
—Ay, wey, no pares —suplicó Ana, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.
Él obedeció, lamiendo con devoción, saboreando su dulzor salado. Sus manos amasaban sus muslos, dejando marcas rojas leves que dolían rico. Ana sintió el pulso acelerado en su clítoris, como un tambor de fiesta patronal.
Esto es mejor que cualquier película. Su boca es fuego puro.
Marco subió, posicionándose. Su verga dura rozando su entrada húmeda. —Dime si quieres, mami. Todo consensual, como siempre.
—Sí, carajo, métemela ya —gimió ella, guiándolo con las caderas.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. El sonido de carne contra carne, húmedo y rítmico. Ana clavó las uñas en su espalda, oliendo el sudor fresco que perlaba su piel morena. Cada embestida era más profunda, más urgente. El colchón rechinaba al compás, el cabecero golpeando la pared con thuds sordos.
Inner struggle: Ana pensó en la película de nuevo. La Pasion de Cristo por Mel Gibson en Espanol me prendió tanto, pero esto es real, nuestro. No hay sufrimiento, solo placer mutuo. Marco la volteó, ahora ella encima. Cabalgó con furia, sus tetas rebotando, el cabello largo azotando su rostro. Él pellizcaba sus nalgas, gruñendo.
—Estás chingona, Ana. Me vas a hacer venir.
—Aguanta, pendejo. Quiero más —rió ella, apretándolo con sus paredes internas.
El clímax se acercaba. Sudor goteando, mezclándose. El olor almizclado de sexo envolviéndolos como niebla. Ana sintió la ola subir, sus muslos temblando. Gritó su nombre, convulsionando alrededor de él. Marco la siguió segundos después, llenándola con chorros calientes, su rostro contorsionado en éxtasis puro.
Colapsaron juntos, jadeantes. El afterglow: piel pegajosa, corazones latiendo al unísono. Marco la besó en la frente, suave.
—Fue como nuestra propia pasión de Cristo, ¿no? —dijo él, riendo bajito.
Ana suspiró, contenta. —Mejor, porque aquí no hay cruz, solo nosotros. Neta que esa película fue el detonante perfecto.
Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, escuchando el zumbido de la ciudad. Mañana verían el final, pero esta noche, su historia era completa. El deseo satisfecho, el lazo más fuerte. Ana sonrió en la oscuridad, sabiendo que volverían a encenderla pronto.