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La Pasion by Bunik

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La Pasion by Bunik

Entré a la galería en Polanco con el corazón latiéndome fuerte, como si presintiera que esa noche iba a cambiar todo. El aire estaba cargado de ese olor a pintura fresca y madera pulida, mezclado con el perfume caro de la gente que deambulaba fingiendo que entendía de arte. Mis ojos se clavaron de inmediato en ella: La Pasion by Bunik. Un óleo enorme, vibrante, con cuerpos entrelazados en un torbellino de rojos y naranjas que parecía arder. La mujer del cuadro tenía la espalda arqueada, el hombre mordiéndole el cuello, y juraba que podía sentir el calor de sus pieles a través del lienzo. Me quedé ahí parada, con las mejillas ardiendo y un cosquilleo entre las piernas que no podía ignorar.

¿Qué carajos me pasa? pensé, mordiéndome el labio. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir poderosa, pero frente a esa pintura me sentía expuesta, como si Bunik, el artista, me hubiera desnudado con sus pinceladas. Caminé más cerca, dejando que mis dedos rozaran el marco. El sonido de copas tintineando y risas lejanas se mezclaba con mi respiración agitada.

—Te gusta, ¿verdad? —dijo una voz grave a mi lado, con un acento norteño que me erizó la piel.

Me volteé y ahí estaba él: alto, moreno, con barba recortada y ojos negros que brillaban como carbones. Vestía una camisa negra desabotonada hasta el pecho, mostrando un tatuaje que asomaba. Bunik, decía su placa en la solapa.

—Neta, es... intensa —respondí, sintiendo que mi voz salía ronca—. La Pasion by Bunik. ¿La hiciste pensando en alguien real?

Él sonrió, esa sonrisa pícara que hace que las rodillas flaqueen. —En muchas. Pero hoy, parece que en ti. Soy Bunik, carnal.

Nos quedamos platicando un rato, rodeados de ese murmullo elegante. Hablamos de arte, de la Ciudad de México que nunca duerme, de cómo la pasión es como un volcán que espera explotar. Su mano rozó mi brazo al pasarme una copa de mezcal, y el toque fue eléctrico, como un chispazo. Olía a sándalo y algo salvaje, masculino. Sentí mi cuerpo responder, los pezones endureciéndose bajo el vestido.

—Ven a mi estudio —me dijo al rato, con los ojos fijos en mis labios—. Ahí te muestro cómo nace La Pasion.

No lo pensé dos veces. Salimos a la noche húmeda de la ciudad, el ruido de los cláxones y el olor a taquerías lejanas envolviéndonos mientras subíamos a su camioneta. El trayecto fue corto, pero cargado de miradas. Su mano en mi muslo, subiendo despacio, y yo abriendo las piernas un poquito, invitándolo.

El estudio era en la Roma, un loft amplio con ventanales que daban a las luces neón. Paredes llenas de bocetos eróticos, el olor a óleo y trementina flotando. Me sirvió otro mezcal, y nos sentamos en un sofá de piel gastada. —Cuéntame qué te provoca La Pasion by Bunik —murmuró, acercándose tanto que su aliento caliente me rozó la oreja.

—Me hace querer... sentirla —confesé, con el pulso acelerado—. Desnudarme, perderme en alguien.

Sus labios capturaron los míos entonces, un beso lento, profundo, con sabor a humo y deseo. Gemí bajito, mis manos enredándose en su cabello. Me levantó en brazos como si no pesara nada, y me llevó a una cama king size en medio del espacio, rodeada de espejos. Me recostó con cuidado, sus ojos devorándome mientras se quitaba la camisa. Su pecho era firme, marcado, con ese tatuaje que decía Bunik en letras curvas.

—Eres preciosa, morra —dijo, besándome el cuello, bajando por mi clavícula. Sus manos desabrocharon mi vestido, deslizándolo por mis hombros. El aire fresco me erizó la piel, pero su boca caliente lo contrarrestaba, lamiendo mis pechos, chupando un pezón hasta que arqueé la espalda como la mujer del cuadro.

¡Qué chido se siente esto! pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda. Olía a su sudor limpio, a deseo puro. Le quité los pantalones, liberando su verga dura, gruesa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

—No seas pendejo, Bunik, fóllame ya —le susurré, juguetona, abriendo las piernas.

Pero él no apresuró nada. Me besó el ombligo, el vientre, hasta llegar a mi entrepierna. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando mis jugos como si fueran el mejor mezcal. Grité, mis caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca llenando el cuarto. El espejo reflejaba todo: mi cara de placer, sus hombros anchos entre mis muslos. Olía a mi excitación, almizclada, mezclada con su colonia.

Lo jalé hacia arriba, besándolo, probándome en su lengua. —Quiero sentirte dentro —jadeé.

Se puso un condón con manos temblorosas, y se hundió en mí despacio, centímetro a centímetro. ¡Dios! Llenándome por completo, rozando ese punto que me volvía loca. Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo cada embestida. Sus gemidos roncos en mi oído, el slap slap de piel contra piel, el crujir de la cama. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo frenético.

—Más fuerte, wey —le pedí, clavándole las uñas. Él obedeció, follándome con pasión, como en su pintura. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró de nuevo, una mano en mi pelo, la otra en mi clítoris. Vi nuestro reflejo: yo con la boca abierta, él embistiéndome como un toro.

La tensión crecía, un nudo en mi vientre que se apretaba más y más. Sus bolas golpeando mi culo, el olor a sexo impregnando todo. —Me vengo, Bunik —grité, y exploté, oleadas de placer sacudiéndome, contrayéndome alrededor de él.

Él se vino segundos después, rugiendo mi nombre, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos derrumbamos, jadeantes, envueltos en sábanas revueltas. Su brazo alrededor de mi cintura, besos suaves en mi hombro.

La Pasion by Bunik cobra vida contigo —murmuró, riendo bajito.

Me acurruqué contra él, sintiendo el latido de su corazón calmarse al ritmo del mío. La ciudad zumbaba afuera, pero ahí, en ese loft, solo existíamos nosotros. Sabía que esto no era el fin, solo el comienzo de más noches así, de pasión desatada. Y mientras el sueño me vencía, con su olor envolviéndome, sonreí pensando en comprar ese cuadro.

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