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Donde Puedo Ver Diario de una Pasion en Tu Piel

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Donde Puedo Ver Diario de una Pasion en Tu Piel

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el calor de la noche de verano pegándose a su piel como una promesa húmeda. El ventilador zumbaba perezosamente, moviendo el aire cargado de jazmín del balcón. Tenía veintiocho años, soltera por elección después de un par de novios que no le llegaban ni a los talones en pasión. Esa noche, el tedio la carcomía. ¿Qué pedo con esta vida tan tranqui? pensó, mientras sus dedos volaban sobre el teclado del laptop. Tecleó en el buscador: "donde puedo ver diario de una pasion". Quería esa historia de amor que la hacía mojar solo de recordarla, esas escenas donde los cuerpos se fundían bajo la lluvia como si el mundo se acabara ahí mismo.

Los resultados eran un desmadre de links piratas y foros. Pero uno llamó su atención: un grupo de Facebook de cinéfilos mexicanos. Posteo ahí, neta necesito ver Diario de una Pasión esta noche ¿alguien sabe dónde puedo ver Diario de una Pasión legal?. Minutos después, un mensaje privado. "Hola, wey, yo tengo el Blu-ray original. Vivo cerca, en Polanco. Si quieres, ven y lo vemos juntos con palomitas. Soy Marco, 30 años, nada raro, prometo". Su foto mostraba a un morro alto, con barba recortada, ojos cafés intensos y una sonrisa que gritaba chingón en la cama. Ana sintió un cosquilleo en el estómago, bajando hasta su entrepierna. ¿Y si va la cosa? Se miró al espejo: falda corta negra que abrazaba sus caderas anchas, blusa escotada que dejaba ver el encaje de su brasier rojo. Se roció perfume de vainilla, oliendo dulce y pecaminosa. "Órale, voy", respondió.

El taxi la dejó frente a un edificio moderno, luces tenues y portería impecable. Marco abrió la puerta con jeans ajustados y playera gris que marcaba sus pectorales. Olía a sándalo fresco, mezclado con algo masculino que la hizo tragar saliva. "Pásale, Ana. Qué chida falda", dijo con voz grave, guiñándola. El depa era un sueño: ventanales con vista a la ciudad, sofá de piel suave, barra de bar con tequilas artesanales. Puso la peli en la pantalla gigante, palomitas calientes crujiendo en el aire. Se sentaron cerca, muslos rozándose accidentalmente al principio. La lluvia en la pantalla empezó a caer, y Ana sintió su propia humedad creciendo.

La tensión era palpable, como electricidad estática en el aire. Marco le pasó un brazo por los hombros durante la escena del lago, su mano cálida bajando despacio por su brazo, dedos trazando círculos que erizaban su piel. "Me late esta peli, pero tú la haces mejor", murmuró él, aliento caliente en su oreja. Ana giró la cara, sus labios a centímetros. ¿Lo beso o qué? Su corazón latía como tambor en un antro. "Tú también traes lo tuyo, wey", respondió juguetona, mordiéndose el labio. Sus bocas se encontraron en un beso lento, explorador. Sabía a tequila y sal de las palomitas, lengua danzando con la suya en un ritmo que aceleraba su pulso.

Las manos de Marco subieron por sus muslos, arrugando la falda, mientras ella le clavaba las uñas en la nuca. Se separaron jadeantes, la peli olvidada en pausa. "¿Quieres que paremos?", preguntó él, ojos oscuros de deseo. "Ni madres, sigue", exigió ella, empoderada, tirando de su playera. Su torso era firme, piel morena salpicada de vello oscuro, olor a sudor limpio y loción. Ana lamió su pecho, saboreando la sal, bajando hasta el ombligo. Él gimió, un sonido gutural que vibró en su clítoris. La levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola al cuarto. La cama king size olía a sábanas frescas de algodón egipcio, luz tenue de la luna colándose por las cortinas.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me vea como su pasión viva, no como un trofeo, pensó Ana mientras él le quitaba la blusa, besando cada centímetro de sus tetas liberadas. Sus pezones se endurecieron bajo la lengua áspera, chupados con hambre reverente.

Marco era paciente, besando su vientre, inhalando su aroma almizclado de excitación. Le bajó las panties con dientes, exponiendo su panocha depilada, ya brillante de jugos. "Estás riquísima", gruñó, metiendo la cara entre sus piernas. Su lengua lamía despacio, círculos en el clítoris que la hacían arquear la espalda, gemidos escapando como suspiros ahogados. El sonido húmedo de su boca chupando, el roce de su barba raspando sus muslos internos, el sabor imaginado en su propia mente mientras se mecía contra él. "¡Ay, cabrón, no pares!", suplicó, piernas temblando. Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, bombeando rítmicamente mientras succionaba. El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco, cuerpo convulsionando, grito ronco rasgando el silencio, jugos empapando su barbilla.

Pero no pararon. Ana lo volteó, queriendo devolverle el favor. Le desabrochó los jeans, liberando su verga dura, venosa, goteando precum que olía salado y potente. "Mira qué chingona", dijo admirada, acariciándola con manos suaves, sintiendo el pulso latiendo. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando la esencia masculina, metiéndosela hasta la garganta mientras él jadeaba "¡Qué rico, nena!". Lo montó despacio, guiándolo a su entrada resbaladiza. Se hundió centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso quemándola de placer. Cabalgó fuerte, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. El slap-slap de piel contra piel llenaba el cuarto, mezclado con sus "¡Más duro, pendejo!" y sus gruñidos animales.

Cambiaron posiciones, él detrás, embistiéndola a perrito con manos en sus caderas, verga golpeando profundo. El sudor les chorreaba, mezclando olores de sexo crudo y pasión desatada. Ana se tocaba el clítoris, persiguiendo otro clímax. "Vente conmigo", ordenó, y él obedeció, llenándola de calor espeso mientras ella explotaba de nuevo, visión borrosa, músculos contrayéndose en éxtasis. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas calmándose en armonía. Su piel pegajosa contra la suya, corazón latiendo al unísono.

Después, en la afterglow, Marco la abrazó, besando su frente húmeda. "Esto fue mejor que la peli", rio él. Ana sonrió, trazando patrones en su espalda. Diario de una pasión real, no de ficción, reflexionó, sintiendo una conexión profunda más allá del sexo. Se quedaron así hasta el amanecer, ciudad despertando afuera, promesas susurradas de más noches. Ella se fue con piernas flojas, pero alma llena, sabiendo que había encontrado donde ver –y vivir– su propia pasión.

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