Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasion y Honor Desatada Pasion y Honor Desatada

Pasion y Honor Desatada

7616 palabras

Pasion y Honor Desatada

La noche en la hacienda bullía con el aroma a mezcal y carne asada al carbón. El mariachi tocaba rancheras que hacían vibrar el suelo de tierra apisonada, y las luces de las farolas colgantes pintaban sombras danzantes sobre las paredes de adobe. Yo, Ana, vestida con un huipil rojo que ceñía mis curvas como un secreto a punto de revelarse, caminaba entre la familia y los invitados. Mi piel morena brillaba con el sudor ligero del calor veraniego de Jalisco, y el aire cargado de jazmín y humo me hacía sentir viva, neta que sí, como si el mundo entero conspirara para encender algo dentro de mí.

Entonces lo vi. Javier, el carnal de mi primo, alto y fornido como un jinete de charrería, con esa camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales y unos ojos negros que prometían tormentas. Llevaba el sombrero echado para atrás, y su sonrisa pícara, de esas que dicen "órale, mami, ¿qué traes?" sin palabras. Habíamos crecido juntos en estas fiestas, pero esta vez era diferente. Mi prometido, ese pendejo estirado de Guadalajara, no había llegado aún, y el honor familiar pesaba como una soga en mi cuello. Pero Javier... ay, Javier, con su olor a cuero y tierra fresca, me hacía cuestionar todo.

"¿Qué pasa, Ana? Te ves como si el diablo te hubiera mordido el alma."
Su voz grave, ronca por el humo del cigarro que apagó con el tacón de su bota, me erizó la piel. Me acerqué, sintiendo el pulso acelerado en mis venas, el roce de su mano al pasarme un vasito de tequila.

Bebí de un trago, el fuego líquido bajando por mi garganta, calentándome el pecho. Pasion y honor, pensé, dos fuerzas chocando en mi interior como un toro contra la cerca. El honor me decía que esperara a mi futuro esposo, que mantuviera la promesa de mi padre para unir familias. Pero la pasión... esa chingada pasión que Javier despertaba con solo una mirada, me hacía mojar las enaguas.

La fiesta avanzaba. Bailamos jarabe tapatío, sus manos firmes en mi cintura, el sudor de su cuello goteando hasta su clavícula, que lamí con la mirada. Cada giro, su aliento cálido en mi oreja: "Eres fuego, Ana, puro fuego." Mi corazón latía desbocado, los pezones endureciéndose bajo la tela fina, rozando contra su pecho duro. El olor de su piel, salado y masculino, se mezclaba con el mío, dulce como miel de maguey. Tensiones sutiles: una caricia disimulada en la espalda baja, un apretón en el trasero que nadie vio. Mi mente gritaba ¡no!, pero mi cuerpo respondía con un ardiente.

Al filo de la medianoche, cuando el mariachi pausó y la gente se dispersó a platicar, Javier me tomó de la mano. "Ven, vamos a ver las estrellas." Su palma áspera, callosa de domar caballos, envió chispas por mi brazo. Caminamos hacia el corral, lejos de las luces, donde el silencio solo se rompía por el relincho lejano de un caballo y el crujir de la grava bajo nuestros pies. La luna llena bañaba todo en plata, y el aire fresco olía a eucalipto y a algo más primitivo: deseo.

Nos sentamos en un fardo de heno, nuestras rodillas tocándose.

"Ana, neta que no aguanto verte con ese güey. Tú mereces más que un pinche contrato familiar."
Sus palabras me golpearon como un latigazo. El honor de mi familia era sagrado, pero ¿y el mío? Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes, y él las secó con los pulgares, su rostro tan cerca que sentía el calor de su aliento con sabor a tequila.

La escalada fue lenta, deliciosa. Sus labios rozaron los míos primero, suaves como terciopelo, probando, pidiendo permiso. Asentí, y el beso explotó: lenguas danzando, húmedas y urgentes, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de la mía. Gemí bajito, "Javier...", y sus manos subieron por mis muslos, arrugando la falda del huipil. Sentí sus dedos fuertes separando mis piernas, el roce áspero contra mi piel suave, encendiendo nervios que no sabía que tenía.

Me recostó sobre el heno, punzante pero excitante contra mi espalda. Desabotonó mi blusa con dedos temblorosos –él también luchaba–, exponiendo mis senos plenos, los pezones oscuros erguidos como botones de obsidiana. Los lamió, chupó, mordisqueó suave, enviando ondas de placer que me arquearon. "¡Ay, Dios, qué rico!" jadeé, mis uñas clavándose en su espalda musculosa, oliendo a sudor fresco y hombre. Bajó más, besando mi vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus, húmedo y palpitante.

Su lengua experta encontró mi clítoris, girando, succionando, mientras dos dedos gruesos se hundían en mí, curvándose justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas más brillantes que las del cielo. El sonido obsceno de mi humedad, chapoteos suaves, se mezclaba con mis gemidos ahogados y su respiración entrecortada. Pasion y honor se fundían: el honor de entregarme solo a quien amaba de verdad, la pasión desbordándose como un río crecido.

"Te quiero dentro, Javier, ya." Lo jalé hacia mí, desabrochando su cinturón con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de precúm. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, latiendo contra mi palma. Él gruñó, un sonido animal que me erizó los vellos. Se colocó entre mis piernas, frotando la punta contra mis labios hinchados, lubricándonos mutuamente. "¿Estás segura, mi reina?" preguntó, ojos fijos en los míos, honor puro en su voz.

"Sí, carnal, chíngame con todo tu ser." Empujó lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el fondo. El placer-pena inicial dio paso a éxtasis puro: sus caderas embistiendo rítmicas, el slap-slap de piel contra piel, el olor almizclado de nuestros sexos unidos. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras él me besaba el cuello, mordiendo suave, dejando marcas de pasión. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí.

La intensidad creció: más rápido, más profundo, mis piernas envolviéndolo, talones clavados en su culo firme. Internalmente, luchaba y rendía:

Esto es pecado, pero qué pecado tan chingón, puro amor disfrazado de lujuria.
Él susurraba "Eres mía, Ana, solo mía", y yo respondía con gritos ahogados, el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. Primero llegó el mío, explotando en espasmos que me sacudieron entera, jugos calientes empapándonos, un grito ronco escapando mi garganta: "¡Me vengo, Javier, ayúdame!"

Él se tensó, verga hinchándose dentro, y con un rugido gutural se derramó, chorros calientes pintando mis entrañas, su cuerpo convulsionando sobre el mío. Colapsamos juntos, jadeantes, el heno pinchando pero olvidado, solo piel contra piel, corazones galopando al unísono. El aroma de sexo, sudor y tierra nos envolvía como una manta.

Después, en el afterglow, nos abrazamos bajo las estrellas. Su mano acariciaba mi cabello revuelto, mi cabeza en su pecho, escuchando su corazón calmarse. "Esto no fue solo pasión, Ana. Es honor, el honor de seguir el corazón." Sonreí, lágrimas de alivio rodando. Rompería el compromiso; mi familia entendería, o no, pero yo elegiría la vida. La pasión y el honor ya no peleaban: bailaban juntos, como nosotros en la fiesta.

Regresamos de la mano, fingiendo inocencia, pero con un brillo nuevo en los ojos. La noche terminó con promesas susurradas, y yo supe que esto era solo el comienzo de nuestra historia ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.